Alfonso Rojo

Alfonso Rojo con dos de los últimos esclavos negros de Mauritania, a finales de la década del 70.

PD

"Estaba impulsado por las mismas fuerzas que durante siglos han empujado a millones de jóvenes a evadirse"

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Reportero de Guerra: La partida y el primer empleo (I)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

ALFONSO ROJO, 18 de septiembre de 2015 a las 07:43

Por Alfonso Rojo

La figura de mi madre, levemente inclinada sobre la barandilla blanca de la terraza, fue lo último que vi cuando abandoné la casa familiar para descubrir el mundo.

Permaneció en silencio, muda, agitando la mano en un gesto que era más una bendición que una despedida.

Al final de la cuesta, donde está el cartel que pone Molinaseca, miré hacia atrás y seguía allí, enmarcada por la dorada luz del atardecer.

Después pasé la escuela del pueblo, doblé la curva, apreté el acelerador del traqueteante Seat 600 y cerré para siempre esa parte de mi vida.

Era un día de septiembre de 1978.

Tras cuarenta y un años de abstinencia electoral, los españoles habían podido elegir de nuevo a sus representantes políticos.

Hacia apenas un año que la UCD de Adolfo Suárez se había impuesto por primera vez al PSOE de Felipe González, y veteranos como Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Tierno Galván y Josep Tarradellas seguían siendo las figuras mas descollantes del firmamento político.

Hacia calor y partí con la impresión de que era el momento ideal para buscar aventuras.

LA SALIDA DEL NIDO A LA CONQUISTA DEL MUNDO

Yo tenia veinticinco años, conservaba cierto aire adolescente y mucha blandura en el alma, pero en mi interior alimentaba ya una confianza ciega en mi buena fortuna.

Llevaba conmigo un par de botas Timberland, dos cámaras fotográficas, tres objetivos Nikon, un saco de dormir, cuatro camisas de algodón, una cazadora de cuero, una maquina de escribir portátil, una radio de onda corta y el talón por valor de cien mil pesetas que mi madre había deslizado en mi bolsillo en el momento de la despedida.

Me sentía eufórico. Era libre y tenía el destino en mis manos. Estaba impulsado por las mismas fuerzas que durante siglos han empujado a millones de jóvenes a evadirse y ni siquiera se me pasó por la cabeza que miles de aspirantes a reportero de guerra habían recorrido esa senda antes que yo.

EL PRIMER EMPLEO

El 27 de agosto de 1792, el Times de Londres publicó el siguiente anuncio:

«Se necesita inmediatamente caballero capaz de traducir el idioma francés.

Para evitar problemas, debe dominar perfectamente el inglés, tener cierto conocimiento de la situación política de Europa y ser competente.

Su empleo será permanente y ocupará una considerable porción de su atención; para lo que se asignará un salario adecuado. Las solicitudes deben enviarse a la redacción de este periódico entre las cinco y las seis de esta tarde o mañana por la mañana entre las once y las doce.»

Hacía tres años que el populacho parisino había asaltado la Bastilla y faltaban exactamente un año y cincuenta días para que la cuchilla de la guillotina cercenara la delicada cabeza de la reina María Antonieta.

La Revolución Francesa consumía los módicos recursos de los editores británicos y John Walter I, el comerciante de carbones que había fundado The Times en 1785, llegó a la conclusión de que un enviado especial sobre el terreno le ahorraría buena parte de los costes.

Hasta entonces, casi todas las notas procedían de artículos publicados previamente en Francia, pero la creciente turbulencia social y la proliferación de incidentes bélicos al otro lado del canal de la Mancha, tan cerca de Londres, estimulaban la curiosidad de los ingleses. Y las posibilidades de negocio.

Los lectores dejaron de conformarse con la propaganda habitual, exigieron verdadera información y a los diarios británicos de la época -Times, Sun, Morning Chronicle, True Briton, Oracle...- no les quedó otro remedio que actuar para satisfacer esa demanda.

Fue así como cada gaceta comenzó a crear su propia red de corresponsales, mensajeros y traductores y el Times inicio su ascensión hacia la cumbre.

Mi ingreso en la restringida cofradía de los periodistas profesionales también ocurrió en un momento de vertiginoso cambio e igualmente gracias a un anuncio. En la Universidad de Santiago de Compostela, mientras estudiaba la carrera de Derecho, había colado en el Ideal Gallego un par de artículos.

