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Gerard Piqué. BC

Ha salido Gerard Piqué -con carita de no haber roto nunca un plato- a pedir respeto y comprensión tras las declaraciones en las que -con lágrimas en los ojos- condenó la actuación policial durante el referéndum ilegal y defendió el derecho de autodeterminación de Cataluña (Arbeloa sacude un 'balonazo' en la boca al melifluo Piqué).

Hay que ser muy comprensivo para entender a Piqué. Vamos a ver, Gerard. Te voy a contar mi caso. De mis tres hijos, los dos varones salieron a su padre -para desgracia de su madre- y son del Barça. Ni mi mujer ni mi hija mayor lo entienden, pero ni mis hijos ni yo podemos evitarlo. Como verás, somos un ejemplo de pluralidad familiar (Se descubre el 'pastel': Sergio Ramos y Gerard Piqué son socios en un negocio).

Cuando se desatan las pasiones, arde Troya, pero nadie se plantea la autodeterminación, porque discutir y después abrazarse es la mejor manera de garantizar la convivencia.

Mis amigos dicen que lo de ser del Barça responde a un trauma de la infancia, pero yo no recuerdo ninguna frustración de niño que desatara mi pasión blaugrana. Y la tengo, Gerard, vaya que si la tengo, aunque comprenderás que, con la que está cayendo, mi devoción venga estos días envuelta en una pena tan negra como Dembelé, al que te pido que le mandes recuerdos y el deseo de una pronta recuperación. Si tratas de explicarle a Dembelé lo que está ocurriendo en Cataluña, se vuelve blanco. El rostro, digo, para evitar malentendidos.

Lo que te está pasando, Gerard, te lo has buscado tu solito. Eres un soberbio jugador de fútbol que ha hecho de la provocación un oficio. Te puede la vanidad y te pone tanto eso de tocar las narices que te has metido en un lío del que es imposible salir. ¿Sabes por qué? Porque has pisado allá donde más duele.

Tú, que eres de lágrima fácil, comprenderás lo que voy a decirte. Al pequeño de mis hijos, que está a punto de cumplir la mayoría de edad, la camiseta con tu nombre le queda, obviamente, estrecha -se la compré hace seis años-, pero le servía de reliquia para postrarse ante ella y dar rienda suelta a sus pasiones con cada triunfo del Barça. Un ritual que cumplía desde niño.

Ya no, Gerard. La ha guardado en el fondo del armario, sepultada bajo un océano de trastos. No la arrojó con desdén, sino con un punto de amargura en los ojos. Le dolió, pero lo hizo por coherencia.

La que te falta a ti para entender que no se puede pedir respeto y agredir los sentimientos de quienes entienden España no solo como una selección de fútbol -un equipo de amigos, como señalaste este 4 vde octubre de 2017-, sino como una explosión de afectos que surgen de manera natural y que se ponen a flor de piel y reaccionan cuando les agreden.

Y tú los has agredido, Gerard. Conscientemente, además. Esa es la razón por la que te van a seguir pitando cada vez que vistas la camiseta de la selección. Conscientemente, además. Igual que tú.

Eres bueno jugando al fútbol, pero un pésimo gestor de sentimientos. Porque solo miras por los tuyos y desprecias los ajenos. Al pequeño de mis hijos quiero verle reaccionar cuando salgas al campo contra Albania.

No te va a pitar, pero con un punto de amargura en los ojos te devolverá la afrenta con lo que más duele: la indiferencia. Dices que seguirás en la selección. Allá tú con tu conciencia. Y para terminar: aseguras que no viste el discurso del Rey porque estabas «jugando a la pocha». Mira, Gerard, vete a hacer puñetas.

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