Camino de Santiago

Monumental castillo templario de Ponferrada.

Manuel Ríos

Por tierras de León

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Ponferrada / Cacabelos

Manuel Ríos, 21 de junio de 2015 a las 07:09

Ponferrada

Pons Ferrata. Ponferrada. ¡Herrería! ¡Hierro! Y es que los romanos extrajeron ese metal de estas montañas. Hace un milenio, el obispo de Astorga añadió unos arcos de hierro a un viejo puente romano que, desde entonces, pasó a ser conocido de este modo, Pons Ferrata, un puente que servía de acceso a la ciudad sobre el Sil, y ese Pons Ferrata daría nombre a la actual Ponferrada. La villa ha tenido a los caminos como uno de los ejes de su existencia: primero, como lugar de resuello en la calzada romana que desde Braga se dirigía a Astorga; después, como enclave importante del Camino, y más recientemente, como guardiana de la comunicación entre la Meseta y Galicia.

Tiempo ha, el entorno de Ponferrada fue fenicio y romano, codiciado por sus minas de oro, Las Médulas. Pero, Ponferrada es también y especialmente su impresionante castillo, que ocupa más de 10.000 metros cuadrados, de triple muralla, el otro eje motor de la vida, una fortaleza levantada por los templarios sobre un viejo castro, con doce torres distintas, meca de los amantes y de los curiosos de la orden de estos monjes guerreros. Destaco que no falta quien crea que el Arca de la Alianza se encontraría en algún lugar ignoto y tapiado de sus sótanos. A propósito del Camino, la Orden del Temple, integrada por hombres de Dios custodios de los peregrinos, puso en marcha un curioso sistema bancario: un hombre de posibles, noble o burgués, decide peregrinar a Compostela y, al inicio del periplo, deposita en una encomienda templaria una cantidad en efectivo, contra cuyo depósito recibe un resguardo acreditativo; según peregrina por los caminos del Camino, en las sedes de la orden retira efectivo de aquel depósito. De vuelta en el lugar de origen, le liquidarán cargándole una pequeña cantidad por el servicio. Siglos después, el procedimiento se consolida como habitual.

Laffi se detiene a observar un funeral en Ponferrada para conocer la costumbre del lugar al respecto: acabado el oficio, los parientes del finado se sitúan a la puerta de la iglesia y reciben la limosna que le ofrecen los vecinos, que los acompañan a su casa.
Una vez más, el hombre propone y Dios dispone, como recoge el refrán; o lo que es lo mismo, no me es posible cubrir todos los objetivos que me propongo, y en el caso de Ponferrada, no puedo visitar la iglesia de Santo Tomás de Ollas, según mis notas, mozárabe, del siglo X, con la bóveda de la capilla de la cabecera apoyada sobre arcos de herradura. En mi próxima visita, además, espero degustar el pulpo a la berciana.

Cacabelos

Ponferrada está magníficamente señalizada y salgo de ella con la misma facilidad con que entré. Discurro entre maizales, frutales y viñedos y, siguiendo mi costumbre de madrugar, a las ocho ya me encuentro en Cacabelos. ¡Cacabelos! Cacabelos me trae a la memoria mis once años, el primer curso de bachiller en la aldea bajo la batuta del maestro don Ramón, la Geografía de España, el libro de texto de Comas y la relación de partidos judiciales provincia a provincia. Medio siglo después, recito de carrerilla los de la provincia de León por orden alfabético, como los aprendí; a saber: León, Astorga, La Bañeza, Murias de Paredes, Ponferrada, Riaño, Sahagún, Valencia de don Juan, La Vecilla y Villafranca del Bierzo. ¿Se me habrá escapado alguno? ¿Por qué me lo recuerda Cacabelos?

Pateo la villa y, enseguida, alcanzo la plaza, porticada, hermosa y plena de movimiento: un grupo significativo de personas monta puestos ambulantes. ¿Se tratará de otra feria medieval? Pues, pregunta, Manoliño. Es la feria mensual. ¡Qué curioso! Cacabelos, como otras poblaciones, yo diría que ya pocas, conserva la atávica tradición de la feria mensual.
Cacabelos es urbe del Camino:

... [Cacabelos], ciudad pequeña, donde Delorme, uno de los nuestros, dedicándose a acariciar a las españolas, estuvo a punto de ser atravesado por los sables de dos oficiales de Infantería española, de no ser por las excusas que yo les di por él.
(Guillermo Manier, sastre picardo, 1736)

Y es cuna de buenos caldos, pero hoy me importa por su santuario, de la Quinta Angustia. Dicen mis notas que se encuentra al otro lado del puente sobre el río Cúa. Y como no crucé río alguno, parece de lógica que continúe por la carretera en el sentido que traigo. Cacabelos es villa de porte medio y se recorre a pie en unos minutos; de suerte que enseguida me encuentro cruzando el río y admirando un lagar, monumento al mundo de la vid, que imagino motor y fuente de vida en la comarca. Y, al fondo, a la derecha, el santuario.


Histórico lagar en Cacabelos. / Manuel Rios

-¿Es aquel el santuario de la Quinta Angustia?

-Sí que lo es.

-¿Y está abierto?

-Es muy pronto. A las nueve van unas vecinas a limpiarlo.

-¿Y es aquí donde el niño Dios juega a las cartas con san Antonio?

-¡Ay! Yo, de eso, no sé nada -me responde escandalizada la abuelita a quien pregunto.

Cruzo a la otra acera para inquirir a un varón cuarentón.

-¿Jugando a las cartas? Es la primera vez que escucho semejante.

Por un camino que discurre parejo al lagar y situado en un plano inferior al de la carretera se acerca una muchacha que frisará en los veinte. Le pregunto también y, para mi sorpresa, me responde con regocijo:

-Sí, aquí es.


Imagen en la portada del santuario de la Quinta Angustia. / Manuel Rios

Según dicen mis notas, sobre la puerta de la sacristía, un relieve policromado representaría a Jesús niño jugando a las cartas con san Antonio; algún autor de los que manejé llega a precisar que Jesús recibiría del fraile el cuatro de copas y le entregaría el cinco de oros, intercambio al que sacan punta los estudiosos del mundo esotérico, iniciático. De nuevo, la curiosidad, la contradicción: la Iglesia proscribe el juego y, sin embargo, exhibe al Señor echando una partidita. Es seguramente desde esta perspectiva que el sacerdote responsable del santuario aborrece a los curiosos que se acercan a su templo a admirar lo nunca visto, lo prohibido. Tomo unas fotografías del exterior y disfruto del reloj de sol de la fachada, de 1868.


Reloj de sol en el santuario de la Quinta Angustia. / Manuel Rios

Desando lo caminado, accedo al automóvil y efectúo el mismo recorrido que acabo de realizar a pie. Poco antes del santuario, observo que se acerca al templo un varón de mediana edad, calvo y de aspecto cuidado que, a la fuerza, ha de ser el clérigo responsable. Efectivamente, abre la puerta. ¡Estoy en racha! Sin embargo, nos miramos y no me gusta, no transmite buenas vibraciones. Estaciono enfrente, en la acera de la izquierda, cargo la mochila, cierro, cruzo la carretera y me encuentro con la puerta cerrada. ¡Será...! ¡Pobre hombre! Imagino a los convecinos sufriendo lo indecible con semejante pastor. ¡Que el niño Dios y san Antonio le disculpen!

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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