Más adelante hice un mes de prácticas en un informativo de Televisión Española, pero en el verano de 1976 me consagraba a jugar al tenis y a rematar cansinamente el Derecho Mercantil y el Administrativo, las dos asignaturas que me quedaban pendientes en la Facultad de Derecho.

Hacia escasamente un año que había fallecido en su cama el Generalísimo Francisco Franco, la transición democrática iba viento en popa y Adolfo Suárez dominaba la escena política.

El diario El País, que había nacido el 31 de marzo, progresaba a pasos agigantados, el semanario Cambio 16 disfrutaba de una hegemonía innegable y se proyectaba el lanzamiento de nuevos periódicos.

En contraste con la agitación de los círculos políticos, la capital de España languidecía bajo una ola de calor.

Con otros tres estudiantes de provincias, compañeros de fatigas en Ciencias de la Información, habíamos transformado un descalabrado piso del borde del barrio de Salamanca en una jaranera comuna zamorana donde se compartía casi todo, nadie limpiaba y era quimérico estudiar.

Una tarde, cuando estábamos debatiendo arduamente si era preferible refugiarse en el aire acondicionado de un cine o montar una expedición a los colegios mayores, que en verano albergaban a cientos de despistadas alumnas norteamericanas, apareció un conocido aseverando que Juan Tomas de Salas, el dueño de Cambio 16, iba a poner en marcha un periódico.

En la cabecera llevaría las palabras «Diario 16» y estaban buscando gente.

Con esa osadía que da la ignorancia, uno llamado Juan de Dios y yo decidimos ir a ofrecernos. Él como fotógrafo, porque en Navidades le habían regalado una cámara, y yo, que paseaba regularmente bajo el brazo un ejemplar de Le Monde Diplomatique, chapurreaba el ingles y había leído 'As I walked out one Midsummer Morning', de Laurie Lee, como supuesto experto en política internacional.

Aterrizamos boquiabiertos en la redacción, nos quedamos extasiados con el físico de alguna secretaria, miramos con envidia a los que pululaban por allí con aspecto de sabios, facilitamos nuestros nombres, dejamos el numero de teléfono del piso y partimos al cine convencidos de que no teníamos la menor posibilidad de ser contratados.

Una semana después una voz femenina dejó el recado de que telefoneaba de parte de Diario 16.

Como no sabíamos que querían exactamente, vibrando de emoción, nos presentamos los dos y descubrimos que necesitaban un pinche para el laboratorio de fotografía. Ofrecían un contrato temporal de tres meses y veinticinco mil pesetas de sueldo.

Desde los nueve años de edad, cuando vi en el internado alemán cercano a Aquisgrán una película titulada ‘Foreign Correspondent' de Alfred Hitchcock, en la que el protagonista iba ataviado con una gabardina cruzada, llevaba en la sobaquera una pistola Luger y besaba hasta hartarse a una espectacular rubia, siempre di por supuesto que el periodismo era una profesión creada por Dios para mi.

Quería ser como Joel McCrea, que en la ficción desarticulaba una red de espionaje nazi, sobrevivía a un accidente de avión y conquistaba el corazón de Laraine Day.

La palabra «reportaje» era sinónimo de «hazaña» y el hercúleo Miguel de la Quadra Salcedo -cuya pista por el Amazonas había seguido siendo niño, en las paginas dominicales a todo color suplemento del diario Ya- era en mi mente infantil el equivalente de lo que hoy representa Indiana Jones para millones de muchachos.

Con el tiempo, esas aficiones no hicieron mas que acrecentarse. Como le sucede a algunos de los que no van por la vida en pantalones bermudas, los viajes ordinarios y las vacaciones organizadas siempre me han aburrido un poco.

La violencia humana es uno de los rasgos principales de este planeta. Es asombrosa la capacidad que tenemos los hombres para crear conflictos y convertir lo que podría ser un lugar bucólico y levemente tedioso en un infierno, buena parte de cuyos residentes subsisten marcados por el horror, las nauseas y el miedo.

En consecuencia, desde el inicio tuve claro que sería un despilfarro renunciar a echar una ojeada a esos embrollos que pueden hacer de la Tierra un lugar tan asqueroso, si además te pagan por hacerlo.

En el anuncio del Times se requería un caballero que dominase perfectamente el ingles, tradujera el francés, fuera competente y tuviera cierto conocimiento de la situación política.

Los de Diario 16 no exigían dominar perfectamente cosa alguna, así que no lo pensé dos veces y dije que aceptaba la oferta. Como mi amigo también la quería, tuvimos que dirimir la cuestión tirando una moneda al aire. Gané yo.



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