Camino de Santiago

Puerta del Sarmental.

Manuel Ríos

Por tierras de Burgos

clipping

Burgos

Manuel Ríos, 11 de junio de 2015 a las 06:47

El hotel Sierra de Atapuerca, situado a unos doce kilómetros de Burgos, en plena carretera nacional, es de factura reciente, bien diseñado, tranquilo, cómodo, para sentirse a gusto. Me cuesta la habitación doble treinta euros e incluye desayuno. Escribo el teléfono, 947 10 69 12, para no traspapelarlo, que, en mi próxima visita, repetiré.
Dan las siete y media cuando accedo a la carretera. Sé por la persona que me atendió en el hotel que hoy es día festivo en Burgos y que media ciudad, incluido el gremio hostelero, se encuentra cerrada. Dejo atrás Zalduendo e Ibeas de Juarros y adelanto a peregrinos que ya arrastran los pies. Sin darme cuenta, me hallo en un área industrial, con naves que exhiben logos de marcas conocidas, familiares. Y alcanzo Burgos. Estuve en la ciudad hace tres décadas largas y mi retina guarda flashes de aquel viaje, pero la urbe me resulta nueva. Estaciono en un aparcamiento situado frente al puente y a la puerta de Santa María. El Arlanzón baja sereno, pausado, quedo. Esta puerta es almenada y hermosa; incluye gárgolas retadoras y buen número de estatuas. Cruzo su umbral y entro a otro mundo.


Tras este umbral, otro mundo. / Manuel Rios

Al decir del Liber peregrinationis, me hallo en «una tierra llena de tesoros, de oro, plata, rica en paños y vigorosos caballos, abundante en pan, vino, carne, pescado, leche y miel»: ahí es nada. Esto es Burgos. ¡Burgos! Burgos, la del Arlanzón, la del Camino, la del Cid, el corazón de Castilla, nacida de la confluencia de caminos medievales, lugar de paso de la Meseta al norte, capital del comercio de la lana y hoy ciudad turística. Aquí se une al Camino Francés el procedente de Bayona. Llegaron a contarse 32 hospitales de peregrinos en la ciudad, lo que hace elogiarla como caritativa a Teresa de Cepeda en su Libro de las fundaciones; una ciudad que creció con pujanza a partir de su nacimiento y que fue y es jalón en el Camino de Santiago.


Catedral de Burgos. / Manuel Rios

Desde lo alto, caigo en la cuenta de que la catedral ocupa lugar de privilegio en la ciudad. La basílica, supuestamente inspirada en la parisina Notre Dame, es gótica, audaz, y se remonta al tiempo y a la influencia de Fernando III. Cuentan las crónicas que el rey vivió el bochorno de que algunos de los invitados a su boda no pudiesen acceder al templo primitivo por falta material de espacio; y decidió poner fin al sinsabor levantando esta maravilla. La observo desde cierta distancia y pienso en un calificativo que la identifique, y viene este a mi cabeza: monumental. Desde esta plaza limpia y cuidada, resulta grandiosa, sublime, un canto a la esperanza. Fue edificada sobre un templo románico por el mismo maestro que puso en pie la de León, la forman tres naves e incluye dos torres espectaculares de 84 metros acabadas en agujas caladas. Sobre la puerta Real, en el segundo cuerpo, el grandioso rosetón, con la estrella de David, y encaradas hacia lo alto, retadoras cual pararrayos, las agujas.


Agujas de la catedral de Burgos. / Manuel Rios

La primera capilla a mano derecha según se accede a la catedral es la del Santísimo Cristo de Burgos, visitable, así llamada porque su centro de interés es una más que curiosa imagen de Jesús Cristo de tamaño natural, llagueado, ensangrentado, ejecutor de milagros y ya en la esfera de la leyenda. En torno a su origen, refiere la tradición que un comerciante burgalés recuperó la imagen de un arca que encontró a la deriva en alta mar de vuelta de un viaje a Flandes. Sigue narrando que se correspondería exactamente con el Maestro. Y no faltan devotos convencidos de que este santísimo Cristo respira y le crecen las uñas y el cabello. El Cristo de Burgos es referencia constante en peregrinos y viajeros:Allí hay un crucifijo del mismo tamaño de un hombre normal y nadie sabe de qué está hecho. No es de piedra y tampoco de madera y el cuerpo está representado en su totalidad como si fuese el de una persona muerta. También le crecen el pelo y las uñas, y sus miembros, si se tocan, se mueven, y se le coge la piel de modo que se le puede estirar y tiene un aspecto terriblemente serio.
(Leo de Rozmital, noble bohemio, 1465-67)

