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Una aureola envuelve a Roger Federer, considerado como el mejor tenista de todos los tiempos después de ganar su vigésimo Grand Slam en Australia. Los elogios que ha recibido el tenista de Basilea servirían para escribir un libro que resumiría su trayectoria en cuatro conceptos: obsesión, paciencia, esfuerzo e inteligencia. El presente no puede ser más brillante, pero dos años atrás había muchas dudas sobre su futuro. Había perdido contra Djokovic en las semifinales de Melbourne y al día siguiente, mientras bañaba a sus hijas, sintió un dolor en su rodilla izquierda. Tuvo que pasar por el quirófano para recomponer su menisco y el 2016 fue para él un año nefasto, según recoge Ramon Álvarez en La Vanguardia. En teoría. "Si quiero jugar unos años más sin lesiones tengo que dar a mi rodilla y a mi cuerpo el tiempo adecuado para que se recupere", dijo. El suizo no pudo competir como a él le gusta ni siquiera en Wimbledon y decidió parar. Fueron seis meses decisivos en los que se detuvo, pensó, planificó y, sobre todo, se reinventó. Un período clave para entender su resurgimiento.

"Ha realizado cambios tácticos. Se ha vuelto más agresivo y pelotea menos. Ha hecho que el juego vaya mucho más rápido. Ahora marca un ritmo altísimo, aceptando que va a fallar. Lo que pasa es que falla menos que los demás y logra que pases a depender de él", explicó Toni Nadal a La Vanguardia a mediados de enero. El técnico ha presenciado desde la grada muchos de los partidos de su sobrino contra el suizo. El historial de duelos directos aún favorece a Nadal, pero el año pasado Federer le ganó las cuatro veces que se enfrentaron. "Durante mucho tiempo, el juego de Federer no le iba mal a Rafael. Pero ahora ha hecho cambios que impiden que Rafael imponga su tenis", añadió. Es la metamorfosis del suizo, que le ha permitido adaptarse mejor que nadie al presente. Ahora planifica la temporada y cuando va a un torneo se muestra implacable, sin fisuras. Su juego elegante no le ha abandonado, pero sus golpes son todavía más letales. Y ha reducido mucho, por ejemplo, la duración de los partidos. En el 2017 venció a Nadal en Australia después de 3h38m, 41 minutos menos de los que necesitó el balear para derrotarle en el mismo escenario en el 2009. En el 2008, cuando cayó contra Nadal en la final de Wimbledon, lo hizo tras 4h48m. Ahora todo va mucho más rápido. Deprisa, deprisa, un escenario que beneficia al helvético.

Fuente original: La Vanguardia/Leer más

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