Camino de Santiago

Castillo de la familia Halfter.

Manuel Ríos

Por tierras de León

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Villafranca del Bierzo / Subiendo Pedrafita

Manuel Rïos, 22 de junio de 2015 a las 08:30

Villafranca del Bierzo

Dejo Cacabelos y reemprendo la marcha por caminos enmarcados por cepas perfectamente alineadas, muy próximas entre sí en alguna parcela, y unos minutos después, Villafranca del Bierzo. Escribe Hermann Künig, monje peregrino, en 1495:

... luego tienes cinco millas hasta Willefrancken [Villafranca del Bierzo]; allí ten sentido al beber el vino, porque a algunos les abrasa el corazón, de modo que [el sentido] se les apaga como una vela.

Sin proponérmelo, bordeo la villa y aparezco frente al castillo. Estaciono como puedo, enfrente, y me deleito con su contemplación.

-Es de Cristóbal Halfter y de su mujer, ¿sabe?

-¿El músico?

-Sí, ella es de aquí y él es hijo adoptivo; en el monumento, allí -y me lo señala-, lo puede leer.

Quien me informa es Mariángela, desde un pequeño puesto, protegido por una sombrilla, en que vende exclusivamente cerezas con aspecto sobresaliente, apetecibles.

-Tenga, tenga, pruébelas.
-Luego, le compro.

Dos peregrinas reemprenden la marcha tras adquirir unas pocas.

-Pues este es el único castillo de España que está habitado permanentemente -me dice.

-Ahora, mantener esto solo es posible para una economía como la del señor Halfter.

-No le digo que no.

Se aproxima una peregrina, compra un kilo, me mira y me pregunta:

-¿Es peregrino usted? -Y a ella qué le importará, pienso yo.

-A mi manera. Yo peregrino en coche.

-Ya me parecía. Así, cualquiera; eso no es ser peregrino ni nada. Hay que caminar, caminar.

Se despide y reanudo la conversación con Mariángela.

-Esa iglesia de ahí al lado, ¿es la de Santiago?

-La misma, con la puerta del Perdón.

Que en una villa del Camino exista un templo dedicado a Santiago no resulta original ni excepcional. La especificidad de este es que los romeros faltos de fuerzas para continuar la peregrinación lograban aquí la misma gracia que los que alcanzaban Compostela. Por eso, al igual que en la ciudad del Apóstol se abre la puerta Santa cada año jubilar, aquí se abre la puerta del Perdón.


Puerta del Perdón en la iglesia de Santiago. / Manuel Rios

-A usted, Mariángela, el Ayuntamiento debe tenerla en nómina, como guía.

-¿En nómina? A mí, con que no me exprimieran, ya me daba por satisfecha, que no imagina usted lo que me cuesta poder vender. Llevo aquí veintisiete años y yo, créame, hago amigos, personas que han hecho el Camino y que se pasan a saludarme y a comprar. Yo tengo trescientos frutales, pero, los hijos están fuera, trabajando, y para mi marido y para mí, con vender un poco cada día..., no necesito más.

Parece que Villafranca aludiese a villa de los francos, y es que tras su nacimiento se hallan el Camino, Cluny y los peregrinos francos, tan numerosos en un tiempo en que dispusieron de su propia jurisdicción. En las ciudades reconquistadas o nacidas al rebufo de la peregrinación convivían hispanos, francos, judíos, mozárabes y mudéjares, una extraña amalgama de seres humanos agrupados en barrios, a veces separados por una simple tapia, que daban lugar a una convivencia compleja, trufada de rivalidades, pero, para resultar positivos, plural desde el punto de vista cultural, y esta villa no debió de ser excepción. Villafranca es conocida como «la pequeña Compostela», ciudad noble, como atestiguan sus blasones, sus soportales, sus balcones de hierro forjado... y sus iglesias. Aquí nació el padre Sarmiento, benedictino erudito, de mente preclara y de profunda influencia en el padre Feijóo, su compañero de orden.

