Camino de Santiago

Interminable puente sobre el Órbigo.

Manuel Ríos

Por tierras de León

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Hospital de Órbigo - Astorga

Manuel Ríos, 19 de junio de 2015 a las 07:48

Hospital de Órbigo

Abandono con pesar el santuario de la Virgen del Camino con la vista puesta en la próxima parada. Y vuelvo al páramo. En esta comarca se enfrentaron a muerte las tropas de Alfonso el Batallador y las de su esposa doña Urraca dirimiendo sus diferencias. Urraca y Alfonso, bisnietos de Sancho III, se casaron por razones políticas -integrar reinos-, a pesar de la consanguinidad y en contra del parecer de la Orden de Cluny; el fuerte carácter de ambos y las diferencias de criterio los llevaron a luchar entre sí y, por tanto, a llevar al país del momento a la guerra civil, además de a anular su unión. ¡Ay, doña Urraca! Al decir de las crónicas o tal vez de la leyenda negra, ¡furor uterino!, adúltera con un pastor berciano e incestuosa con su hermano. Y al lado de las pasiones humanas, la pasión por el peregrino. También en la comarca, un hospital levantado para atender únicamente a peregrinos pobres, con seis camas, cuatro para varones, una para mujeres y la sexta para sacerdotes.

Por fin, Hospital de Órbigo, medieval. Escribe el clérigo Laffi poco antes de 1673 que la pobreza de la villa es tal que sus habitantes han de pedir limosna. En la actualidad, la villa nada tiene que ver con la que conoció el viejo peregrino. Y Hospital de Órbigo liga su existencia al infinito, interminable, puente del Órbigo, hoy seco el río, y al episodio que pasa al anecdotario patrio como Paso Honroso. Lo recuerdo con pocas palabras a la luz de las crónicas. En 1434, Suero de Quiñones, caballero segundón víctima de mal de amores, ideó un curioso procedimiento para llamar la atención de su huidiza dama: declararse esclavo de su amor ciñendo su cuello cada jueves con una argolla; y como la argucia no alcanzase el efecto deseado, fue más lejos y decidió retar a todo caballero que intentase atravesar el puente sobre el Órbigo para, seguidamente, peregrinar a Compostela. El rey dio su plácet a tan atrabiliaria iniciativa. Y así, durante un largo mes, dejando en medio el veinticinco de julio en que hizo alto para honrar a Santiago, siguió un riguroso protocolo: iniciaba cada día con una misa; luego, el reto a los caballeros y la correspondiente lucha con ellos, y de remate, una opípara comida. En ese mes, rompió cerca de doscientas lanzas y envió a mejor vida a un caballero catalán que no pudo ser enterrado en sagrado porque la Iglesia tenía prohibidos los duelos. Por esos azares o no de la vida, don Suero moriría veinticuatro años después en un torneo a manos de uno de los caballeros vencidos por él en el Paso Honroso y que había jurado vengarse. ¡Don Suero!, una vida asociada al lema «Si no os place corresponderme, en verdad que no existe dicha para mí».

Astorga

De modo despreocupado, entro a Astorga con el automóvil. El resultado: doy la vuelta al ruedo y estaciono en un extensísimo y vacío aparcamiento público gratuito. ¡Bien por la iniciativa! Y unos instantes después, ya estoy en su epicentro. Frente a Colasa y Perico, los maragatos que recuerdan las horas a los astorganos a golpe de martillo, entre pregunto y afirmo a un vecino:

-Ya veo que Colasa y Perico, en su sitio. Y supongo que el palacio episcopal, las Emparedadas y la catedral, en el suyo.

-Se lo sabe usted muy bien. Atraviese la plaza y se dará de bruces con todos.


Colasa y Perico, pendientes de la hora. / Manuel Rios

Astorga es capital de la Maragatería y ciudad relevante ya en la época romana como garante de la seguridad en el transporte de los metales preciosos hacia el sur, a través de la Vía de la Plata. Por alusiones, consigno que aquí se une al Camino Francés el procedente de Sevilla y conocido precisamente como Vía de la Plata. Y es que, Astorga es el fruto de las rutas que la cruzaron, la vía romana, la arriera maragata y el Camino. En la historia del Camino tuvo igualmente un papel fundamental. Aquí, los peregrinos recuperaban fuerzas para enfrentarse a la Maragatería y a los Montes de León.


Palacio episcopal. / Manuel Rios

En dirección a mis objetivos, la oficina de turismo, parada obligatoria. Varias personas esperan a ser atendidas; de suerte que me dirijo al palacio episcopal. Si desconociese su autoría, escribiría que me resulta curioso, particular, original. Y es que, Astorga es también y especialmente Gaudí a través de este rara avis en la obra del arquitecto fuera de Cataluña. Camino hacia la catedral y, poco antes de alcanzarla, estoy seguro de hallarme ante la ventana de las Emparedadas. Pregunto, para asegurarme:

-Por favor, ¿es esta la iglesia de Santa María?

-¿De Santa María?

-Sí, de Santa María.

-Señor, aquí no hay ninguna iglesia de Santa María; esta es la iglesia de Santa Marta.

-¿Santa Marta? Pues, claro. Y la de al lado es la capilla de la cofradía de San Esteban.

- Usted busca las Emparedadas. Pues, aquí es, y esa es su ventana -y me señala la situada entre los dos edificios.


Las Emparedadas. / Manuel Rios

Tras estas rejas, históricamente, se recluían las mujeres arrepentidas de su vida poco ortodoxa, quizá voluntariamente, acaso obligadas, y los viejos peregrinos les ofrecían trozos de pan a través de los barrotes.

Al lado, la catedral de Santa María, en permanente reforma entre los siglos XI y XVII («Han reparado la iglesia casi de nuevo», escribe el sastre Guillermo Manier en 1726) y, esta tarde, cerrada, para variar; sin embargo, el museo, con puerta de acceso desde el atrio de la basílica y de pago su visita, se encuentra accesible.


Catedral de Santa María. / Manuel Rios

Vuelvo a la oficina de turismo. De camino, viene a mi cabeza una curiosidad: la cofradía de San Martín dispensaba del obligado descanso dominical a los zapateros que arreglasen el calzado a los peregrinos. Llego en el mejor momento porque la señorita, exquisita, me tiene como a su único cliente.

-Voy hacia Ponferrada y quisiera seguir el camino de los viejos peregrinos.

-Pero, ¿es usted peregrino?

-Soy un peregrino atípico, seudoperegrino, porque viajo en automóvil, pero vengo desde Puente la Reina pueblo a pueblo y confío en alcanzar Compostela.

-¡Acabáramos! Sí es peregrino -Dudó un instante-. ¿Y usted quiere realizar el recorrido clásico?

-Efectivamente.

-¿Aunque le resulte duro?

-Mientras pueda viajar con el automóvil...

Y saca de debajo del mostrador una fotocopia en blanco y negro que recoge el recorrido del Camino a través de la Maragatería; me hace observaciones, recomendaciones y, tras un agradable cambio de impresiones, me desea buen viaje.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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