Camino de Santiago

Basílica de San Isidoro.

Manuel Ríos

Por tierras de León

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León

Manuel Ríos, 18 de junio de 2015 a las 09:26

León atesora dos mil años de existencia, primero como sede de la VI legión romana, Victrix, Victoriosa, aquí ubicada para proteger las minas de las Médulas; después, como capital del reino de León hace un milenio, probablemente la ciudad española más importante en aquel momento, cuna del parlamentarismo español y, además, como ciudad del Camino que reúne a los peregrinos del Camino Francés y a los que proceden de la costa cántabra.

Conocí León hace años, pero, igual que me aconteció con Burgos, hoy es una ciudad nueva para mí. No obstante, sus carteles indicadores la hacen amigable para el visitante. Así que, a poco, me encuentro estacionando el automóvil en un aparcamiento situado frente a la Casa Botines. Mi prioridad en León es arreglar las gafas de sol, que en una caída se me escapó uno de los cristales. A pocos metros del aparcamiento, General Óptica.

-Usted disculpe. No soy cliente de ustedes, pero sí mi mujer, y soy forastero. ¿Podrían recolocarme esta lente, por favor?

Y la señorita, exquisita, resuelve mi problema en un santiamén.

-¿Qué le debo?

Y me responde que «Nada» con una sonrisa que parece que el favor se lo hiciese yo. ¡Buen comienzo!

Avanzo por la zona histórica en dirección a la catedral. Observo un ambiente admirable y envidiable, como de fiesta; y es que está en marcha una fiesta medieval, con tenderetes aquí y allí vendiendo esto, lo otro y lo de más allá, y titiriteros y saltimbanquis que alegran a los adultos y especialmente a los más pequeños. Disfruto de la muralla y accedo a la plaza de la catedral. En la oficina de turismo, la señorita me facilita un plano esquemático del entorno. Sitúo en él el convento de Santa María de Carbajal, también llamado de las Carbajalas porque sus monjas benedictinas proceden de un monasterio situado centurias atrás en Carbajal de la Legua, localidad próxima a León, y camino hasta encontrarlo. El monasterio es hoy un edificio moderno situado en una calle que baja. Me aseguro, porque podría pasar desapercibido. Asomo la nariz al pórtico y no veo nada fuera de lo ordinario, y no me atrevo a llamar por temor a molestar. ¿Qué me atrae de las Carbajalas? Que tiempo ha, sus abadesas poseían el derecho a utilizar mitra, pectoral, anillo y báculo. ¡Curioso! ¿Quién les habrá concedido privilegio tal y por qué?, ¿y cuándo decayó y también por qué? La madre abadesa, solícita, me atiende telefónicamente semanas después; me confirma el uso histórico de estos elementos como signo de autoridad; me cuenta que el báculo, símbolo del pastor, dejó de ser utilizado tras el Vaticano II, hacia los años sesenta, y que hoy se mantiene el anillo, emblema de la vida monástica.


Monasterio de Santa María de Carbajal. / Manuel Rios

En las inmediaciones, la iglesia de Santa María del Camino, en la actualidad Santa María del Mercado, que presenta la curiosidad de ser más ancha en la cabecera que en los pies.

Desando el camino por las mismas calles, estrechas, animadas, repletas de personas que van, vienen o se solazan en los establecimientos hosteleros. Vieiras metálicas en el suelo me indican que me encuentro en el Camino. Y, un rato después, en una placita, la basílica de San Isidoro. San Isidoro acoge los restos del santo homónimo, trasladados desde Sevilla con toda pompa y boato, con fama de milagrosos. Fue arrasada por Almanzor, igual que Compostela, lo que supuso que la reedificación conllevase ampliación; ya se sabe que no hay mal que para bien no venga, como reza el refrán. Su iglesia es románica e incluye en la puerta del Cordero los signos del Zodíaco, tallados y distribuidos en dos grupos. ¿Cuál será aquí el sentido de símbolos así de paganos? Y recojo otra curiosidad: las hoy Carbajalas ocuparon hace centurias un monasterio femenino anexo a la basílica de San Isidoro; un siglo después, el rey del momento -¿importa el nombre?- las expulsó y sustituyó por canónigos, que parece que daban mayor prestancia a la corte; es decir que las Carbajalas nacieron en León, fueron expulsadas a Carbajal de la Legua y retornaron a la capital: a veces actúa la justicia, ignoro si la divina, la humana o en hermandad.

Accedo al interior. El templo, de tres naves, muestra planta de cruz latina y se encuentra al completo de fieles que participan de la celebración de la misa. Muy discretamente, deambulo por las naves laterales, pero me siento incómodo y salgo. Hoy entiendo la actitud del clérigo que cierra con llave la colegiata de Santa María del Manzano, en Castrojeriz, cinco minutos después de iniciado el culto: las visitas deberían estar prohibidas en los minutos de celebración religiosa. Así, pues, por decisión personal, pierdo el disfrutar de varios curiosos capiteles y de otras joyas de San Isidoro, esculturas, pinturas, claustros... Y que no se me escape consignar un curioso privilegio: el permanecer abierto las veinticuatro horas para mejor procurar la adoración.


