Camino de Santiago

La flecha guía los pasos del peregrino.

Manuel Ríos

Por tierras de La Rioja

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Logroño

Manuel Ríos, 03 de junio de 2015 a las 10:17

En Viana, me despido de las tierras navarras para pasar a tierras de Logroño poco después, y, entre viñedos y trigales, alcanzo la capital de La Rioja.

Visito por vez primera la capital de La Rioja y tengo sana y especial curiosidad por conocer la ciudad. Observo el cuaderno de notas: impreso y con anotaciones en los bordes en rojo, negro y azul, según el momento; también, la captura de un plano de la zona histórica y términos y nombres iluminados de fosforito, un auténtico cromo. Inicio esas notas con estas palabras: «Tras atravesar el puente sobre el Ebro, aparcar cerca, que los monumentos a visitar se hallan en las inmediaciones». Y así lo hago. Circulo paralelo al Ebro durante un trecho y cruzo este mar interior por el puente de piedra. Hermann Künig, monje peregrino, escribe en 1495 que «Tras dos millas encuentras una ciudad que se llama Grüninngen [Logroño], esta es la primera ciudad de España. En románico su nombre es Lagrona». Accedían a la urbe los romeros de aquellos tiempos a través de un viejo puente de doce arcos, de más de doscientos metros y dotado de dos torres de defensa, en el que intervinieron santo Domingo de la Calzada y san Juan de Ortega, sustituido por uno también de piedra, por el que me muevo, hace algo más de un siglo. Tiempo ha, el viajero que lo cruzaba debía pagar pontazgo.

Me quedé cruzando el río y, con el croquis en la memoria, avanzo de frente, me desvían unas obras, alcanzo una calle principal y vuelvo a cruzar el Ebro, solo que ahora empleando el puente de hierro, y estaciono frente a un edificio con el nombre «Matadero» en el frontispicio. Imagino que en los tiempos idos debió de ser matadero y hoy vive días de gloria brindando cobijo a la cultura. A su lado, en un mirador al río, un vistoso monumento que recoge esta máxima de Einstein: «Lo importante es no dejar de hacerse preguntas». ¡Qué hermoso! La persona carente de curiosidad es ser muerto. Camino por la acera y, de pronto, veo pintado en el plano inferior, casi al nivel del agua, un reloj de sol analemático, un reloj de sol horizontal, trazado sobre el suelo, en el que actúa como gnomon una persona que se sitúa convenientemente sobre el eje menor de la elipse que lo conforma.


Reloj de sol analemático. / Manuel Rios

Me dispongo a cruzar de nuevo el Ebro por el puente de piedra; a la entrada, a mano izquierda, un punto de información turística cerrado. Resulta agradable el paseo: el río, sereno, templado y acompasado; las riberas, tapizadas de verde; al fondo, a la derecha, el viejo puente de hierro, hermoso, y, a continuación, en lo alto de un enjaretado, varios nidos de respetables dimensiones, imagino que de cigüeñas. A la salida, me doy de bruces con la rúa Vieja (los ceramistas de Talavera, mis disculpas si procediese, o quien fuere, juntaron ambos nombres en uno y olvidaron la tilde sobre la «u»), y en el suelo, una original baldosa metálica que encamina al peregrino.

Hoy, ignoro el porqué, dejando a un lado el esquema de trabajo trazado, me pierdo por la ciudad, la pateo, admiro sus calles, sus gentes, su luz, su colorido, su alegría... Curioseo los establecimientos por los que paso y observo expuestos lujuriosos espárragos de Navarra, y, sin pretenderlo, me doy de bruces con la iglesia de Santa María del Palacio, de las más antiguas de la ciudad, cerrada. Leo en una placa próxima a la entrada: «Imperial Yglesia de Santa María de Palacio», Imperial porque se cree construida por Constantino, y de Palacio por levantarse en las inmediaciones del desaparecido palacio de los reyes navarros. De ella destaco que posee dos torres, la convencional y otra que remata en una esbelta y curiosa cúpula piramidal, lo que me hace pensar en unos robustos pilares que soporten tanto peso. Bordeo la manzana incluyendo un trecho de la rúa Vieja en busca de una segunda puerta que me permita acceder al templo o a su claustro, interesante en su parte gótica según mis notas, y la encuentro, da acceso al claustro y al museo Diocesano y también se encuentra cerrada.


Imperial iglesia de Santa María de Palacio. / Manuel Rios

Tomo las riendas de la normalidad y me dirijo a la iglesia de Santiago, altísima, con una portada en cuya parte superior exhibe una atronadora imagen del Apóstol a caballo, también cerrada. Entre la fachada y la curiosa y original plaza de la Oca, un grupito de pobres jóvenes drogadictos negocian con los gañanes que llegan en automóvil y que intentan venderles mercancía. No me dan confianza alguna y me siento inseguro. La plaza recrea el juego de la oca, supuestamente de creación templaria, y reproduce aspectos sobresalientes de las villas de la peregrinación; para los devotos de lo templario a toda costa, el divertimento, cabalístico y esotérico, atesoraría conocimiento e información de gran valor en relación con la orden, con el Camino y con la posibilidad de evolución del ser humano.


Iglesia de Santiago. / Manuel Rios

Ahora, dirijo los pasos a la plaza del Mercado, hermosa, que relaja el cuerpo y anima el alma; pero, mi gozo, en un pozo, porque la concatedral se encuentra también cerrada. ¿Será real? Faltan unos minutos para las seis de la tarde y no puedo creerlo; quiero asegurarme y la rodeo: cerrada a cal y canto. Admiro su portada, su pórtico y sus esbeltas torres, las Gemelas, también llamadas de San Pedro y de San Pablo.


Iglesia concatedral. / Manuel Rios

Continúo el periplo en dirección al templo de San Bartolomé. En una calleja próxima, a escasos cien metros, tres o cuatro meretrices hacen la calle; en tiempos de peregrinación sufrirían el riesgo cierto de perder literalmente las narices. Y a las diecisiete y cincuenta, diviso San Bartolomé. Se halla en proceso de restauración y me temo que esté cerrada por razón de las obras; se encuentra dotada de una hermosa torre y me dirijo a la entrada. ¿Estaré soñando? ¡Se encuentra abierta y visitable! La portada de la iglesia es abocinada y su iconografía relata el martirio del santo titular, muestra excelsa de la escultura gótica riojana. Accedo al templo, de piedra exterior e interiormente y de dimensiones medias. Está integrado por tres naves: las laterales acaban en ábside recto y el de la central es circular. Desde la portada penetra una luz suave que, con el auxilio de una dulce melodía que flota en el ambiente, crea un clima especial en el templo. Un caballero se mueve presuroso de una parte a otra haciendo preparativos, ¿para qué? Me dirijo a él. Quisiera aclarar si la colegiata o concatedral sigue siéndolo o si ya tiene la consideración de catedral por supuesta concesión de Juan XXIII y, con la agitación y la premura que le embarga, intenta aclarármelo. Le pregunto si es el responsable de la iglesia y me responde que no. A él y a la persona responsable, les felicito por tener abierto San Bartolomé y le muestro mi sorpresa y desazón porque los otros templos se encuentren cerrados. Cauto, no responde a la provocación. Instantes después, da comienzo a una ceremonia de adoración para las seis personas asistentes. Ya entiendo sus prisas.


Iglesia de San Bartolomé. / Manuel Rios

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
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