Camino de Santiago

Iglesia de Santiago.

Manuel Ríos

Por tierras de Palencia

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Carrión de los Condes

Manuel Ríos, 15 de junio de 2015 a las 06:54

Continúo el Camino por Tierra de Campos hasta alcanzar Carrión de los Condes, junto al río Carrión. Tengo ganas de conocer la villa porque, sin verla, sé que mantiene el sabor medieval, la tradición jacobea; no es en vano que el Códice la destaca como próspera y rica en pan, vino y carne.

A la entrada, a mano derecha, una vieja ermita a la que se adosó un tosco garaje (una vecina me confirma que de eso se trata) que la denigra; mas, no quiero que este borrón me condicione, entre otras cosas porque el monumento a Santiago que ya me recibe, me estimula. Losetas metálicas con el topónimo Carrión y la venera encaminan al peregrino.

Algo más adelante, a pocos metros de la ermita aludida, la iglesia de Santa María del Camino. Su portada rememora el abono anual del tributo de las cien doncellas, que se satisfaría en este lugar. Ya me referí a esta tradición, y Carrión contribuiría con cuatro doncellas que serían entregadas al infiel frente a una modesta ermita dedicada a Nuestra Señora del Parral, llamada así por la parra que existía frente a su portada. Cuenta la tradición que las jóvenes se encomendaban a la Virgen y he aquí que, en una de las ocasiones, cuatro oportunos toros dieron al traste con el pago. Como agradecimiento, la ermita fue sustituida por una iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Victoria, hoy conocida como Santa María del Camino. De ahí, las escenas de la portada. Santa María es sencilla, hermosa, de dimensiones medias, con parte del muro del lado de la epístola un poco vencido hacia el exterior; a la entrada por la cara oeste, una escalera de caracol da acceso a la tribuna; además, un viejo enterramiento con estatua yacente de mujer cubriéndolo.


Iglesia de Santa María del Camino. / Manuel Rios

Hacia el centro de la villa, visito la iglesia de Santiago. ¡Santiago! Santiago, siempre presente en el Camino. Este templo se encuentra equipado con una techumbre moderna, aparentemente de madera sobre armazón metálico; hoy funciona como museo, y la señorita recaudadora hace conmigo la excepción, me dice, de permitirme asomar la nariz por las cortinas de acceso. Pero, el interés del monumento, al decir de los especialistas, está en la portada: los doce apóstoles aparecen presididos por un Cristo pantocrátor rodeado de tetramorfos (1), y, en la puerta, un capitel a cada lado representando el bien y la justicia el de la izquierda -la resurrección de Lázaro, para algún autor-, y el mal y el pecado el de la derecha -el juicio que permite aceptar al aspirante en el gremio, según otros-; observo con atención la arquivolta historiada, integrada por veintidós figuras que parecen representar otros tantos oficios gremiales -ceramista, herrero, monje, zapatero...- y dos leones, uno a cada extremo, lo que indicaría que este habría sido un templo gremial, aunque no faltan autores que vean en las veinticuatro figuras a los veinticuatro ancianos del Apocalipsis. Pantocrátor, tetramorfos, apóstoles, capiteles y arquivolta figurativa integran uno de los conjuntos más reconocidos del románico de fines del XII, una auténtica obra maestra.

