Camino de Santiago

Templo de San Juan de Ortega.

Manuel Ríos

Por tierras de Burgos

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San Juan de Ortega

Manuel Ríos, 10 de junio de 2015 a las 08:03

Como en el eterno girar de la vida, desciendo lo ascendido y ya me encuentro en el llano, brilla otra vez el sol, olvido los temidos montes de Oca y, en tierras de Atapuerca, dejo la carreta nacional hacia la derecha en sentido monasterio de San Juan de Ortega, haciendo votos para que la iglesia se halle visitable. Desde lo lejos, veo abierta la puerta de par en par y piso el acelerador.

San Juan de Ortega fue discípulo de santo Domingo, constructor como él, y, también como él, Pontifex Maximus, título que se concedía al maestro constructor de puentes; mantuvo el Camino y hoy es patrono de aparejadores e ingenieros técnicos. Mas, no vayamos tan deprisa. Juan de Ortega es en realidad Juan Quintanaortuño, apellido que se corresponde con su lugar de nacimiento, mientras que Ortega es su villa de defunción, y, además de colaborador activo de santo Domingo, levantó su propia obra. El templo es también su panteón: a los pies de la capilla del ábside del lado del evangelio, un más que discreto y sencillo sarcófago que debe de contener sus restos, y, en medio de la nave central, un precioso y sublime mausoleo a la altura de la obra del santo. Parece que las mujeres con dificultades para concebir acudían a interceder al bienaventurado en procura de descendencia. ¿Por qué? Se estima que Juan de Ortega vino al mundo tras veinte años de matrimonio de sus padres sin haber procreado y cuando ya habían perdido la ilusión por la descendencia y, como consecuencia, se le atribuye su capacidad para inclinar la balanza a favor de la concepción. En esta faceta, el caso más sobresaliente debe de ser el de la reina Isabel. Los Reyes Católicos se casan en 1469 y su primer descendiente, Isabel, nace en 1470. Luego, pasan años sin la bendición de nueva descendencia, perspectiva gravísima si se considera la muy elevada mortandad en la época, especialmente en los niños. Por ello, no resulta extraño que cada cual eche mano de lo que tenga a tiro para acrecentar la prole. Y la reina acude al templo y, orando y desahogando «su angustia de mujer», ordena abrir la tumba del santo —¿qué quedaría de él después de trescientos años?—, y le pide con vehemencia «la gracia de un hijo varón», y debió de poner mucha fe en su demanda porque algún tiempo después, en 1478, trae al mundo al príncipe Juan y un año más tarde, a la princesa Juana. Para que quedase constancia de su gratitud, la reina dona al templo un hermoso y trabajado baldaquino gótico que en sus bajorrelieves representa escenas de la vida del benefactor, que hoy puede ser admirado por los romeros y que pasa por ser el más hermoso y valioso del mundo.

La iglesia no es grande ni pequeña, sino sencilla y hermosa. Cuando accedo a su interior, un caballero que frisará en los ochenta años se mueve y se expresa con autoridad por el templo, seguido de cuatro o cinco personas; yo lo identifico con el sacerdote responsable y, después de unos instantes de observación, me incorporo discretamente al grupo en un segundo plano. En realidad, se trata de Miguel Morraza, que trabajó doce años integrado en una cuadrilla de veinte profesionales que realizaron la última restauración, bajo la dirección de un arquitecto nieto de Sorolla.

-Aquí, a los pies de esta columna -y señala la primera de la entrada, a la izquierda, inmensa- ayudé a cavar una zanja de ocho metros de profundidad, para reforzar la cimentación con cemento. ¡Cuántas toneladas le habremos inyectado! Y no nos dejamos la vida más de uno en la operación porque aquella no era la hora. ¡Vaya susto el desmoronamiento!
Su parroquia, haciendo corro, somos incapaces de articular palabra; así que, continúa:
-¡Qué listo el arquitecto, que era nieto de Sorolla, el pintor! No se le ocurrió mejor cosa que retranquear el coro y llevarlo a su posición primitiva, que los frailes no sé para qué lo avanzarían. ¿A que está mejor?
Por fin, me atrevo a intervenir:
-Y este es el famoso capitel -y señalo el de la izquierda de la capilla a que me referí líneas atrás.


Capitel que recorre el sol en los equinoccios. / Manuel Rios

-Ahí quería yo llegar. Gracias a que el arquitecto retrasó el coro, la luz efectúa su recorrido como lo pensaron los maestros canteros, que estas cosas no son por casualidad.
Y es que, coincidiendo con los equinoccios, a las cinco de la tarde solares, un rayo de sol recorre el capitel aludido e ilumina sucesivamente: la anunciación, con el arcángel Gabriel arrodillado ante María; la visitación de la Virgen a su prima Isabel; el sueño de José, el nacimiento de Jesús y la comunicación a los pastores. Hermoso capitel que muestra bellas y elegantes mujeres de rostro perfecto y con vestidos de pliegues. Y esto, en solo diez minutos, fenómeno que puede ser admirado a lo largo de cinco días.
La parroquia da las gracias y se despide de este maestro que es Miguel Morraza. Nos quedamos solos y me invita a observar tramos de pinturas situadas bajo la tribuna y sobre ella.
-Son originarias, ¿sabe usted? Se dejaron aposta para que se sepa cómo eran.
Entra alguna persona tal cual, echa un ojo y sale deprisa, el signo de los tiempos.
-¿Ha visto usted la rosa de Jericó protegida por las cobras?
Salimos y me las muestra en forma de canecillos, en el ábside.
-No estaba muy mal la rosa de Jericó, apenas la tocamos.


Rosa de Jericó y sus cobras protectoras. / Manuel Rios

Paseamos por el entorno, en plena naturaleza, con una temperatura ideal. Y volvemos al interior.
-¿Conoce usted la historia de Ferragut?
-En Estella vi el capitel que la retrata.
-Pues, aquí, la tiene recogida también -y me señala un capitel del lado de la epístola-. Pero, lo que nadie conoce es que entre santo Domingo y Santiago, hacia las ocho de la tarde, un rayo ilumina a santo Domingo.
-Espere, Miguel, por favor.
Me señala el ábside del lado de la epístola; en él, sobre una peana, una imagen de santo Domingo.
-Pues, eso, que entre el doce de mayo, que es el día de santo Domingo, y el veinticinco de julio, que es la fiesta grande de Santiago...
-Esta imagen es iluminada por un rayo de sol hacia las ocho de la tarde.
-Unos días, más, y otros, menos, según la fecha y las nubes; pero funciona matemático, como un reloj.
Son las siete de la tarde aproximadamente y el rayo de sol ilumina la peana.
-Verá usted cómo va subiendo poco a poco.
Mi plan de trabajo para hoy incluye pernoctar en Burgos, que no está lejos, pero... Así que doy las gracias de corazón al señor Morraza, me despido de él y vuelvo en dirección a la carretera nacional, la atravieso, tomo habitación en el hotel Sierra de Atapuerca y retorno al monasterio de San Juan de Ortega.
-Hombre, ¡ha vuelto usted!
-Aquí me tiene. Yo no me pierdo el prodigio.
Y, en efecto, el sol fue subiendo hasta que, hacia las ocho iluminó la peana y medio cuerpo de la imagen; luego, giró.
-Y como me llamo Miguel Morraza que el rayo de sol se agranda día a día hasta iluminar a santo Domingo al completo.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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