Allí fuimos a ver en el convento de los Agustinos un crucifijo que hizo Nicodemo; realiza grandes milagros y si se le dobla dos o tres dedos estos vuelven a ponerse derechos por sí mismos y nadie sabe de qué está hecho.
(Sebald Örtel, Nurenberg, 1521-22)

... convento de los agustinos, llamado del Santo Cristo, porque en una capilla del claustro, adornada con varias lámparas grandes, se ve sobre el altar un Crucifijo que hace todos los días grandes milagros. Se nota que todos los viernes suda por todo el cuerpo.
(A. Jouvin, 1672)

En cuanto hubimos echado pie a tierra, fuimos a ver el Santo Cristo [...], que produce, según dicen, muchos milagros [...], pero nos dijeron que era preciso haber oído dos misas para eso...
(De autor anónimo, muy probablemente francés, publicado en Amsterdam en 1700)

Para descubrir y enseñar el santo Crucifijo hay primero que encender todos los cirios; después el sacerdote, revestido de casulla, tira de una cuerda (después de haber hecho su oración), sujeta a una cortina que cubre el Santo Cristo, que es de tela negra sobre la que está impreso un crucifijo; después descorre una segunda cortina de seda roja adamascada; a continuación la tercera, que es de gasa muy clara, a través de la cual se ve ya el Crucifijo.
Los religiosos que poseen esa preciada prenda dicen que está en carne y hueso. La ven sudar. Tiene los cabellos negros y la barba, posada su cabeza sobre el hombro derecho. Está de altura más de cinco pies. Los brazos parecen heridos de golpes y con llagas cicatrizadas, todos ensangrentados. Tiene el cuerpo todo desgarrado. Parece que la sangre corre ante vuestros ojos. Los españoles dicen que lo afeitan cada ocho días, que le cortan las uñas de los pies y de las manos como al de Orineo.
... y ha hecho milagros todos los días.
El viernes 16 nos enseñaron en los Agustinos el Santo Cristo. No lo enseñan más que ese día de la semana, a las siete de la mañana. Lo vimos durante medio cuarto de hora.
(Guillermo Manier, sastre picardo, 1726)

El clérigo Laffi celebra misa «en el altar del Santo Cristo, llamado el Cristo de Burgos», en 1673 (fecha de impresión de su relato), tal vez algún tiempo antes, y respecto de los moradores del monasterio, de los agustinos, anota que reparten pan bendito capaz de curar la fiebre, lo que ya consignaba Jacobo Sobieski, polaco, en 1611.

El acceso a la capilla se realiza a través de una puerta de cristal enmarcada en una pared también de cristal; un cartel demanda respeto. La capilla es alargada y hace calor en su interior. Al fondo, la imagen, que algún autor relaciona con los Cristos de la catedral de Ourense y de la iglesia de Santa María das Areas, en Fisterra, encargadas las imágenes gallegas por un obispo y señor de las tierras del fin del mundo. Salgo y recorro los metros de acceso libre ante la verja que hurta el paso al corazón del monumento. Me fijo en la nave central, altísima, de veintisiete metros, que parece llamar a las puertas del cielo.


Puerta de San Nicolás de Bari. / Manuel Rios

En la plaza, un seudoperegrino, incluso tocado con bordón, busca y rebusca no sé qué aquí y allá. Separado por unos pocos escalones, el templo de San Nicolás de Bari, que debe de contener un retablo de piedra único, de los mejores del país. Avanzo por el área norte de la basílica y encuentro una lápida que reproduce una vista esquemática suya en perspectiva.