No puedo dejar de aludir a otro muy importante aspecto de la villa en su vertiente jacobea. Y es que, Carrión, con Sahagún y O Cebreiro, fueron sede de los primeros hospitales nacidos en el Camino, en la segunda mitad del siglo X. Ya me refería en Estella a los hospitales para peregrinos y para leprosos. Reflexiono. A poco que uno se pare a pensar, cae en la cuenta de que la mitad del Camino la vivía el peregrino en el hospital. ¡Ay, los hospitales, auténticos úteros maternos! A menudo, se levantaban fuera de las villas y de las ciudades con la clara intención de recibir a los romeros que llegasen a ellas cuando sus puertas estuviesen ya cerradas, como fue el caso de los de Puente la Reina, el Hospital del Rey, de Burgos, y San Marcos, en León. El peregrino, a imagen de lo que puede leerse en la Biblia, era recibido en el hospital siguiendo un protocolo que comprendía el lavado de los pies, que en algunos se hacía con agua caliente y fricciones con un ungüento elaborado mezclando aceite de oliva, sebo de vela y aguardiente. Y resulta curioso consignar que estas instituciones atendían a peregrinos sanos y enfermos, católicos y paganos, judíos y herejes... A los peregrinos sanos no suele permitírsele una estancia superior a un día en el hospital, aunque depende de las normas, de la estación (si el mal tiempo lo demandaba, po­dían quedarse hasta cinco días y más), de la posible enfermedad... Y para garantizar que el peregrino no exceda del número de días de estancia, algunos hospitales, como los de Burgos, León o Compostela, practican una marca en su bordón. En estos centros, los peregrinos enfermos recibían mejor trato y mejor alimentación que los propios frailes; y en algunos, la capilla y la sala que los acoge están comunicadas, a fin de que los romeros en recuperación puedan seguir los oficios desde la cama. Para hacer frente a la tentación, un obispo leonés establece la pena de excomunión a los seglares que se aprovechen sin derecho del auxilio de sus hospitales. Cuenta un peregrino que no conseguía eliminar las fiebres, y del mal le libró una hospitalera dándole unas frotaciones por los riñones con ortigas; esa noche sudó «ocho o diez camisas de agua» y las fiebres no volvieron más. Fue tal el empeño del sistema que, desde el siglo XVI, se constata la presencia permanente de médicos en algunos de estos centros. Y para los casos en que los peregrinos no despertaban en esta dimensión, los hospitales de importancia media, y no digamos los grandes, disponían de cementerio propio, el último cobijo del romero desvalido. Cuentan las crónicas que quienes se veían en este trance eran enterrados con su traje de peregrino al completo, incluyendo el sombrero y también el bordón, sobre el que les cruzaban las manos, y se colocaba una vieira sobre la tumba. En los casos más afortunados, el enterramiento se realizaba en lo que se conocía como tierra santa, lindando con el muro de la iglesia, donde caen los goterones, espacio habitualmente reservado a la clerecía.

Hago justicia a Carrión de los Condes y a mí mismo refiriéndome a modo de cita a San Zoilo, el viejo monasterio, hoy centro dedicado a usos varios. Aquí sitúa la tradición un curioso prodigio: un minusválido de Gascuña peregrinaba a Compostela a lomos de su borrico en demanda del milagro que le liberara de su limitación, y aquí perdió al animal; dicen las crónicas que rezó con fe a san Zoilo toda una noche y, con el nuevo día, en medio de la misa, se sintió curado. Y tampoco olvido que Carrión de los Condes es cuna del universal marqués de Santillana. Recordando sus Coplas, me pregunto si el entorno jacobeo y el clima de él derivado habrán influido en su pensamiento y, por ende, en su obra.

Dejo atrás Carrión de los Condes. Tengo a la vista la imagen de Castilla que me dieron mis maestros de primera enseñanza: una inmensa superficie perfectamente plana en la que se te pierde la vista; y, además, como curiosidad, toda verde. Dejo atrás Cervatos de la Cueza. Un poco más adelante, su pedanía Quintanilla de la Cueza, con una torre con campanas adosada al camposanto. Luego, otra pedanía, Calzadilla de la Cueza, a la que accedo. A la entrada, un joven que seguramente no cumplió los dieciocho corta la hierba del frente de la heredad con un moderno artilugio mecánico.

-Veo la torre, pero no la iglesia.

-¡Ah! Es que la iglesia se derrumbó y en su lugar hicieron el cementerio.

-¿Pasó lo mismo en Quintanilla?

-Eso no lo sé. ¿Ya visitó las ruinas romanas?

-Todavía no.

-Pues no deje de hacerlo, que son las mejores, mejores incluso que las de...

