Camino de Santiago

Monasterio de Santa María la Real de Nájera: Claustro de los Caballeros.

Manuel Ríos

Por tierras de La Rioja

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Nájera

Periodista Digital, 05 de junio de 2015 a las 09:44

Con la intención de moverme lo más cerca del peregrino de a pie, continúo por la carretera local, en paralelo unas veces a la vía peregrina y otras, a la autovía; adelanto a dos romeros en bicicleta y dejo atrás a otros, los sufridos sufridores; y el paisaje, copado por hectáreas y hectáreas de viñedo: miles de cepas perfectamente alineadas, cuidadas, cubiertas de verde, distribuidas en parcelas de dimensiones varias. Atravieso Sotés y Ventosa, y, poco después, alcanzo Nájera. Leo en un panel informativo municipal: «Nájera, corte de reyes». Y es que, la villa fue sede de la corte de Navarra en varios momentos, y el monasterio de Santa María la Real, su panteón.

Hoy es día de mercado y, sin embargo, aparco a su inicio; tan extraño me resulta que me bajo y escruto el entorno en busca de alguna señal de prohibición. En el primer puesto, compro unas manzanas Golden con muy buen aspecto. Pregunto a un joven policía municipal, que me atiende con exquisitez y que me regala su guía local. Atravieso el Najerilla, afluente del Ebro, y el sonido de su curso me recuerda al del Ega, en Estella. A pesar de encontrarme en una villa de porte medio (casi 8.500 habitantes), todo se encuentra a mano, facilitado en buena medida por una correcta señalización. Y así, a poco, accedo a una plaza que presenta el monasterio al fondo. Desde esta distancia, Santa María la Real muestra un aspecto más protector y defensivo que de ascesis espiritual, salvo que la evolución del alma requiera de la seguridad del cuerpo, que no resulta descartable. Históricamente, el monasterio y el Camino ejercieron una notable influencia en la vida de la villa, influencia que alcanza hasta el momento actual, porque mi percepción es que la orientación turística debe pesar de modo relevante en la economía local.


Monasterio de Santa María la Real de Nájera. / Manuel Rios

¿Existe leyenda en torno a su nacimiento? ¡Cómo no! En plena cacería, el rey, persiguiendo a una presa hasta el interior de una cueva, halló en la caverna una imagen de la Virgen rodeada de varios objetos; y, a partir de esta señal, nace y crece el monasterio de Santa María la Real de Nájera. Bordeo el edificio a fin de acceder a él y conocerlo por dentro. Dejo que pase un grupo turístico a cargo de una guía, me explico económicamente en el fielato y unos metros más adelante, la puerta de Carlos I, así llamada por los benedictinos en razón a la ayuda que recibieron del emperador, que da acceso al claustro.

El claustro posee nombre propio, de los Caballeros, y vivió los azares del tiempo, como tantos monumentos religiosos y civiles: además de como claustro monacal, funcionó como cuartel, cárcel, almacén, plaza de toros, teatro, escuela..., a pesar de todo lo cual se conserva más que razonablemente bien. De él, todo paz, además de los enterramientos a que alude su nombre (de los Caballeros), destaco las tracerías caladas (decoración arquitectónica formada por combinaciones de figuras geométricas), todas diferentes, auténticos bordados en piedra que cierran la parte superior de los arcos apuntados y que proyectan una sinfonía de luces y sombras que deleita la vista y el ánimo.


Monasterio de Santa María la Real de Nájera: tracería calada. / Manuel Rios

Recorro el claustro sin prisa un par de veces, me detengo frente al enterramiento de Garcilaso, entro al jardín y, luego, accedo a la iglesia.


Galería del Monasterio de Santa María la Real de Nájera. / Manuel Rios

La iglesia es soberbia, toda ella de piedra, altísima, cuidadísima, de columnas mastodónticas pero elegantes, dispuesta para la exposición, para recibir al viajero. De factura gótica, fue levantada sobre la primitiva, románica, y está integrada por tres naves; hasta aquí, lo que ya vi y probablemente seguiré paladeando en el Camino. La novedad se encuentra en el triforio (1), curioso, especial, cerrado por arcos apuntados, y en una tribuna plateresca a cada lado del crucero (2). A los pies de la iglesia, la cueva de la leyenda a media luz y sarcófagos y sarcófagos en busca de una brizna de eternidad, tal vez en espera de la resurrección; igual que en vida, cada cual en su lugar, según la clase social.

Me siento en uno de los primeros bancos a disfrutar de lo que ya vi y de lo que veo: un recargado pero hermoso altar barroco, todo él brillante color oro, que rinde pleitesía a santa María la Real y a Carlos I, el benefactor; y a unos dos o tres metros del suelo, colgada del retablo, una campana de respetables dimensiones que me intriga. La guía cuenta a su grey que se trata de uno de los elementos que acompañaban a la imagen de la Virgen en la cueva.

Me intereso por unas cavernas practicadas en los montes inmediatos y habitadas tiempo ha, y una señorita de recepción me indica que no son visitables.

A la salida, un tarugo al volante de un automóvil de gran cilindrada circula como una centella por la calle que bordea el monasterio. Desando el camino en dirección al automóvil y pregunto a otro guarda. Voy a realizar un alto en el Camino, un paréntesis para visitar los monasterios de San Millán de la Cogolla y un rara avis, la abadía de Cañas, para luego retornar a la Ruta en Santo Domingo de la Calzada. El joven, también atentísimo, no conoce mucho más que yo la comarca y, como recurso, echa mano de un smartphone, tal vez personal, y convenimos cuál sea la salida más razonable.

Notas

(1) Corredor muy estrecho y no accesible al público que discurre por encima de las naves laterales en los templos grandes y con aperturas triples o divididas hacia la nave central.

(2) Espacio en que se cruzan la nave mayor de una iglesia y la que la atraviesa.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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