Camino de Santiago

Iglesia de Santa María la Blanca.

Manuel Ríos

Por tierras de Palencia

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Boadilla del Camino / Frómista / Villarcázar de Sirga

Manuel Ríos, 14 de junio de 2015 a las 07:50

Boadilla del Camino

Veintidós kilómetros separan Castrillo de Matajudíos de Frómista. Son veintidós kilómetros de carretera estrecha y muy recta; a los lados, campo, campo verde y llano. Y es que ya me encuentro en Tierra de Campos, de suaves ondulaciones, esteparia, despensa de cereal, una tierra que torra al viajero en verano y lo hiela en invierno, Castilla en estado puro.

Recorreré unos setenta kilómetros de Camino por tierras de Palencia, y mientras la vista se pierde de uno a otro lado, se encapota el cielo, hace tormenta, parece que quisiera anochecer y comienza la descarga de otra nube de verano, o tal vez de más de una, que parece que viviésemos diciembre y no junio.

Lloviendo a mares todavía, entro a Boadilla del Camino, una pequeña villa en la que no se ve un alma en la calle, solo tres peregrinos en el albergue observando diluviar. ¿Qué me trae a esta población? Una vieja y curiosa pila bautismal en la iglesia de Santa María de la Asunción, que no puedo ver, y un rollo gótico muy especial, auténtica filigrana. Y escribo que muy especial porque, por concesión real, simboliza la autonomía de la villa de los señoríos de que dependió; ignoro si, además, fue utilizado en el sentido clásico de su uso. Cesa un poco la lluvia y puedo fotografiarlo desde el vehículo sin riesgo para el equipo fotográfico y para mi persona.


Rollo gótico en Boadilla del Camino. / Manuel Rios

Frómista

En estos veintidós kilómetros a que acabo de aludir, me crucé con un camión y dos o tres turismos y adelanté a media docena de peregrinos en bicicleta. Unos tres kilómetros antes de alcanzar Frómista, la carretera se hace más amplia y, en la entrada, atravieso el canal de Castilla.

Ha vuelto a salir el sol. Suena un claxon: pertenece a un tren cargado de automóviles que se desplaza en el sentido de mi marcha.

Ya me anunciaron en Castrojeriz que Frómista es una villa abierta, de calles amplias, cuidada... Lo suscribo, y solo me resta añadir que causa muy buena impresión. Observo dibujos de flores en una calle principal, imagino que vestigio de una alfombra ejecutada con motivo del pasado Corpus. Disfruto de la villa paseándola y alcanzo en primer lugar la iglesia de San Martín de Tours. Frómista contó con un monasterio del que se conserva su iglesia, románica, sobria, elegante, una auténtica joya a decir de los especialistas, que destacan la proporción de sus líneas y la finura de su ejecución. Llaman mi atención igualmente sus torres, curiosas torres cilíndricas, con aspecto defensivo, que recuerdan a las de los castillos, en la línea de la torre de la iglesia del Santo Sepulcro, en Torres del Río. Dicen mis notas que pueden contarse más de trescientos canecillos, todos diferentes, únicos, pero rehechos o sustituidos muchos, muchísimos de ellos. Resultan primorosos, pero me resisto a fotografiarlos porque no puedo diferenciar los originarios de los actuales. Destaco que los fromisteños debieron pagar 250 ducados de oro a las huestes comuneras a fin de impedir el saqueo del templo.


Iglesia de San Martín de Tours. / Manuel Rios

Sigo el paseo por la villa hasta alcanzar la iglesia de San Pedro, necesitada de restauración y con derecho a nido de cigüeñas y palomas a raudales. Su interior resulta sublime. Me fijo en las dos primeras columnas vistas desde el presbiterio (1): presentan un poco desviada la verticalidad del lado de la nave central.


