Camino de Santiago

El más hermoso puente del Camino

Manuel Ríos

Por tierras de Navarra

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Puente la Reina / Gares

Manuel Ríos, 21 de mayo de 2015 a las 11:08

Inicio el Camino (1), el Camino de Santiago, en tierras de Navarra, tierra «rica en pan, vino, leche y ganados» al decir del Liber peregrinationis (2). A lo largo del pasado milenio, Puente la Reina se llamó, al menos, Pontem Reginam, Pons Regine, Ponte Regina, Ponte de Arada y Puente de Arga, tal vez no en este orden exactamente. Parece que el puente sobre el río Arga fue el germen de la villa; luego, llegarían los privilegios de Alfonso el Batallador y otros, y lo demás ya es historia, incluido Gares, su otro nombre oficial.

¿Conducen a Roma todos los caminos, como reza el refrán? No dudo de que así debió de suceder en algún momento, pero no es menos cierto que hubo tiempos en que casi todas las vías miraban a Compostela. De toda Europa, de Asia y de África, y, desde finales del XVI, también de América; es decir, de todo el orbe, partían peregrinos deseosos de postrarse ante el Apóstol. En el caso más común, entraban en España a través de Somport, probablemente la vía más antigua, y de Roncesvalles (vía organizada por Cluny, orden a la que apelaré en varias ocasiones en el relato), y se unían camino de Compostela en Puente la Reina, donde la riada humana debía de dejar boquiabiertos a los puentesinos, los habitantes de esta villa. Me muevo, pues, por donde ya lo hicieron millones y millones de seres humanos en el último milenio. Me hallo en el llamado Camino Francés, el Camino de Santiago por antonomasia, pero existen otros, a algunos de los cuales me referiré oportunamente.

Accedo a la villa como un romero más, solo que a caballo de un automóvil. Me cruzo con varios peregrinos jóvenes a pie y me da un respingo el corazón. ¡Al fin! Me detengo y aparco en una calle larga y recta que por una acera pertenece a otro tiempo y por la otra es de factura actual. Es hora de comer y doy cuenta de un apetitoso bocadillo preparado por Loli, mi mujer, y de una espléndida manzana. Desde el interior del patio de enfrente, me ladra un perro y el dueño sale a comprobar qué sucede.

Tras el ágape, camino por esta calle hasta su final y giro hacia la izquierda siguiendo la flecha que señala la dirección a la oficina de información turística, pero, unos pasos más adelante, un arco apuntado me desvía hacia el mítico puente, muestra excelsa del románico, tal vez el más hermoso del Camino, su obra cumbre, una construcción de seis arcos de medio punto que, a través de una cuidada calzada de cuatro metros de ancho, salvan una distancia de 110 de orilla a orilla. Los peregrinos de antaño de­bían pagar pontazgo por utilizarlo.


Arco apuntado con que se inicia el puente sobre el río Arga / Manuel Rios

Cuentan las crónicas que hacia su centro se levantaba un templete que daba cobijo a la Virgen del Puy, en torno a la que el tiempo tejió una curiosa leyenda: cada año, los puentesinos esperaban ilusionados la llegada del «chori», un pajarillo que acarreaba agua desde el río para esparcirla sobre la faz de la imagen, lo que era considerado un buen presagio. Recorro el puente en los dos sentidos, me deleito en el paseo, busco el ángulo que me proporcione una imagen representativa, hago la función de fotógrafo a un grupo de dos parejas de peregrinos y reemprendo la marcha.

A la salida del puente, a unos pocos metros a mano derecha, la iglesia de San Pedro, cerrada a esta hora y en la que debe de venerarse la imagen de la Virgen del Puy en un altar lateral.


Perspectiva de la calle Mayor / Manuel Rios

Vuelvo atrás unos pasos y me encuentro caminando por la calle Mayor, estrecha, de otro tiempo, animada para ser esta la hora de la reflexión. Puente la Reina es villa medieval, de piedra y ladrillo acrisolados, cuidada de aspecto, balconada, respetuosa con la tradición. Su calle principal es el Camino, el eje en torno al que giraba la vida del burgo medieval (3). Y este eje, la calle Mayor, me lleva a la iglesia de Santiago el Negro, un Santiago peregrino parece que olvidado en el desván del templo y cubierto de polvo y suciedad al que vulgarmente se le llamó así, hoy aseado y de tez tradicional. De la iglesia originaria, oscura, inmensa, altísima, muy reformada, se conserva su portada abocinada, preciosa, y sus contrafuertes podrían solar de nuevo la calle Mayor.


