Camino de Santiago

Aspecto del báculo abacial en la lauda de una de las abadesas.

Manuel Ríos

Por tierras de La Rioja

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San Millán de la Cogolla / Monasterio de Santa María de San Salvador de Cañas

Manuel Ríos, 06 de junio de 2015 a las 07:42

San Millán de la Cogolla, de ida y vuelta

Dejo Nájera inseguro y me detengo y pregunto un par de veces. A la salida, una ermita pequeña y pobre de aspecto, con una loseta cerámica sobre su puerta en la que leo: Ermita del Carmen., con un punto finalizando el nombre. ¡Qué curioso! No me sorprendería encontrarla al lado del mar, pero, ¡en La Rioja...! ¿Quién la habrá levantado?, ¿por qué? Relaja la vista y el ánimo el verde del camino, y a fe mía que lo necesito porque el enrejado de vías locales que se entrecruzan, que me hacen dudar y que me obliga a detenerme, me crea inquietud. Cruzo Cárdenas, luego, Badarán y, un poco más adelante, Berceo, cuna de Gonzalo de Berceo y de san Millán. Aquí, me sereno, porque el monasterio de San Millán se encuentra ya muy cerca.

Siento curiosidad e ilusión por visitar el entorno en que la lengua castellana dio sus primeros balbuceos. Sé que el monasterio está integrado por dos edificaciones, el llamado de San Millán de Suso o de Arriba y el de San Millán de Yuso o de Abajo. Y alcanzo el punto en que debo optar; desde la bifurcación, veo la cubierta del de Yuso, pero, seguido de mi lógica, decido iniciar la visita en el de Suso, y me desvío monte arriba a través de una carreterita estrecha y plagada de curvas. ¿Cómo se resolverá el cruce de dos vehículos? A través de un paisaje idílico, alcanzo el final, un área amplia destinada a aparcamiento de automóviles, ocupada curiosamente por un solo utilitario y que no asocio con una visita, sino con la persona que gestiona un quiosco situado en una esquina y que provee de productos varios al viajero interesado. Avanzo unos metros por un caminito y ya me encuentro en la puerta de acceso al monasterio de San Millán de Suso. Y de aquí ya no paso. Un varón uniformado me impide curiosear el nártex siquiera mientras salen unos visitantes, y, en cuestión de segundos, se transforma en un energúmeno, en un sujeto maleducado y grosero que me recrimina por pretender iniciar la visita del conjunto en Suso. Me siento disgustado y molesto. Pero, ¿quién paga las habichuelas que comen este berzas y su familia? Si tiene diferencias con su empresa o con quien sea, que las dirima donde corresponda, pero no molestando a los ingenuos que nos desviamos del Camino para conocer por uno mismo la cuna de nuestra lengua. Así que, ¡a freír espárragos! Y bien que lo lamento, porque a Yuso me llevaba un segundo objetivo: en función de mi curiosidad por la Gnomónica y su mundo, me gustaría identificar el centro geométrico de su templo, ya que, si mis notas se ajustan a la realidad, coincidiendo con los equinoccios, a media tarde, un rayo de sol que atraviesa su rosetón ilumina exactamente ese punto por espacio de unos minutos. ¡Lástima!

Monasterio de Santa María de San Salvador de Cañas

Manejo fuentes oficiales o, al menos, supuestamente bendecidas por los titulares del conjunto y, además del nombre que antecede, leo que esta es la abadía cisterciense de Cañas y que su templo es conocido como Iglesia de Santa María del Salvador; de suerte que emplearé cualquiera de las designaciones para nombrarlo.

No conozco la comarca y, por tanto, ignoro cuál fue el peso de este entorno hace novecientos años; pero hoy..., hoy me encuentro en una pequeña villa cuyo centro de interés es precisamente la abadía. ¿Y si empezase por el comienzo?

Hubo un tiempo en que la Orden Benedictina relajó el cumplimiento de la regla establecida por su fundador, san Benito de Nursia; y como sucede casi siempre, tras la acción, surge la reacción, el reformismo, que se traduce en la aparición de la Orden de Cluny, a la que me referiré en extenso más adelante. Pero Cluny alcanza tal poder y riqueza que se ve presa del mismo pecado, la laxitud y la molicie, con lo que surge la protesta y la necesidad de volver a la pureza originaria benedictina: aparece una nueva reforma hacia mediados del siglo XII que conocemos como cisterciense y que encuentra en san Bernardo a su mejor y mayor impulsor. Abades cluniacenses se pasan al císter como monjes y monasterios al completo migran a la nueva reforma. Sus abadías naturales, apartadas y aisladas, situadas en lugares de vida dura, son también autosuficientes, igual que las cluniacenses, pero solo a base de trabajo ímprobo, lo que hace que las nuevas comunidades sean auténticas granjas modelo.

