Camino de Santiago

Monumento al peregrino en el Camino de Santiago.

Manuel Ríos

Por tierras de Burgos

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Villafranca de los Montes de Oca

Manuel Ríos, 09 de junio de 2015 a las 07:29

Desde Tosantos, tengo la sensación de que la carretera nacional se dispone a ascender, pero dejo que el prejuicio se haga realidad. Mi siguiente parada es en Villafranca de los Montes de Oca, acaso villa de francos hace siglos. Me dirijo a la iglesia de Santiago, enorme exteriormente y cerrada. Atravieso la calzada y accedo al albergue. Exquisita, me atiende Tere, la hospitalera.

El albergue ya está al completo, pero yo no me intereso por plaza para esta noche, que debería, sino por la pila del agua bendita del templo. Intuyo que Tere siente la íntima compensación de saberse útil más allá de su responsabilidad como profesional y, con gesto de satisfacción, extiende su índice derecho hacia una pequeña fotografía pinchada en un corcho situado a la entrada del establecimiento, a mano izquierda.

-Pero, esta pila del agua bendita es en realidad una concha gigante.

-Una concha gigante de vieira traída de Filipinas por un misionero.

-¿Dispone usted de postales con su imagen?

-Yo misma hice esta fotografía para que las personas interesadas puedan verla aunque sea en retrato.

¿Para qué insistir machaconamente en lo mismo? Mientras hablamos, un supuesto peregrino al que la profesional no tiene controlado pretende..., qué sé yo lo que pretende, y con educación pero con firmeza, literalmente, lo echa a la calle haciéndole saber que el albergue se halla al completo para esta noche. Nos miramos con un guiño de complicidad y sigo preguntándole:

-¿Y la ermita de Valdefuentes?

-Me juego el cuello a que la encuentra también cerrada. ¿Tiene previsto visitar San Juan de Ortega?

-Sí, pero...

-Pues, que tenga suerte.

A la salida de Villafranca, parado tras no sé cuántos vehículos detenidos en fila india esperando su turno de paso por obras en la carretera, observo el paisaje. Ha salido el sol y hasta quisiera picar; a uno y a otro lado, bosque frondoso que invita al temor, temor que se acrecienta según asciendo y baja la temperatura y desciende significativamente la luminosidad: tengo la sensación de que cada vehículo anhela dejar atrás estos míticos y maléficos montes de Oca. En la bajada, a la derecha, observo de reojillo una edificación solitaria con aspecto de ermita -¿Valdefuentes?-, pero la falta de distancia de seguridad entre vehículos me impide detenerme. Si pudiera cerrar los ojos y viajar a siglos atrás podría vislumbrar a catervas de desventurados víctimas de las inclemencias del tiempo, de la lluvia, de la nieve, del viento, el sol, el calor, el hambre, la miseria, la fatiga, la soledad en compañía, la indefinición de las encrucijadas, el extravío, el riesgo, la aventura, la suciedad, la vulnerabilidad, el miedo, la desesperación..., en busca de socorro, de auxilio. Así diezmado, el peregrino venía a resultar presa fácil y filón para desaprensivos y codiciosos, que lo explotan de toda forma posible e imaginable. A la cabeza del abuso, el posadero, auténtico azote del Camino según la literatura ad hoc. Se engañaba a los peregrinos mostrándoles o dándoles a probar pan y vino de mejor calidad que los que luego les servían (los toneles estaban provistos de doble fondo); y determinan las normas de la época que han de ser de la misma calidad so pena de multa.

Continuaba el abuso empleando medidas trucadas y subiendo los precios en general y, en particular, el de la cama, que fluctuaba en función de la demanda, sirviendo viandas en malas condiciones, determinando arbitrariamente el cambio de moneda y empleando todo tipo de tretas imaginables para sablear al peregrino hasta dejarlo en la indigencia. El Liber peregrinationis alerta a los romeros del abuso a que los someten los cobradores de portazgos en la ciudad francesa de Ostabat: les aplican impuestos desmesurados y llegan a registrarles los calzones. Y la catedral compostelana percibía el diezmo de esos peajes a través de un canónigo destacado en Gascuña a tal efecto. Y el abuso por ayudar a atravesar los ríos, especialmente si viajaban a caballo, y el desmesurado pontazgo en algunos casos. Además, el peregrino vivía sometido al imperio de las bandas, de los ladrones y bandoleros, de maleantes y timadores, que existían a costa de su indefensión, embaucándolo, atacándolo y robándole, y no resultaban menos peligrosos los sujetos que individualmente lo engañaban haciéndose pasar por guías, por peregrinos, por sacerdotes... Resulta llamativa la penitencia impuesta en alguna ocasión por alguno de estos falsos clérigos: nada más y nada menos que sufragar «treinta misas dichas por un celebrante que no hubiese cometido jamás un pecado contra la castidad, ni hubiese comido carne, ni poseyese nada en propiedad». Ni siquiera la pena de excomunión disuadía a golfos así, y debió de ser tal el peligro que la legislación de aquellos tiempos establecía que los malhechores capturados in fraganti podían ser ahorcados sin más trámite. Arnold von Harff, renano, viaja entre 1496 y 1498 y escribe:

... en España se juzga de forma muy estricta. Al reo se le ata a una alta columna y se le sienta en una estaca de palo, no se le cierran los ojos. Allí donde está el corazón le ponen una marca con un papel blanco. Allí deben tirar con ballestas los familiares más allegados del reo y luego los demás parientes, hasta que quede muerto. A las reas se las ahorca o se las cuelga por la garganta de un árbol y los vestidos se les atan por debajo de las rodillas. Así vimos a muchos colgados a lo largo del camino en la siguiente manera.