Iglesia de San Pedro. / Manuel Rios

Además, Frómista puede alardear de milagro. El mayordomo del hospital de San Martín pediría un préstamo a un judío de la villa para rehacer el establecimiento, cuando el trato comercial con los judíos estaba vedado para los cristianos y penado con la excomunión, con lo que el protagonista fue excomulgado por la autoridad eclesiástica al trascender que no había podido devolver el crédito. Pero el tiempo, medicina que tiende a curar todo mal, o a agravarlo, según quiera interpretarse, le hizo olvidar la debilidad. Enfermo y a las puertas del viaje definitivo, el mayordomo decidió confesar y comulgar, pero olvidó referirse a tamaño pecado, y, cuando llegó la hora de la comunión, se encontró con que el sacerdote era incapaz de coger la hostia a él destinada, con lo que el pío mayordomo cerró el paréntesis de su lapsus y repitió la confesión. Y el milagro se difundió por el Camino.

Casi en la acera de enfrente de la iglesia de San Pedro, delante de lo que fue el viejo hospital de Palmeros, un monumento recuerda a Pedro González o Pedro Telmo, dominico, nacido en la villa -aunque otros aseguran que lo hizo en Astorga-, patrono de los marineros, que lo conocen como san Telmo; se dice que tiene reconocidos más de doscientos milagros; me resulta curioso el que asegura que de su tumba mana un aceite con capacidad para curar cualquier enfermedad.


Imagen de san Telmo. / Manuel Rios

Párrafos atrás recogí que crucé el canal de Castilla a la entrada de la villa. Esta obra espectacular es un distribuidor fluvial de Pisuerga y Carrión por Tierra de Campos, en las provincias de Palencia, Burgos y Valladolid, más de doscientos kilómetros de canal, con una anchura de entre once y veinte metros y una profundidad de dos a tres, que trajo prosperidad y riqueza a estas tierras. Su razón de ser era trasladar el cereal castellano al Cantábrico. Por estos lugares, un conjunto de esclusas permitía salvar un importante desnivel. Hoy se recupera como ruta turística en la que admirar desde dársenas y esclusas a molinos y batanes.

Villarcázar de Sirga

Después de Frómista, dejo atrás Población de Campos. Luego, Revenga de Campos, con iglesia de San Lorenzo con derecho a reloj mecánico en hora y nido de cigüeñas, ambos en la torre, y monumento al peregrino. Seguidamente, Villarmentero de Campos y, poco después, Villarcázar de Sirga.

Villalcázar de Sirga es una pequeña villa presidida por la iglesia de Santa María la Blanca, encomienda templaria, iglesia-fortaleza, robusta, elegante, gótica, importantísima en su estilo y de formidables dimensiones para este pequeño lugar. Destaca en la fachada una ojiva compuesta por numerosas arquivoltas.


Arquivoltas en la iglesia de Santa María la Blanca. / Manuel Rios

Sobre las arquivoltas, un doble friso con imágenes, presidido el conjunto por un monumental pantocrátor.


Doble friso en la iglesia de Santa María la Blanca. / Manuel Rios

Aquí se venera la Virgen de las Cantigas de Alfonso X. El rey Sabio se hace eco de los milagros atribuidos a la Virgen de Villasirga (Nuestra Señora salva al peregrino condenado injustamente por la denuncia de una criada presa de furor uterino. Y se le atribuyen otros muchos milagros, como el de aquel francés que peregrinaba para cumplir la penitencia que le impuso el confesor, realizar el Camino portando «un bordón de hierro de 24 libras de peso»; después de rezar se encontró con que el bordón se había desintegrado, lo que fue interpretado como que la Virgen daba por cumplida tan penosa penitencia) y la consecuencia fue una fabulosa afluencia de creyentes en busca de remedio a los males y problemas que los aquejaban. Insisto en que contrasta la grandiosidad del monumento con lo limitado de la villa.

Notas

(1) Área del altar mayor que comprende hasta el pie de las gradas por donde se sube a él.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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