Un poco más adelante, me desvío de la carretera para realizar parada en Ledigos. Tengo sana curiosidad por conocer este lugar. No creo que alcance los cincuenta vecinos. Una abuela me observa con gesto poco complaciente, más bien, avieso. Una casa de adobe muestra la señal de circulación prohibida en los dos sentidos en la calle que linda con el templo, tal vez por razones de seguridad. La iglesia es pequeña, una ermita, y está situada frente al cementerio, también pequeño y cerrado por un muro encalado, igual que el templo. El ábside originario, seguramente que por derrumbe, ha sido sustituido por uno de ladrillo caravista sencillo. Pero, ¿qué me trae a Ledigos? Ledigos fue propiedad de la iglesia de Compostela, pero lo que de verdad llama mi atención es que esta ermita es de los pocos templos del Camino, acaso el único, que posee la triple representación del Apóstol, hecho que, por desgracia, no puedo constatar. Resulta curioso advertir esa triple representación iconográfica de Santiago: en primer lugar, como apóstol, con túnica y portando el Nuevo Testamento; luego, como peregrino, con la indumentaria propia del romero; y, tras la batalla de Clavijo, como caballero cristiano que a lomos de un caballo blanco arremete contra el infiel; no es evidencia menos notable, sin embargo, que la representación de Santiago como guerrero no aparece hasta el siglo XII, unos tres siglos después de la supuesta batalla de Clavijo, y será en el barroco cuando se popularice. Y, a partir de la triple representación del Apóstol, la reflexión. ¿Cuántas veces escuché e incluso verbalicé que el hábito no hace al monje? Pero, no es menos cierto que toda regla presenta su excepción: el hábito franqueaba el camino al peregrino, implicaba una intensa carga simbólica. Recuerdo los elementos que lo integraban. ¿Comienzo por el sombrero? El sombrero era de ala ancha, y debió de ser tal el negocio que generó que, en agradecimiento, algunos gremios de sombrereros franceses postulan a Santiago como su patrono. Al sombrero se le suele asociar la venera, la concha de vieira, a la que volveré más adelante. El sayal, de color pardo, sufrido, alcanzaba hasta las rodillas, sobre el que portaba la esclavina o capa corta. El calzado, fuerte. El bordón o cayado, herrado, que sonaba y resonaba acompasado al golpear las piedras del camino, contrapunto de los cánticos que el grupo exhalaba y que, además de servir de apoyo, era un preciado instrumento de defensa, especialmente frente a perros y lobos. Del bordón solía colgar la calabaza, que conten­dría agua o vino, según el momento y los posibles. Y la escarcela, zurrón, alforja, esportilla, morral, pera o mochila, saco que contendría el dinero, los salvoconductos, el testamento, las provisiones y los efectos más personales y que se disponía cruzada sobre el pecho. Esta presencia despejaba la ruta al romero y le abría las puertas de templos, monasterios y hospitales, donde recibía alimento y atención humana, religiosa, médica... Cabe suponer que, en los primeros tiempos de la peregrinación, el peregrino tomaba la decisión y actuaba seguidamente en función de su leal saber y entender. Algún tiempo después se observó un protocolo que conllevaba que el peregrino hiciese testamento antes de partir (la muerte como certeza y el desconocimiento de su hora), que se confesase, se proveyese de unos mínimos dinerarios para echarse a los caminos (los señores no lo tenían difícil, pero los demás..., los demás debían pedir prestado si podían garantizar el préstamo o pedir limosna); y era despedido en su pueblo, donde su párroco bendecía la escarcela y el báculo, bendición equivalente a un salvoconducto, a un pasaporte; recibía el hábito y las credenciales de que era capaz de proveerse y se unía a otros peregrinos, habitualmente del propio país, formando grupos que se echaban a los caminos del Camino hacia abril, para estar de vuelta en casa por septiembre. Y es que, por razones de seguridad, entendida la seguridad en su sentido más amplio y profundo, el romero no viajaba solo. Los peregrinos, ya en sus casas, a la vuelta del Camino, incluían la vieira en su escudo y en el quicio de la puerta de su casa como testimonio de la hazaña acometida.

Notas

(1) Figuras que representan a los evangelistas en el arte medieval.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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