Camino de Santiago

Palloza.

Manuel Ríos

Por tierras de Lugo

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O Cebreiro

Manuel Ríos, 23 de junio de 2015 a las 08:33

Ya me encuentro en lo alto, en Pedrafita do Cebreiro. Como acabo de escribir, una niebla densa, espesa, lo invade todo. Estaciono el automóvil al lado de otros, tomo la cámara y la mochila y recorro el entorno. Me cruzo con un paisano maduro y vestido de fiesta: ¿irá a misa? Un cartel anuncia 1.300 metros de altitud. El mirador me permitiría escribir que, desde este puerto de montaña, el peregrino encuentra la recompensa a tanto esfuerzo en el deleite del espíritu ante la contemplación de un hermoso paisaje sin par, y solo puedo consignar que aquí manda el silencio y que se respira auténtico aire de montaña.

Acabo de alcanzar Galicia, secularmente aislada, y a la que el flujo de peregrinos llegados del viejo orbe europeo y aun mundial le abrió una ventana a la realidad exterior y a la evolución que experimentaba el mundo en momentos oscuros. Para el Liber peregrinationis, me hallo en

una tierra frondosa, con ríos, prados, de extraordinarios vergeles, buenos frutos y clarísimas fuentes [...], bien abastecida en ganados y caballerías, en leche y miel, y en pescados de mar grandes y pequeños; rica en oro, plata, telas, en pieles salvajes y otras riquezas.

Así se nos veía hace ocho siglos y medio; y nosotros, sin enterarnos.

Sale una joven peregrina por un camino próximo al mirador; me pregunta, y le respondo:

-Hacia abajo, a la vuelta de la curva, está O Cebreiro, la iglesia...

O Cebreiro es villa antigua, viejo asentamiento celta, de cuya memoria se mantienen las pallozas, en las que convivían animales y personas. Por cierto, ¿qué se les perdería aquí, en lugar así de inhóspito? Luego, estuvieron los romanos explotando el subsuelo a través de las minas. Y, algún tiempo después, lugar notable del Camino, sede de benitos, lobos y aves de rapiña, y la nieve sepulta el templo y la comarca en invierno. Su iglesia, de Santa María a Real do Cebreiro, de construcción no posterior al siglo IX, se asienta sobre un viejo templo prerrománico, controló rentas importantes y gozó de protección real. El templo, de tres naves, es pequeño y oscuro, casi una ermita.

Y acabo de escribir que es lugar notable de la vieja ruta porque, hacia el año 1300, por los caminos del Camino corrió de boca en boca el milagro acaecido en O Cebreiro: un «clérigo de los capellanes» aquejado de fe vacilante celebra misa de madrugada para un solo vecino, Juan Santín, un día de riguroso invierno en que azotaba la tempestad y la nieve cubría los caminos, un día en que el religioso hubiera preferido dejarse llevar por la pereza y quedarse en cama, al contrario del paisano, a quien nada le impedía oír misa a diario. Y, en el momento de la consagración, se produce el milagro: el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. El oficiante se desploma muerto, las campanas comienzan a tañer sin que mano humana las accione, se abre el cielo y la imagen de la Virgen con el Niño gira la cabeza para no perder el prodigio. Casi dos siglos después, los Reyes Católicos quieren ver por sí mismos el resultado del portento, y cuentan las crónicas que intentaron llevarse las reliquias, pero los caballos que debían trasladarlas, también misteriosamente, quedaron anclados al suelo, incapaces de dar un paso. Los monarcas donaron un relicario que mantiene la memoria del suceso. Asimismo, se conservan el cáliz y la patena de la celebración, apreciados como joya orfebre y asociados a la tradición del Santo Grial. Se dice que este milagro pudiera haber inspirado a Wagner para crear su Parsifal. Y llegados aquí, resulta obligado recordar que la bandera gallega exhibe en su área central una copa y un sol, tal vez un cáliz y una patena, tal vez el Santo Grial, tal vez el recuerdo del prodigio de O Cebreiro. Leo que el peregrino debe buscar aquí una claridad especial, la luz indescriptible propia de los lugares que son testigo de un hecho milagroso. En la iglesia de la abadía de Cañas creo haber percibido una calidad especial de luz, pero, en O Cebreiro... Ya lo escribí en la introducción: me faltan las tres lámparas maravillosas que descubrió Valle-Inclán.


Iglesia de Santa María a Real do Cebreiro. / Manuel Rios

A los pies del pequeño templo, en el lado de la epístola, un rincón habilitado como pequeña tienda. Me llama la atención un librito que, en función del título, debe de glosar el sentido del Camino en el siglo XXI; lo que me atrae de él es una cruz en forma de tau en la portada, como la que fotografié en Castrojeriz, y pregunto al religioso:

-¿Está en O Cebreiro esta cruz?

-No, creo que es de la catedral de Lugo.

-Escrito por el obispo de Lugo...

Avanzo por la nave lateral derecha. En el ábside, en lugar preferente y distinguido, el cáliz y la patena del prodigio y una arqueta que debe de contener el relicario. Me muevo ahora por la nave lateral izquierda. A los pies, una inmensa pila en que se realizaba el bautismo por inmersión siglos ha. Y al fondo, la lápida del sacerdote don Elías Valiño, impulsor infatigable de O Cebreiro y el Camino en los decenios últimos, con flores y una vela encendida. Va a comenzar la misa, que hoy se verá completada con un bautizo, y el oficiante se desplaza a la puerta a recibir al neófito y a la familia. Ya en el altar, iniciando la liturgia, da la bienvenida «a todos y a todas». Por mi parte, hilo la hebra en voz baja con el fraile de la tiendita:

-Son ustedes franciscanos.

-No, somos...

-Disculpe mi torpeza, pero yo diría que su hábito es franciscano; no le veo el cordón, pero... -y desde la posición de sentado, me lo muestra con gesto de estar quedándose conmigo, pero con humor, sin ánimo de ofender.

-Disculpe, le estaba tomando el pelo -me dice risueño.

-¡Larga vida!

A mi salida, entra una persona mayor ayudada de un andador. Doy una vuelta por el entorno, entre las pallozas y las casas, por calles estrechas, soplando la niebla. Un tándem apoyado en una pared, y un joven duerme o dormita sentado a su lado. ¡Qué incomodidad! A pocos metros, un perro lo imita. Por lo demás, en medio de esta tupida bruma, tengo la impresión de que las construcciones están todas o casi todas adaptadas al negocio hostelero, al turista. Entro a un establecimiento con la sana intención de probar el queso fresco de O Cebreiro, un queso de paladar sublime elaborado en dos días con leche de vaca y cuajo de origen animal; lo cataría solo y, luego, lo tomaría con membrillo o con miel, y estoy seguro de que me sentiría auténtico peregrino, un convidado a la mesa de los Reyes Católicos o de Carlos III, admiradores y consumidores de este manjar, un manjar que en el siglo XVIII pasaba por ser el más caro de Europa en su clase. Pero, sin saber el porqué, o sabiéndolo, en el último instante lo sustituyo por un café. Me cruzo con un taxi conducido por una mujer y con un abuelo conductor que jura en arameo frente a la iglesia porque los vehículos aparcados le han dejado poco espacio para avanzar.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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