Vuelvo al monasterio. En virtud de un par de donaciones, este conjunto inicia su historia a lo largo del tercer tercio del siglo XII, una de las primeras abadías femeninas de la Orden del Císter en la península.

Alcanzo Cañas, cuna de santo Domingo de Silos, una mañana gris que amenaza lluvia. Un vecino me señala el aparcamiento, anexo al conjunto, y, cuando entro a él, comienza a llover con intensidad. La recepción, solada de guijarros de río, incluye un cubo de mando dotado de monitores que permanentemente levantan acta del devenir de los lugares objeto de visita.


Iglesia de la abadía cisterciense de Cañas. / Manuel Rios

Empiezo por la iglesia. El templo es fiel testimonio del pensamiento de san Bernardo: austero y sencillo, gótico, desnudo, sin imaginería en los capiteles para evitar las distracciones y dotado de veintiún ventanales que proporcionan a este sagrado recinto un fabuloso caudal de luz; y escribo fabuloso caudal apelando a la cantidad, pero también y especialmente a la calidad de esa luz. Y es que, estas ojivas no se encuentran cerradas por vidrieras al uso, sino por láminas de alabastro que filtran la luz exterior y proporcionan al conjunto un tono y una calidad de iluminación para ser vivida, gozada por el espíritu, y que mis limitaciones me impiden describir con la pluma. Recorro el templo con todo respeto una y otra vez y me dejo invadir, envolver, por esta luz que prende en el alma. El retablo fue trasladado hace unos años desde el ábside hasta los pies del templo, en el entorno del coro. Pido autorización para acceder a esta área, donde permanecen enterradas varias abadesas y quisiera fotografiar sus lápidas.

Vuelvo al claustro, solado de igual modo que la recepción. ¿Qué tendrán los claustros que, de modo inconsciente, me invitan a deambular en su derredor y a dejarme empapar por ese no sé qué que exhalan? Y es que, la paz ha echado raíces aquí. No está permitido acceder al jardín, cuidado delicadamente por manos que adivino plenas de amor, en armonía con la naturaleza, y repleto de rosas brillantes, chispeantes, hermosas. También, reloj de sol y campanario de espadaña. Llueve ya a raudales, truena y un concierto de campanas parece celebrarlo.

Me precede una pareja de jubilados y la señora, imperativa y dispuesta para lo ocasión, reclama:

-Manolo, yo quiero una foto desde aquí, que es lo que a mí me gusta.

Entro a la sala capitular (1), con una columna central de piedra que contribuye a sostener su bóveda. Tiempo ha, cambió su uso originario por el de cementerio de abadesas. En lugar de privilegio y destacando de los demás enterramientos, el sarcófago de la beata Urraca. Me detengo a observarlo. Termina en estatua yacente que representa a una mujer hermosa de rasgos muy dulces, cubierta de rosas frescas y alumbrada por una luz de cera; pero, atrae mi atención de modo especial su báculo, abacial, que, en su extremo superior, se enrosca en forma de caracol y termina en cabeza de serpiente, y en el extremo inferior parece aplastar a un dragón. Una vez más, la serpiente y el dragón, tal vez el conocimiento, la luz, y el mal. Las caras del sarcófago parecen querer representar instantes de la vida y muerte de la abadesa.

Cuentan las crónicas que el sarcófago fue abierto en varias ocasiones -ignoro con qué objetivo-, y se constató siempre que sus restos se encuentran incorruptos. Acompañando a la beata, cuatro enterramientos de otras tantas abadesas, dos a cada lado, todas dotadas de báculo en sus respectivas laudas.


Aspecto de la estatua yacente de la beata Urraca en su sarcófago. / Manuel Rios

Paso a la tienda; luego, a la sala de reliquias, bien provista, donde se exponen desde una herradura del caballo de Santiago en la batalla de las Navas de Tolosa hasta unas calaveras de las once mil vírgenes; finalmente, curioseo el museo. Salgo algún minuto después de la hora oficial de cierre, con la pareja responsable esperándome en su cubo de mando con actitud correcta. Continúa lloviendo a raudales.

Notas

(1) En los monasterios, la destinada a las reuniones del capítulo, aquellas en que se elige a prioras y a prelados o se tratan otros asuntos.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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