Camino de Santiago

Monasterio de Santa María la Real de Irache.

Manuel Ríos

Por tierras de Navarra

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Ayegui – Monasterio de Santa María la Real de Irache

Manuel Ríos, 28 de mayo de 2015 a las 09:44

A la altura del santuario de Nuestra Señora de Rocamador, Estella ya es ciudad moderna, casi impersonal. Unos metros más adelante, una gasolinera a mano derecha, una rotonda, una subida en la calle que ya se hace carretera, negocios a uno y otro lado y un formidable cartel de varios metros de altura y letras gigantes anuncia el inicio del municipio de Ayegui, lo que denota la fuerte personalidad de este concejo. Sigo subiendo y un rótulo avisa de la proximidad del monasterio. Un poco más adelante, me desvío a la izquierda y unos metros después me hallo ante el complejo monástico. Si tuviese que aplicarle un adjetivo, escribiría el término grandioso. Bordeo el edificio principal, de tres alturas, grandísimo, una pequeña villa por sí solo. Este viejo monasterio benedictino, tal vez de origen visigodo, fue sede de un importante hospital para peregrinos, el primero de Navarra; también, colegio, universidad pontificia, hospital de sangre en la segunda Guerra Carlista, hospital de guerra de Napoleón..., hoy espera ser recuperado para funcionar como parador nacional de turismo.

Atravieso el amplio atrio que antecede a la iglesia, aneja. Accedo al nártex, esa especie de vestíbulo cubierto, y me detengo a paladear el crismón y la mano del Señor, esculpidos en la clave del arco de la puerta; un crismón calificado por los estudiosos de «perfecto» en lo que se refiere a los elementos que lo integran.


Crismón en Santa María la Real de Irache. / Manuel Rios

Entro al templo. ¡Dios mío! ¡Qué maravilla! ¡Una joya! Toda la iglesia es piedra, incluso suelo y cubierta: resulta evidente que sus promotores no escatimaron recursos y sus sólidas y fornidas columnas podrían ser el punto de apoyo que anhelaba Arquímedes para mover el mundo; rozando el cielo el arco triunfal, majestuosa toda ella. Tres naves y tres ábsides semicirculares, y en el altar mayor una Santa María Virgen sedente, diría que recubierta de plata y con el niño en el regazo. No hace frío en el interior, pero sí ese punto de fresco sano del aire natural bañado por toneladas sin fin de piedra labrada. Accedo al claustro inmediato y me deleito recorriéndolo pausadamente (el superior se encuentra cerrado), admirando y fotografiando sus capiteles desgastados y no puedo evitar entristecerme. ¿De cuánto patrimonio artístico perdido carecemos de un modesto testimonio gráfico? ¿Qué número de estudiantes de fotografía o de imagen tenemos en España? Estoy persuadido de que con una campaña de sensibilización convenientemente orquestada y unas migajas de dinero para adquirir material fungible de soporte digital, bajo la dirección de una persona responsable, casi todos esos estudiantes estarían dispuestos a fotografiar por grupos capitel a capitel, canecillos, marcas de cantero y toda manifestación artística. Una vez más, ¡imaginación al poder!

A la salida del templo, a mano derecha, un cubo de madera pintado de oscuro sirve de área de usos múltiples a la persona que cuida de Santa María la Real de Irache. La interrumpo por segunda vez porque, según mis notas, me faltan elementos por ver y fotografiar. Después de un instante eterno de indecisión de Elena -así se llama mi ángel en Irache-, echa el cierre a su cubo y será mi guía en el monasterio. Abandonamos la iglesia. En la finca, anexa, trabajan chica y chico, tal vez topógrafos. Recorremos pasillos. Esta casa, con un aspecto sólido y eterno en su fachada exterior, se halla muy deteriorada de puertas adentro. Observo áreas apuntaladas y pasamos al otro claustro; en él, un sencillo pero exacto reloj de sol. A efectos del cálculo e instalación de un cuadrante solar, construcciones como un claustro, cuyas caras miran a un punto cardinal, dan mucho de sí porque la fachada orientada al sur da lugar a un diseño con un elevado número de horas de insolación. Esta es el área que ocupará el proyectado parador nacional de turismo.


Reloj de sol en el claustro del monasterio. / Manuel Rios

Elena es natural de San Sebastián.

-¿Conoce usted San Sebastián?

-Lo conocí hace tres decenios camino de cuatro. Mi padre, marinero, tuvo aquella ciudad como puerto base durante muchos años y nuestro hijo se llama Asier.

Subimos. Desde una terraza practicada en un extremo de la segunda planta puedo tocar las láminas de piedra que forman la cubierta del ábside del lado de la epístola y fotografío a la altura de la vista sus canecillos, singulares, distintos algunos a los que he visto hasta hoy.


Capitel exterior en el ábside del lado de la epístola. / Manuel Rios

Pero, la clase práctica de Elena no acaba aquí. Seguidamente, me señala una estrecha escalera de caracol pendiente de recuperar: permite acceder al área superior de la cabecera del templo, lejos de la mirada de los fieles, y supervisarla y hacerle seguimiento. Y un nuevo regalo: lateralmente, accedemos a una plataforma por encima de la tribuna, imagino que de uso restringido en vida del monasterio y no digamos hoy, desde la que la perspectiva de la iglesia resulta única y sublime. Me siento desbordado de satisfacción y de gratitud, pero no puedo abandonar Irache sin ver y fotografiar las marcas de canteros supuestamente conservadas en el nártex.

-Sí, sí -me dice Elena, y disculpa mi torpeza-: falta que la vista se haga a la piedra.

Y me señala una, otra, otra más..., y también en la cara de enfrente, distintas unas y repetidas otras.


Marcas de cantero en Santa María la Real de Irache. / Manuel Rios


Marcas de cantero en Santa María la Real de Irache. / Manuel Rios


Marcas de cantero en Santa María la Real de Irache. / Manuel Rios

Mas, no me despido todavía del monasterio de Santa María la Real de Irache. Me falta aludir a Veremundo, natural de Villatuerta o tal vez de Arellano. Veremundo fue hermano portero en esta casa y, contraviniendo el régimen establecido por la institución, repartía comida a los peregrinos que la necesitaban; un día fue sorprendido y cuando le preguntaron qué llevaba en el hábito, respondió que flores, y es que la comida se había transmutado en rosas; alcanzó el grado de abad en Irache; con su gobierno, el monasterio logró su mayor esplendor, y aquí fue enterrado. Tras la Desamortización y la desaparición de los frailes, Arellano y Villatuerta demandaron custodiar sus cenizas y, finalmente, alcanzaron el acuerdo que ya recogí, y, desde entonces, una y otra villa proclaman al unísono que «Mientras el mundo sea mundo, el ocho de marzo, san Veremundo».

Tras la visita al monasterio, resulta obligado acudir a la cita con las bodegas Irache, situadas a unos pocos metros. No podía creerlo cuando lo leí reiteradamente al preparar el viaje: en un lateral del edificio, dos grifos que alivian al peregrino proporcionándole agua o vino según elección y respetando unas condiciones llenas de sentido común, que no somos en vano la cuna de la novela picaresca.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.



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