Camino de Santiago

Monasterio y hospital de San Antón.

Manuel Ríos

Por tierras de Burgos

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De Tardajos al monasterio y hospital de San Antón

Manuel Ríos, 12 de junio de 2015 a las 07:09

Tardajos

Atravieso Burgos, un Burgos festivo, abarrotado de personas que van y vienen, casi una riada humana, y repleto de carpas blancas, de vida, de mucha vida. Me dirijo a la carretera nacional 120 en dirección a León y, atento a los indicadores, ya me encuentro en ella. A tiro de honda, Tardajos; dicen mis notas que la celta «ciudad de los dioses». Hoy, en función de lo que veo, debe de ser fundamentalmente villa dormitorio o segunda residencia de burgaleses de la capital. Me llama la atención un crucero de 1703.


Crucero de Tardajos. / Manuel Rios


Crucero de Tardajos. / Manuel Rios

Las Quintanillas

A poco, Las Quintanillas, con iglesia y ermita. Desde aquí, como resultado del confiarme y de un rigor en la planificación manifiestamente mejorable, voy y vengo por carreteras locales; me prometo que no volverá a suceder. Por fin, alcanzo las ruinas del monasterio y hospital de San Antón.

Monasterio y hospital de San Antón

San Antón se especializó en curar una enfermedad conocida en la Edad Media como fuego sacro o mal de San Antón, proceso gangrenoso provocado por el cornezuelo del centeno; los monjes, ante la sospecha de malignidad, amputaban brazos y piernas, que exponían a la puerta de la institución. Parece que, además, de vuelta a su país de origen, los peregrinos curados sin necesidad de que se les aplicase cirugía, en prueba de agradecimiento, enviaban exvotos al monasterio que reproducían los miembros sanados y que los monjes colgaban de las paredes del templo; una y otra práctica dieron lugar al nacimiento de una leyenda en virtud de la cual los frailes amputarían las extremidades a los romeros a troche y moche, porque sí, lo que se difundió profusamente por los caminos del Camino:

... por la menor incomodidad cortan brazos o piernas y los cuelgan a la puerta del Hospital.
(Guillermo Manier, sastre picardo, 1726)

Sea como fuere, Carlos III clausuró el establecimiento dos años después de que la orden dejara de existir. Hoy, el Camino discurre bajo sus ruinas. Moviéndome entre estas piedras centenarias, me embarga una extraña tristeza: es la primera construcción de auténtico porte que presencio arrumbada. Además de los beneficios de orden médico, cuando el hospital cerraba las puertas, los antonianos disponían comida en sendas hornacinas situadas a los lados de la entrada para alivio del estómago de los peregrinos, labor encomiable cuando uno cierra los ojos y se sitúa mentalmente en medio del campo.

El entorno está verde, sembrado, y sus lomas, sus ondulaciones, son un recreo para la vista. Pero esto es Castilla, la despoblada Meseta, la estepa castellana, la leyenda; y seguro que nada tiene que ver un día soleado de primeros de junio, como es este, con el clima continental, el frío y el calor extremos, el desamparo; y, en función de la zona, la falta de vegetación, casi el desierto, el monte bajo, el matorral, la encina.

El Camino coincide con la carretera local, con árboles a uno y otro lado de trecho en trecho, alivio seguro para el peregrino cuando arrecia el calor. Hoy, aquí, sí percibo un número relevante de romeros que caminan en pequeños grupos, incluyendo una joven peregrina de color que viaja sola. Un poco más adelante, Castrojeriz.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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