Camino de Santiago

Portada de Samos.

Manuel Ríos

Por tierras de Lugo

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Samos

Manuel Ríos, 24 de junio de 2015 a las 08:38

Toca ahora desandar la subida a Pedrafita. Si la niebla me lo permitiera describiría la existencia de pastizales y de helechos, de castaños y de robles, pero...

A la salida de Liñares, postes metálicos, balizas inestimables que señalan el camino cuando reina la niebla o la tierra se alfombra de blanco.

En Hospital de la Condesa se disipa la bruma. Esta villa poseía una fuente importante, y, aquí, pernoctaban los peregrinos en el viejo hospital, hoy inexistente. Se cuenta que un francés viajaba a Compostela a casar a su hija, que enfermó y falleció en este lugar. Tanto se apenó el viajero que, con la hija, enterró su riqueza, una fanega de oro, hoy en paradero desconocido a pesar de los intentos por encontrarla.

Pero, vuelve la niebla con fuerza e intensidad en el Alto do Poio y ya no me abandonará hasta Triacastela.

De Triacastela, además de reseñar que poseía varios hospitales, recojo dos curiosidades. A la vista de los grandes y pequeños monumentos del Camino, antes o después, el viajero se pregunta por cómo sujetaban unas piedras con otras hace tantos siglos. La solución la proporcionaba la cal, ingrediente principal de la argamasa. Levantar la basílica compostelana requería de ingentes cantidades de dinero, proveniente en buena medida de las limosnas de los peregrinos, y, asimismo, de ingentes cantidades de cal, escasa en el entorno de Santiago y, sin embargo, abundante en esta comarca. De suerte que los peregrinos trasladaban cada uno una piedra de cal hasta Castañeda, donde era fundida, y prestaban así un servicio inapreciable a la construcción de la catedral compostelana. La otra curiosidad... Aparco hacia el centro de la villa y abordo a un caballero que parece pasear sin prisa:

-Usted perdone. ¿Por dónde cae la cárcel para peregrinos? -que de esto va la segunda curiosidad.

Se producen unos instantes eternos de silencio en los que mi preguntado, que todavía no interlocutor, me mira con gesto socarrón, de perdonavidas, para, por fin, contestarme:

-¡La cárcel para peregrinos!

El Libro de los Fueros de Castilla, del siglo XIII, ya regulaba las denuncias suscitadas por los romeros, pero, ¡una cárcel para peregrinos...! Y, tras otro silencio, continúa:

-La cárcel para peregrinos..., ¿cómo se lo explicaría yo? Como dicen ustedes, es una leyenda urbana.

-¿Una leyenda urbana? ¡Me desilusiona!

-Como se lo digo. Una familia de... decidió montar un albergue en la casa en cuestión, y aquí ya hay competencia de albergues, y, para destacarse de los demás, ¡cárcel para peregrinos! ¡Toma ya! Y la prueba de que el invento les funciona es que usted viene preguntando por ella, y, como usted, tantos. ¡No crea nada!

Desde Triacastela, doy un salto al monasterio de San Xulián de Samos. Resulta curiosa la ubicación de Samos, encorsetado por las montañas en un estrecho valle y lamido por el río Sarria. Nace en el siglo VI, dúplice al principio, como tantos otros de aquellas centurias, y desde el IX es benedictino ininterrumpidamente. El lema benito resulta popular: ora et labora, y, probablemente, ese labora lo llevó a conocer la gloria y también el infierno porque, hasta el siglo XX, se renovó en varios momentos tras sus respectivos incendios, provocados según parece por la vocación destilera de los benitos, tal vez divino castigo a los monjes dedicados a tarea así de excelsa pero mundana, acaso penitencia por la rebeldía que mostraron a la autoridad de Gelmírez. Hasta no hace mucho, se discutía acerca de si el Camino pasaba o no por el monasterio; hoy, zanjada la polémica, se acepta que sí. Tras las vicisitudes aludidas, muestra una formidable fachada barroca, y dejo constancia del tradicional saber hacer benedictino al tener abierto el conjunto de nueve a veinte horas.

