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Pasarán las décadas y se recordará que por aquí pasó un genio de esos que nacen cada tanto, un Mozart de la canasta que regaló, al Real Madrid y al baloncesto español, un par de temporadas inolvidables antes del inevitable salto a la NBA. Yo estuve allí el día que Luka Doncic la metió desde su casa, esa noche de diciembre que elevó aún más su leyenda, dirán. En el último segundo del tercer cuarto, cuando el Barcelona ya se tambaleaba como un púgil sonado, el niño maravilla asestó un misil desde el mismísimo saque de fondo contrario. Un lanzamiento que sólo él pudo imaginar, la canasta del año para saborearla en bucle, un estallido en el WiZink, que se frotaba los ojos en un éxtasis colectivo ante lo presenciado, que rebuscaba al cabo en sus 'smartphones' para comprobar que no lo habían soñado.

Todo lo que sucedió durante el choque, antes y después, no fue más que un complemento a ese momento único. Doncic, además, firmó 16 puntos, seis rebotes y siete asistencias para ser el martillo pilón de un Barça hundido y rendido a su talento, que apenas sobrevivió un cuarto en el Palacio, según recoge Lucas Sáez-Bravo en El Mundo.

Después del partido del domingo, resuelto con una agónica prórroga ante el UCAM Murcia -que enlazaba con la que también disputaron en Atenas ante Olympiacos-, al niño, tan parco en palabras como rebosante en baloncesto, le salió del alma un "ahora mismo estoy muerto" que evidenciaba la paliza física y mental que soporta en este inicio de temporada que unió sin respiro desde su oro continental con Eslovenia. El miércoles desveló Laso que aquello fue más que un quejido: ya le hacía efecto la fiebre que le ha tenido media semana en cama. Tan a punto sin embargo para la batalla contra el Barça que fue dueño y señor de todo lo que ocurrió sobre el parqué.

Fuente original: El Mundo/Leer más