Puerta del Cordero. Basílica de San Isidoro. / Manuel Rios

León es arte en piedra, arte testigo de la lógica evolución; y así, podemos disfrutar del románico, del gótico, del renacimiento, del plateresco... Pero, por encima de todo, lo que no podemos dejar de visitar es su catedral.


Catedral de León. / Manuel Rios

La catedral de León, Pulchra Leonina, es considerada de las más hermosas del mundo, la culminación del gótico. Los especialistas le adjudican calificativos a cada cual más sobresaliente: armoniosa, equilibrada, elegante, esbelta, luminosa, sencilla, funcional, inmensa, grandiosa... Nicola Albani, napolitano, conoce León entre 1743 y 1745 y dice de ella que es «bonita por fuera y todavía mucho más bonita por dentro». Si retrocedo a sus orígenes, debo escribir que su solar acogió unas termas romanas; luego, fue palacio real de Ordoño II, el muñidor del reino de León; después, basílica por obra del obispo Pelayo, basílica que evolucionó al templo que hoy admiramos. Parece que su diseño está inspirado en las grandes catedrales francesas, y sus cifras apabullan: noventa metros de largo y treinta de alto la nave central, 125 vidrieras que totalizan 1.800 metros cuadrados de vano, la torre sur tres metros más alta que la compañera... Accedo al claustro, museo y muestrario de viejas imágenes lamidas por el tiempo, seguro que cada una con larga historia a cuestas; luego, un área comercial que expende recuerdos, desde lapiceros hasta pendrives, pasando por libros, chapas y promociones por compra. Tras regodearme fotografiando un cuadrante solar de tres caras situado en la torre sur, me dispongo a acceder a esta joya de catedral, pero, ¡mi gozo en un pozo! ¡Ni pagando! Ni pagando porque, por celebración de una boda, se encuentra cerrada «hasta después de la una». Lamento no poder disfrutar del tímpano, que muestra cómo son pesadas las almas mientras el demonio intenta hacer trampa, ni del rollo gótico al que se acogían los delincuentes que podían, en busca de una justicia más benévola que la de las leyes civiles, ni de ese curioso privilegio que adjudicaba por derecho una canonjía al jefe del Estado...


Reloj de sol en la torre sur. / Manuel Rios

Unas calles más allá, el grandioso Hospital de San Marcos, nacido a comienzos del siglo XVI «para hospedar a los pobres de Cristo». El fraile portero que llevaba el libro de registro de peregrinos debía hablar latín y una o dos lenguas extranjeras. En el mundo del Camino, el latín es la lengua universal que comunica a los hombres de todas las latitudes. En realidad, al Camino se le atribuye el don de las lenguas. Hoy, hotel de lujo, parador nacional, joya del plateresco, con un Santiago Batallador en su fachada y medallones que representan a personajes históricos. Cuando repaso el devenir del edificio tras su sacrosanta dedicación fundacional, desde seminario o instituto a escuela de veterinaria pasando por cárcel -Quevedo supo de sus humedades-, me felicito de que en el último cuarto del siglo XIX fuese amnistiado de pasar por la piqueta; esta decisión nos permite disfrutar de sus cien metros de excepcional fachada plateresca.
Vuelvo atrás para rememorar una historia preñada de sentimiento. Y es que, León recuerda a su ilustre hijo Guzmán el Bueno con una rotonda amplia y saturada de tráfico y una estatua alusiva.


Guzmán el Bueno. / Manuel Rios

Tomo un menú en un establecimiento multinacional de hamburguesería que me hace sentir un rey y reemprendo la marcha a través de calles con el límite de velocidad en treinta kilómetros a la hora. Quieran los hados que los correspondientes chivatos se encuentren adormilados.

León me ata. Toda la comodidad con que entré a la ciudad se troca ahora en inconvenientes para salir de ella. Google Maps me lo resolvería llevándome de la mano. Por fin, después de alguna revuelta y de preguntar, casi un barrio de León, Trobajo del Camino, con su santuario de la Virgen del Camino a mano derecha, en el que se detenían los peregrinos a rezar a esta advocación de la Virgen, patrona de León y protagonista de leyendas sin fin. Los viejos romeros lo hacían en el santuario histórico, hoy sustituido por uno moderno y originalísimo de diseño. La fachada, sencilla pero singular, muestra trece figuras de bronce de unos setecientos kilos cada una, que representan a la Virgen y a los doce apóstoles, de los que Santiago señala el camino a los peregrinos. Accedo a la iglesia y me siento sorprendido porque trae a mi memoria la imagen de una moderna sala de cine, asociación acrecentada por la excepcional, original y espléndida iluminación que el arquitecto diseñó para el ábside. Después de recorrer el sagrado recinto, vacío a esta hora, cedo a la tentación de sentarme, apoyar la espalda, cerrar los ojos, relajarme y dejarme empapar de un no sé qué que exhala esta isla de quietud y serenidad.


Moderna portada del santuario de la Virgen del Camino. / Manuel Rios

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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