Me acerco a la portería, atendida por un fraile y una señorita, y pido visitar los claustros. El religioso me mira y me dice:

-Vamos a esperar a las en punto, a ver si viene alguien más, y, si no, le teledirijo.

-Pues, ¿a qué esperar? Telediríjame ya -le arguyo, y tercia la señorita:

-Pues, tiene razón.

-Bueno -sentencia el benito.

Intento abonar el importe de la visita y la joven me dice que lo haga a la salida. Inicio el periplo en el claustro mayor, el mayor de España, dedicado al padre Feijóo, presidido en el centro del jardín por un monumento que incluye una estatua suya; y es que, este sabio benedictino renacentista moró aquí varios años. Su pensamiento y su obra abarcan el universo de aquellos tiempos, pero, si tuviese que destacar un par de aspectos, resaltaría su defensa de la necesidad de que la lengua española se abra a las voces nuevas, neologismos y vulgarismos, en detrimento de la pureza, que él asocia con pobreza; y su concepción de la ciencia, que ha de basarse en la observación y en la experimentación y no en la erudición ni en la especulación. A los pies de su estatua, levanto los ojos y escribo con el humanista que el horizonte de Samos es el cielo.


Claustro del padre Feijóo, el mayor de España. / Manuel Rios

Paso luego al claustro viejo, el pequeño, adornado por la fuente de las Nereidas (1), hermosa. ¿De qué mar se habrán exiliado estas ninfas?, ¿por qué caminos fluviales habrán alcanzado Samos?, ¿qué buscarían aquí, tal vez meditar, acaso hacer penitencia? Me resulta curioso escribir que Feijóo creía en la existencia de las nereidas y de otros seres fantásticos. ¿Y si estuviera en lo cierto? Porque las nereidas de Samos dan para más. Se dice que un padre general en visita descubrió escandalizado la fuente de los pechos voluptuosos y ordenó su traslado, pero resultó imposible mover las piedras que la integran y se decidió mantenerla en su ubicación.


Fuente de las Nereidas. / Manuel Rios


Fuente de las Nereidas. / Manuel Rios

Los milagros del monasterio, no obstante, no terminan en la curiosa fuente. Se cuenta que Anselmo, un monje anciano, vio en sueños a un extraño pájaro dotado de alas de oro que se aproximaba a unas rocas familiares que misteriosamente se abrían para facilitarle el acceso; los monjes hurgaron en las piedras hasta acceder a una galería en la que reposaba el cuerpo incorrupto de un ermitaño y un formidable tesoro del que nunca más se supo.

¡Ay, los benitos de Samos! En algún momento fueron llamados ferreiros porque encontrarían el modo de extraer y aprovechar el mineral de hierro del entorno. Del auténtico poder de Samos, sin embargo, da idea el hecho de que del monasterio llegaron a depender más de doscientas villas y conventos, con todo lo que esto significa en riqueza y poder. Y la nota triste: tras la desamortización de Mendizábal, su biblioteca, vendida al peso, alimentó el fuego de las lareiras (2) del entorno.

Dejo los claustros y paso a la tienda, amplia, surtida de todo tipo de recuerdos, curiosidades y caprichos. Tomo un pisapapeles con imán que reproduce la fachada del monasterio y realizo los pagos consiguientes. Ya no veo al benedictino portero o de guardia, salgo y me dispongo a pasar a la iglesia y a la sacristía, pero, azar de los azares, la puerta se encuentra cerrada. Pregunto y se me responde que se celebra un bautizo.

Notas
(1) Cualquiera de las diosas de las aguas que, según la mitología clásica, residían en el mar, y eran jóvenes hermosas de medio cuerpo arriba, y peces en lo restante.
(2) Piedra o piedras de la cocina sobre las que se enciende la lumbre.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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