No es menos cierto que el sistema intentó preservar al peregrino, la materia prima del Camino, su razón de ser, me temo yo que de modo semejante a cómo funciona hoy nuestro ordenamiento, es decir, a toro pasado y con normas que no siempre fueron llevadas a la práctica, pero que asombra y gratifica saber de ellas.

Las órdenes militares o religioso-militares alcanzan gran importancia en el Camino. Los hospitalarios Caballeros de San Juan atienden a pobres, peregrinos y enfermos y disponen del castillo de Estella y de hospitales en Puente de Órbigo, en Portomarín y en otros lugares. ¿Y qué decir de los templarios? ¿Y la Orden de los Caballeros de Santiago? Destaco que papas, concilios y reyes se ocupan de proclamar normas que protejan al romero, que debe poder circular por el país con libertad y seguridad. La Iglesia excomulga a quien robe a un peregrino y el testimonio del romero que jura por su viaje es reconocido sin género de duda alguno.

La limosna se hallaba institucionalizada:

... en todas las grandes ciudades de España en las que hay conventos, está uno acostumbrado a que en unos y en otros den limosnas, pero solo en forma de comida y para eso tienen sus horas fijas de reparto, algunos reparten una sopa, otros otra cosa. Y comienzan a primera hora de la mañana y finalizan por la noche, cada uno a su hora prefijada. A los peregrinos y a otros pobres extranjeros se les sirve antes que a los demás, después vienen los pobres de su propio pueblo, lo que significa que la caridad que tienen los españoles no es pequeña, y que un pobres caminante que no tiene dinero puede vivir sin angustias, incluso en los pueblos pequeños en donde no hay conventos. No hay casa o pajar que esté en el campo que no trate con caridad a los pobres, y se les da toda clase de legumbres, de frutas, huevos y tocino, y, especialmente en carnaval, cuando se realiza la matanza de los cerdos, mucha carne, comida cruda y leche, y no hay casa que no tenga sus animales.
(Nicola Albani, napolitano, 1743-45)

Pero, al margen de la atención que ofrecían los hospitales, la caridad estaba sujeta al azar. Por alusión a los hospitales: la justificación que muestra el documento fundacional del de Roncesvalles recoge la muerte de varios millares de peregrinos, devorados unos por los lobos y otros por las tormentas de nieve. En los siglos XII y XIII, este hospital atendía a treinta mil peregrinos anualmente, y, también cada año, repartía sesenta mil comidas a todo tipo de romeros, incluso paganos, judíos, herejes... («pan, media pinta de vino y suficiente pitanza de caldo y carne, y los días de viernes, sábados y cuaresma y vigilia, abadejo o sardinas, huevos y queso, con caldo de legumbre y algunas veces de todo, especialmente en la Semana Santa y otros días festivos [...] y los que llegan debilitados o flacos no se despiden hasta que están en perfecta salud, y otros con las sobras que recogen tienen sustento para pasar las montañas»).

En Ibañeta, villa española situada en el Camino Navarro, próxima a Roncesvalles, a más de un millar de metros de altitud, existía el monasterio llamado de San Salvador, en el que, los días de tormenta o de niebla, un monje tañía reiteradamente una campana hasta la medianoche a fin de que su sonido orientase a los romeros perdidos porque «La nieve borraba el trazado de la calzada». Además, las leyes reconocían el derecho del peregrino a la inviolabilidad y a transitar seguro y contemplaban la existencia de testamentos, la tutela de sus bienes... En el caso de Compostela, todo romero pobre tenía derecho a hospitalidad completa en el hospital de peregrinos la primera noche de su llegada a la ciudad, y los enfermos debían ser atendidos hasta su recuperación o hasta su muerte. El Liber peregrinationis invita a todo el mundo a atenderlos con caridad y respeto a la ida y a la vuelta del viaje; y, seguramente que pensando en los remolones, incorpora en el capítulo XI tres casos en los que los peregrinos no recibieron la debida atención y las desgracias que por ello se derivaron. Alfonso X, en Las Partidas, ordena proteger al peregrino, y las normas establecen que alcaldes y jueces exigirán diligentes la rápida reparación del daño infringido al romero, y si faltasen a esa debida diligencia habrán de compensarlo de su bolsillo doblando el valor del daño y de los subsiguientes gastos derivados.

Me pregunto en cuántas ocasiones habrán aflojado su bolsa alcaldes y jueces. «Que los posaderos no los agarren por sus vestidos [...], que no se les impida la salida y que no se les haga ninguna violencia, en el interior ni fuera», y se les reconoce el derecho a devolver en la primera jornada una caballería ciega o deslomada. Y otras protecciones, como la excomunión de las esposas que, aprovechando la peregrinación del marido a Compostela, se declaraban viudas y contraían nuevas nupcias. A la protección del Camino por parte de reyes, órdenes religiosas y órdenes religioso-militares, a finales del siglo XIV se suman las cofradías de Santiago, organizaciones integradas por ex romeros que hubieran peregrinado a Compostela «sin obligación de justicia» y con la honra sin mancha, sin importar su extracción social, y que se solidarizan con el peregrino y con la peregrinación prestándoles ayuda y hasta fundando hospitales, y eran tan rígidas sus normas que eran multados los cofrades que no asistieran al velatorio de un compañero fallecido, que no lo acompañaran en su entierro... Cuando decayeron las peregrinaciones, se relajaron las exigencias y ya no resultaba condición sine qua non haber realizado el Camino. Mas, insisto, mucho me temo que tanta protección sobre el papel no se generalizaba a la práctica del día a día.

Imagen editada por Asier Ríos.
© de texto e imagen Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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