Camino de Santiago

Cluny traslada el Apocalipsis a la piedra. Puerta sur en la catedral compostelana.

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Santiago de Compostela (parte I)

Manuel Ríos, 29 de junio de 2015 a las 07:56

«... entramos en la sacratísima ciudad de Compostela...», escribe Jerónimo Münzer entre 1494 y 1495. Y la otra cara de la moneda, la percepción de un viajero también extranjero, anónimo por temor a la Inquisición, que en 1765 estima que «La capital [de Galicia] es Santiago de Compostela, ciudad famosa por el sepulcro de ese santo apóstol, que es la fuente de la riqueza de ese país por la enorme superstición no solamente de los españoles, sino de todos los otros católicos de Europa, que van allí desde muy lejos a hacer peregrinaciones de devoción, de escándalo y de holgazanería». En todo caso, el peregrino alcanza Compostela. Se ha cumplido su pequeño o gran sueño. ¡Enhorabuena! Pues, asomémonos a la ciudad, como venimos haciendo villa a villa desde Puente la Reina. Igual que le aconteció al florentino Cosme III de Médicis, Compostela me recibe con lluvia miúda, fina, calabobos. Si dispusiera de varios días para pernoctar aquí, miraría con atención el granito de la ciudad, fijaría su color en la memoria y repetiría en otro instante, en otra hora, otro día y, en función de la luz y del estado de ánimo, percibiría colores diferentes, desde la gama de grises hasta los oros; y es que, como ya advirtió Valle, la ciudad del Apóstol es un reto a la diana del tiempo.

A caballo entre la realidad histórica y la tradición

Santiago, llamado el Mayor, hijo de Salomé y de Zebedeo, también conocido como Hijo del Trueno en razón a su carácter apasionado, pescador, apóstol y discípulo predilecto de Jesús, aparece ligado a España por la tradición, habría predicado en Hispania. Herodes ordenó su decapitación y sus discípulos recuperarían sus despojos del vertedero, lo transportarían a Jope, lo embarcarían en una nave milagrosa que, a lo largo de siete días, trasladaría al decapitado y seguidores hasta la ría de Arosa, subi­ría por el río Ulla y se detendría en Iria Flavia. Tras algunos avatares, protagonizados en parte por la reina Lupa, sería enterrado tierra adentro.


Frente a la puerta sur de la catedral, representación de la reina Lupa cristianizada. / Manuel Rios

Unos ocho siglos después, hacia el 816, una estrella se empeñaría en iluminar un concreto lugar en pleno campo, y el obispo Teodomiro, a instancias del ermitaño Pelagio, por revelación, identificaría inequívocamente un enterramiento allí existente con la tumba de Santiago. Según narra el Liber peregrinationis, el cuerpo encontrado es un cuerpo «inamovible», y lo reitera consignando que a Teodomiro «no le fue posible moverlo», aunque, cuenta la tradición que siglos después fue escondido por temor a Drake, y buscado, reencontrado y vuelto a su tumba. Y aquel campo iluminado pasa a ser Compostela y, con la ayuda del tiempo y de otros elementos, una primitiva ermita de piedra cubierta por techo de madera, allí levantada con el patrocinio del rey, Alfonso II el Casto, crecerá hasta alcanzar la magnificencia de la basílica que hoy conocemos. Cuentan las crónicas que el monarca dio cuenta de la noticia a Carlomagno y se extendió como la pólvora por toda Europa. Yo añadiría que también milagrosamente, porque no olvidemos que nos referimos a la oscura Edad Media, que no existía la imprenta y que las comunicaciones entre pueblos y naciones eran escasas.

Sea como fuere, la Orden de Cluny toma la iniciativa y en siglos en los que las comunicaciones resultan extraordinariamente incómodas, inseguras y peligrosas, contra todo pronóstico, arrastra a millones de ciudadanos de toda Europa deseosos de postrarse a los pies del Apóstol en el viejo Campo de la Estrella. Y, curiosamente, estos peregrinos caminan de este a oeste siguiendo la estela de los viejos celtas. Que, ¿a qué me refiero? Existe constancia de que, desde tiempo inmemorial, corrientes migratorias de individuos se desplazan desde el centro de Europa hacia el oeste siguiendo al Sol en su diario peregrinar camino del ocaso. En torno al año 1000 a. de C. atraviesan los Pirineos y caminan a la altura del paralelo 42, el mismo que siguen los peregrinos del Camino de Santiago, hasta alcanzar el fin de la tierra conocida, el Finis Terrae, la actual Fisterra. En muchas ocasiones me pregunté qué los empujaba a tamaña aventura, a tan desmesurado sacrificio hace tres milenios. ¿Tan solo presenciar el fin del mundo? ¿Pisar, acaso, el embarcadero de los muertos? Porque, entonces como hoy, desde aquel fin del mundo «No se ve más allá, sino cielo y agua», como escribió el viajero bohemio León Rosmithal a mediados del siglo XV. La inmediata reflexión sería caer en la cuenta de que los viejos romeros, o al menos muchísimos de ellos, no finalizaban el Camino en Compostela, sino que lo hacían en Fisterra y Muxía pasando por Iria Flavia y por Noia -¿simple turismo tras tan largo viaje?, ¿y por qué no?, ¿por qué perder la oportunidad de conocer el fin del mundo?-; e, igualmente, podríamos preguntarnos por la posible relación entre ambos multitudinarios movimientos de seres humanos. Este interrogante, a la luz de lo que conoce quien escribe, podría llevarme a la especulación, lo que se aparta sustancialmente del objetivo estrictamente cultural y literario de esta narración viajera.