Portada de Santiago el Negro / Manuel Rios

Hace algo más de calor de lo que preferiría, pero da gusto caminar por la sombra. Coincido con grupitos de peregrinos: uno, joven, se acompaña de un pequeño chucho; dos parejas se mueven en bicicleta, un caballero talludo carga un mochilón que debe de machacarlo; unos adolescentes sentados en la calle toman chucherías y responden a mi saludo. Poco después, alcanzo la iglesia del Crucifijo, la que encontraban en primer lugar los viejos peregrinos al acceder a la villa, románica en sus orígenes y templaria. Se llama así porque alberga un lacerado y curioso crucifijo gótico que encoge el alma, venido de Alemania, dispuesto no sobre la cruz latina clásica, sino sobre un tronco con forma de i griega. El templo está formado por dos naves de anchura desigual y ábsides semicirculares al interior y semicircular uno y poligonal el otro al exterior.


Crucificado en la iglesia del Crucifijo / Manuel Rios

Observo con atención la arquivolta exterior de la portada, integrada por figuras caprichosas y anárquicas en apariencia, máscaras, leones, pájaros y hojas; y no puedo evitar preguntarme si busco algo o si solo curioseo; si fuese capaz de revestirme con el sayal de un viejo peregrino de siglos ha, ¿qué miraría?, ¿qué buscaría?, ¿tal vez a Dios?, ¿ acaso al hombre? Es esta una iglesia también oscura, de naves desiguales y con seis cruces que yo creo identificar como templarias, situadas en sendas columnas y que se miran entre sí tres a tres. Me antecede un varón de mediana edad con aspecto de extranjero, que toma agua bendita, se santigua y hace genuflexión; una mujer sentada en el primer banco frente al Cristo muestra gesto de preocupación. La portada del templo aparece unida a un sólido edificio con aspecto de monasterio mediante una bóveda de crucería. Me despido de Puente la Reina. Atravieso el Arga, tapizado de verde en ambas orillas. Tras el puente, a la salida de la villa, escondido, el monasterio del Santo Espíritu. Asciendo monte arriba con el verde reconfortando el alma.

Notas

(1) Empleo y emplearé el término Camino, en cursiva, como sinónimo abreviado de Camino de Santiago.

(2) Sin entrar en disquisiciones técnicas, el Liber Sancti Iacobi, del siglo XII, también conocido como Codex calixtinus o Códice calixtino, fue escrito probablemente por varias manos y compendiado por Aymeric Picaud, secretario del papa Calixto II, su impulsor, y resulta ser el mejor testimonio para conocer todo lo relativo al Camino de Santiago en aquellos tiempos. Escribir hoy que el Códice es una joya resulta una obviedad. Pero, situémoslo en su contexto histórico. Para buen número de autores, el objetivo de la obra sería publicitario, si empleo el lenguaje de este tiempo; es decir, pretendería exaltar Compostela e incitar a peregrinar a ella. Ahora bien, ¡nos referimos a un libro de hace ocho siglos y medio, ejemplar único en un mundo incomunicado y analfabeto! Y la pregunta inmediata: en verdad, ¿cuál fue su trascendencia en su siglo de nacimiento y siguientes? Sin restarle un ápice de valor como joya histórica, tengo mis reservas, me siento sobrepasado por las dudas. En lo que casi todos coinciden es en que su libro V, el Liber peregrinationis, es la primera guía turística de que se conserva memoria.

(3) Buena parte de las villas que visitaré son hijas del Camino: originariamente, una serie de edificios a los dos lados de la ruta nacidos para prestar apoyo y servicios al peregrino, desde posadas o tiendas a herre­rías y talleres, siempre a la sombra de un puente, de un hospital para peregrinos, de un monasterio…; en una palabra, villas que nacen y crecen a su socaire.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos



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