Camino de Santiago

Crucero de Melide, probablemente el más antiguo de Galicia.

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Melide

Manuel Ríos, 27 de junio de 2015 a las 09:18

En el entorno de Vilar de Donas debe de hallarse Fontecuberta, donde debió de existir un castillo rodeado de una curiosa leyenda. Un caballero francés que peregrinaba a Compostela se enamoró de la más joven de las hijas del dueño del castillo y, a su vuelta, se casaron; la mayor, secretamente enamorada del franco, se pasó la vida en la torre esperando la vuelta del anhelado peregrino, y murió de amor. ¿Tendrá moraleja?

Me hago al Camino con la vista puesta en Melide. Sé que tengo Compostela a tiro de honda, y si mi preocupación por ver y escribir con la mayor imparcialidad posible ha sido una constante a lo largo de estos cientos de kilómetros, el esfuerzo debe ser todavía mayor si cabe en la recta final, deseoso como estoy por llegar a la meta.

Alcanzo Melide. Aquí se unían al Camino los peregrinos que venían de la costa pasando por Ribadeo y Mondoñedo, y la villa contó con dos hospitales. Pregunto a una paisana:

-Perdone, busco la capilla de San Roque.

-¡Ah! A igrexa do cruceiro.

Y me indica. La llamada capilla de San Roque conserva la portada de la otrora ermita homónima, y es que en Galicia, en el rural especialmente, a menudo se utiliza el término capilla como sinónimo de ermita. Pero, esta vez, mis ojos no se dirigen a ermita ni a capilla, sino al crucero situado enfrente, datado en el siglo XIV, tal vez el más vetusto conservado en Galicia.

Sueño con Compostela, como acabo de escribir. Veo y miro a Compostela con los ojos del alma, a falta de poder hacerlo con los del cuerpo: tal es mi deseo de finalizar el proyecto. Así que, ¡a circular! Recorro villas de nombre sonoro y familiar, de las que destaco Castañeda, el fin de trayecto para la piedra de cal que los peregrinos trasladaban desde Triacastela; aquí era cocida en hornos y después utilizada en las obras de la catedral.

Y mientras circulo, rememoro. Cuenta el Calixtino que cuando los peregrinos alcanzaban Labacolla, por amor al Apóstol, se aseaban debidamente y, además de enjuagarse la cara, se lavaban todo el cuerpo, desnudos... en un regato. Se me eriza el vello solo de pensar en los romeros que aquí llegasen en invierno (Algunos peregrinos echan en falta a lo largo del Camino letrinas y hasta orinales, que no se usaban por estos pagos nuestros). En las inmediaciones de este riachuelo, un crucero señala el camino hacia el monte do Gozo, el viejo Mons Gaudii, llamado así tal vez a semejanza del romano, desde el que se divisaba aquella otra ciudad santa. Hasta aquí, los peregrinos se comportaban de modo semejante a cómo lo hacen las piedras que integran la bóveda románica, apretadas unas contra otras, empujando. Narran las crónicas, sin embargo, que, desde el crucero, los grupos de peregrinos se estiraban y sus miembros, corriendo a galope tendido, se disputaban ser el primero en alcanzar la cima del monte do Gozo, no solo por divisar Compostela, las torres de la basílica, la meta, sino también porque el ganador se hacía acreedor del título de rey de la peregrinación, lo que le proporcionaba disfrutar de privilegios en la ciudad, y otros, como el cambiar su nombre por Roy o por Leroy y transmitirlo a sus descendientes:

Habiéndola descubierto [la catedral], lancé mi sombrero al aire, dando a conocer a mis camaradas, que venían detrás, que veía la torre. Todos, al llegar a mí, confesaron que yo era el rey.
(Guillermo Manier, sastre picardo, 1726)

Siguen informando las viejas crónicas de que los romeros que hacían el Camino a caballo -vaya poderío-, proseguían a pie desde aquí; otros, caminaban descalzos, y todos se sentían gozosos de ver cumplido su sueño, lloraban de emoción, cantaban... Atrás quedaban ya vientos y miserias, el sol plomizo y la lluvia, los pies doloridos tras interminables jornadas, meses de penalidades, peligros animales y humanos, enfermedades, cansancio, fatiga, hambre, sed, tal vez dudas en los momentos de bajón, pero el objetivo, por fin, estaba a punto de ser coronado. Los peregrinos realizaban una última parada en la ermita de San Lorenzo; en ella rezaban ante un cuerpo santo, el de un romero que aquí apareció milagrosamente «tras ser abandonado por sus compañeros de viaje». Alcanzaban el barrio de Os Concheiros, así llamado porque sus habitantes fabricaban las conchas que les vendían a la entrada de la catedral, y accedían a la ciudad a través de la puerta del Camino. Henos aquí, ante un ejército de..., ¿de qué? De andrajosos y agotados pero felices supervivientes de la más excelsa aventura, mientras que los comerciales del momento, a sueldo de las posadas, se lanzan a su encuentro, a su captura.

Imagen editada por Asier Ríos.
© de texto e imagen Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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