Santiago, el estímulo, o el triunfo del Camino

¿Qué o quién consigue movilizar tal cantidad de voluntades y recursos para que el Camino triunfe como lo hizo? Me temo que nadie posee una respuesta única y satisfactoria, por lo que se barajan hipótesis que pudieran resultar complementarias. Supuestamente, cuando se descubre la tumba de Santiago, la Hispania de la época vive presa de un sentimiento de inferioridad ante el completo dominio musulmán de la península si exceptuamos la franja astur. La figura del Santiago guerrero que supuestamente gana batallas y aplasta al infiel serviría de estímulo y argamasa a la sociedad de la época, pero, una pregunta inocente: ¿qué fue primero? Mas, también esto deberíamos poner en cuarentena. Nada tienen que ver las nociones de historia que aprendimos los entonces muchachos de mi generación con las revisiones en marcha. De mis lecturas al respecto en los últimos tiempos, destaco unas ideas para la reflexión: en dos años, cuarenta mil guerreros árabes someten a cuatro millones de hispanos. Los musulmanes invasores, tradicionalmente, conquistaban lugares, comarcas e incluso países con una población muy numerosa, sensiblemente más numerosa que ellos mismos. Practicaban la tolerancia con la población conquistada, le permitían seguir haciendo su vida ordinaria mientras pagase impuestos y no pretendiese recuperar el poder. ¿Está suficientemente explicado el fenómeno? Varias fueron las hábiles iniciativas de los invasores que coadyuvaron al éxito de la operación; por un lado, los pactos con la nobleza y el obispado, que supusieron el mantenimiento de sus propiedades a cambio del pago de tributos; por otro, el campesinado, acosado por los impuestos, se dejó llevar, probablemente convencido de que su situación no se modificaría en demasía por el hecho de cambiar de patrones; además, la sustitución de un dios por otro tampoco debió de inquietar al común y hasta es posible que se alegrase de la permisividad del nuevo en algún aspecto; ganaban los siervos convertidos, que alcanzaban el estatus de libertos; y ganaban también los judíos, que pasaban a equipararse a los cristianos; conclusión: todos contentos con el cambio, o casi todos (¿Y la franja cantábrica? He aquí una nueva muestra del sentido práctico del invasor: dominar a los astures le obligaría a efectuar una inversión que no se compensaría con las tierras a ganar, pocas e inhóspitas; algo semejante a la actitud adoptada de mantenerse a este lado de los Pirineos tras el fallido intento de avanzar sobre Europa. Pero, ¿y la batalla de Covadonga? Estiman los historiadores de hoy que se trata de otro mito, una escaramuza interesadamente exaltada y explotada. Por último, ¿cómo explicar el fenómeno de la Reconquista? Sin ser historiador, desde hace tiempo, vengo reflexionando en el sentido de que no existió un plan sistemático de recuperación del solar patrio perdido, sino la humana ambición de algunos reyes por ampliar su poder, sus dominios). Por otro lado, y vuelvo al análisis de comienzo del párrafo, Jerusalén y los santos lugares, destino tradicional de peregrinación se encuentran bajo el yugo infiel. Además, Roma como destino resultaba poco atractiva por vieja y conocida. Todo lo cual hará que los cristianos vuelvan sus ojos a Compostela, víctima del ostracismo desde hacía casi un milenio.


Viajeros en la Compostela histórica. / Manuel Rios

Acabo de preguntarme «Qué o quién...». A lo largo de estos siglos, resultó decisiva la intervención de gran número de personajes e instituciones más o menos conocidos. Quiero señalar en primer lugar a cluniacenses y a agustinos, impulsores del fenómeno; a los reyes de las tierras que atraviesa el Camino, que lo protegen; a las órdenes militares, que completan esa protección; al papa Calixto II, que instituye el Año Santo Jacobeo, que otorga la gracia jubilar, la remisión de los pecados a quien visite la basílica compostelana en los años en que el veinticinco de julio caiga en domingo (evento que sucede en ciclos de 6, 5, 6 y 11 años) y que cumpla un par de prescripciones más; a Alejandro III, que declara perpetuo el privilegio, lo que equipara a la ciudad de Santiago con Roma y Jerusalén; a Diego Gelmírez, al que me referiré en la próxima entrega; a Felipe IV, que instituye la ofrenda al Apóstol, también vigente, y a los millones de seres, mayoritariamente anónimos, que de modo más o menos activo contribuyeron a darle continuidad.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
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