Lápida esquemática de la basílica. / Manuel Rios

Algo más adelante, el santuario de San Esteban o museo del Retablo, que custodia obras llegadas desde parroquias varias de la provincia. Vuelvo atrás a admirar la hoy iglesia de Santa Águeda, históricamente de Santa Gadea, aunque la fábrica no sea la originaria, que trae a mi memoria la figura del Cid presidiendo la jura del nuevo rey; según la tradición, en este solar, ante una docena de caballeros castellanos, el mercenario Rodrigo exigiría a Alfonso VI que jurase no haber tomado parte en el regicidio de su hermano Sancho.


Santuario de San Esteban o Museo del Retablo. / Manuel Rios

Amplío el radio de curiosidad y me cruzo con un sobrio arco triunfal en memoria de Fernán González. Vuelvo a la catedral y me detengo a disfrutar de la puerta del Sarmental, la que mira al sur, un delicado poema en piedra. La plaza situada a sus pies quiere animarse: personas que van y vienen, parece descansar un peregrino y un extraño varón rodeado de maletas y mochilas ajadas toca una guitarra a la que arranca tristes acordes cual viejo trovador.


Puerta del Sarmental. / Manuel Rios

Me pierdo por las calles del cogollo histórico y recalo en la oficina de turismo, una moderna planta baja acristalada en la que me costó encontrar la puerta de entrada. Atienden Sagrario y Aída. Saco cuaderno y pregunto:
-El Hospital del Rey, ¿en su sitio?
-Forma parte de la Universidad, pertenece a Derecho y hoy, festivo, está cerrado.
El Hospital del Rey poseía tal capacidad que acogía a cualquier hora a todos los peregrinos que se presentasen en él, podía atender cómodamente a dos mil personas, una ciudad dentro de la ciudad, o mejor dicho, «más allá de la ciudad», como consigna Guillermo Manier en 1726, que añade: «nos han dado sopa y carne, más de lo que uno puede comer, con una libra de pan excelente y un cuartillo de vino bueno». Así, pues, ofrecía «buenas camas», alimentaba a los peregrinos y disponía de confesores en todas las lenguas.
-¿Y la ermita de San Amaro?
-Se conserva en el recinto, por supuesto, y funciona.

El hospital disponía de cementerio para romeros y en él se encontraba esta ermita. Amaro peregrinó a Compostela y, a la vuelta, entregó su vida al servicio de los peregrinos del Camino desde este hospital. El campus lleva su nombre.
-De mi visita a Burgos de hace años, recuerdo con emoción el monasterio de las Huelgas Reales.
-Todo lo que se diga de las Huelgas siempre será poco: elegante, espléndido, fastuoso, admirable y todos los calificativos que a uno se le pasen por la cabeza. Ya sabe que conserva el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa; hoy sale en procesión, precisamente, y allí no cogerá un alfiler. No se le ocurra ir en coche.
-Y Santiago con el brazo articulado...
-Sí, un Santiago que instituía caballeros incluso a los reyes tras una larga noche en vela a su vista...; y los claustros...; o, dicho de otra manera, de visita obligada.
Igualmente, resulta obligado visitar la cartuja de Santa María de Miraflores, con el más bello monumento funerario al decir de muchos especialistas, los sepulcros de los padres de Isabel la Católica. Y en mi próxima visita, haré un hueco para realizar una escapadita al monasterio de San Pedro de Cardeña.
Además de acerca del patrimonio histórico de Burgos, Sagrario, Aída y quien suscribe profundizamos en torno al poco respeto que a mi parecer se observa a menudo con el peregrino. Tras un buen rato de charla distendida, cumplimento una encuesta con espíritu constructivo pero crítico.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



facebook

Aviso Legal | Cláusula exención responsabilidad | sugerencias@periodistadigital.com | Publicidad | Quiénes Somos | Copyleft
PERIODISTA DIGITAL, SL CIF B82785809 - Avenida de Asturias, 49, bajo - 28029 Madrid (España) - Tlf. (+34) 91 732 19 05