Es tradición que los vecinos de Villafranca atiendan y socorran espléndidamente al peregrino. ¿La razón? Cuenta la leyenda que un peregrino carente de medios no recibió caridad en toda la villa; un posadero, observando la calidad de su capa, le ofrecería comida y bebida, para luego pasarle la cuenta, y como el joven no pudiese pagarla, le requisó la capa. En Compostela se produjo el milagro: cuando abrazó al Apóstol, encontró que Santiago se cubría con su prenda. Ni que decir tiene que el posadero sufrió el castigo que le impuso la justicia terrena.

-Póngame dos kilos, Mariángela.

-Usted las habrá visto en el pueblo un euro más baratas, que tengo aquí unos extranjeros que las van a robar por la noche o se las compran a uno, que nada tienen que ver con las mías, pero, claro, las dan a un euro menos y la gente, ya sabe usted cómo está la cosa; vamos, que una competencia insoportable. Mire lo que le digo. Yo le pongo dos kilos o lo que usted me diga, pero debería llevarse la caja, que es de tres kilos y las lleva protegidas, que en una bolsa de plástico se le van a aplastar en el coche.

Una joven peregrina avanza cojeando. ¡Dios mío, con la subida que le aguarda!

Subiendo Pedrafita

Desde Villafranca del Bierzo, mi siguiente hito es el puerto de Pedrafita. Subí a Pedrafita en invierno hace tres decenios y medio en un Dos Caballos y recuerdo el viaje como una experiencia dura. Hoy se me ofrece la posibilidad de utilizar la autovía, pero la desecho. Igual que en el caso del monte Irago, quiero recorrer la senda que emplea el peregrino..., aunque sea en automóvil, pero recorrerla. Así que, manos a la obra.

Mengua el valle ceñido por las montañas y me dirijo a su rei­no. Me hallo en la comarca de Os Ancares, a caballo entre León y Galicia. Alcanzo Trabadelo, con varios puestos de venta de cerezas en la carretera, a la entrada, y casas con tejados de pizarra. Los peregrinos, disciplinados, caminan por su senda, a la izquierda de la N-VI. En La Portela -La Portela de Valcarce, en mis notas-, los viajeros debían satisfacer portazgo al señor del lugar. Continúo por el desfiladero. Un poco más adelante, un área de descanso, un discreto huerto solar y carteles anunciando la venta de cerezas. Si mi documentación se ajusta a la realidad, La Portela conservaría una herrería del siglo XIX.

Ya es verde todo lo que me rodea; levantando la vista a lo alto, ya veo la niebla. En Ruitelán, un cartel anuncia la venta de miel. La N-VI se hace menos nacional, menos oficial, más local, y las ramas de los árboles cruzan la carretera de un lado al otro formando un puente vegetal. Los peregrinos utilizan los dos bastones. Dos chicos descansan sentados en el pretil. Ruitelán debe de contar con una ermita dedicada a san Froilán; en ella viviría retirado este eremita capaz de domesticar al lobo que lo atacó; después, alcanzaría la gracia de servir a León como su obispo, y hoy, patrón de Lugo.


Por el desfiladero, camino de Pedrafita. / Manuel Rios

Desde hace un trecho ya no existe la senda peregrina; los romeros suben disciplinados por la carretera, por su izquierda, en fila de a uno. El cartel anunciador de Las Herrerías ha sido transmutado en As Ferrerías. Un establecimiento se anuncia como El paraíso del Bierzo. Un peregrino, así lo identifico, realiza el viaje de vuelta en bici. Este topónimo, Herrerías, aludiría a la presencia en otros tiempos de artesanos del gremio homónimo. Si pudiera detenerme, buscaría A Casa do Ferreiro para disfrutar de una vieja fragua restaurada.

Debo de estar a un paso del puerto; me encuentro, pues, en el último tramo de la subida leonesa. El color verde es el rey y la niebla, cual manto protector, lo cubre todo. Realizar la subida a pie debe de resultar duro, durísimo; hacerlo en invierno, con mal tiempo o con nieve, un suplicio, lo que agiganta el mérito del peregrino.


Verde y niebla a un paso de Pedrafita. / Manuel Rios

Las Lamas ha sido corregido por As Lamas. A la altura del cartel que anuncia la entrada en tierras de Galicia, la niebla ya es densa, espesa. Un cartel anuncia el desvío a la localidad de Castro, y me pregunto si se tratará del último enclave leonés o del primero lucense. Instantes después, alcanzo Pedrafita do Cebreiro.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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