Camino de Santiago

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Santiago de Compostela (parte II)

Manuel Ríos, 30 de junio de 2015 a las 10:11

Compostela histórica, al albur de la meteorología.

Compostela histórica, al albur de la meteorología.

Manuel Ríos

Diego Gelmírez

¿Cuánto debe Compostela y lo que representa a Gelmírez? Este mítico varón, llamado almirante y obispo constructor, se merece unas líneas en particular. Confieso mi curiosidad desde siempre por el hombre entusiasta, inteligente, culto, astuto, audaz, destemido, ambicioso y poco escrupuloso en ocasiones; por el político hábil y sagaz, por el obispo guerrero, por el mecenas, por el ser megalómano..., sin perder de vista sus sombras, vencido, burlado, escarnecido, unas veces de un lado y otras del contrario..., a pesar de que sus biógrafos, siempre oficiales o próximos a la oficialidad, se desgañitan cantándole loas sin cuenta. Intento ceñirme a los hechos. Tan oscuros algunos aspectos de su vida, especialmente su final, recuerda al maestro Mateo, al que me referiré poco más adelante. En los aproximadamente ochenta años que vivió (que ya es vivir hace casi un milenio), Hispania, Cluny, Roma...., el orbe de aquel tiempo, conocieron la confusión, las alianzas, las luchas, los desacuerdos, las venganzas... Y Gelmírez sorteó con habilidad esos hitos, jugándosela, jugándose hasta la propia vida en varios momentos.

Tras la deposición del obispo de Compostela Diego Peláez, precursor de Gelmírez, este es nombrado administrador de la diócesis. Entra en escena como nuevo obispo el cluniacense Dalmacio, que fallece en pocos años, en los que, sin embargo, realiza una importantísima labor: que se reconociese a Compostela como continuadora de Iria y que dependiese directamente de Roma y no de Braga. A la muerte de Dalmacio, Gelmírez vuelve a ser administrador, y cuando el papa debe nombrar obispo, viaja a Roma hace casi mil años a fin de conseguir su apoyo; a la vuelta, tras hacerse de rogar, es elegido obispo por aclamación en 1100. A partir de ese momento, la historia de Gelmírez se convierte en una permanente y seductora vida aventurera donde confluyen y a menudo se confunden responsabilidades religiosas con responsabilidades políticas y guerreras, muy a menudo al borde del abismo.

Con habilidad, supo aproximarse a Cluny y a sus abades y a Roma, y lo hizo tan bien que el papa le recompensó generosamente. Y así, le confirmó la continuidad de Compostela respecto de Iria; su dependencia directa de Roma; el derecho a exigir el voto de Santiago, un tributo, desde el Pisuerga hasta el mar; plena jurisdicción sobre sus iglesias de fuera de la diócesis...


Bajo esta catedral barroca, la románica de Gelmírez. / Manuel Rios

Parece que el objetivo de su vida fuese lanzar Compostela y su iglesia, y en verdad que lo consiguió. Reanudó con decisión la construcción de la basílica actual, iniciada años atrás por Diego Peláez, y que terminó en su versión románica, aumentó el número de canónigos de 24 a 72, a los que iguala en la remuneración, les exige decencia en el vestir y les facilita formación, hasta en París, así como al clero ordinario; cometió el pío latrocinio de un conjunto de reliquias en Braga; lidió con la reina doña Urraca la difícil sucesión de su difunto marido, lo que contribuyó a que consiguiera para Compostela el rango de sede metropolitana en detrimento precisamente de Braga, lo que conlleva que pasen a depender de Santiago las diócesis de Ciudad Rodrigo, Salamanca, Ávila, Coria, Plasencia, Badajoz, Zamora y siete portuguesas más; y, como consecuencia, fue el primer arzobispo de la sede, con derecho a utilizar palio. Levanta iglesias y monasterios, y, al lado de las mejoras eclesiásticas, logra mercedes de tipo jurisdiccional: regular la vida de la burguesía, recibir lugares y rentas... y la potestad de acuñar moneda.

Se dice de Gelmírez que supo aprovechar cada coyuntura, y así debió de ser. Estamos, tal vez, ante la persona que mejor supo solapar su faceta eclesiástica con las de guerrero, señor y político. Y así, se pretende halagar su persona calificándolo de hijo de su tiempo, y no será este viajero curioso quien lo cuestione; al contrario: estimo que el apelativo empequeñece su figura, porque, ¿cuántos hombres de su tiempo alcanzan su notoriedad, su obra, su trascendencia?


Viejos soportales compostelanos. / Manuel Rios

Compostela, ciudad santa de la mano de Santiago, se convierte en puerta a la que llaman seres presa de remordimiento, lugar de expiación de los pecados más abyectos y escondidos, puerto de esperanza ante el temor al fuego eterno de hordas de sufridos pecadores en busca de consuelo y de perdón cuando reflexionan en torno a la certeza de la muerte y al misterio de la otra vida.

Y en paralelo, ¡Toledo! A la sazón, la dirigía el arzobispo Bernardo, francés, cluniacense y despabilado, tanto como para prever la deriva que tomaba Compostela. Bernardo se empeñó en recuperar para Toledo privilegios y prerrogativas ya olvidados de siglos. Toledo, como primada, pretendió imponer el rito mozárabe, desconocido históricamente en Galicia, y consagrar a todos los obispos patrios. Con el apoyo tácito de Roma, Gelmírez hizo valer el derecho compostelano a depender directamente de la santa sede y, con un coraje envidiable, escribió a Bernardo en estos términos: «Estad seguro que de ningún modo os obedeceré, ni como primado, ni como legado, ni como arzobispo». Y aquí, paz, y después, gloria.

Y en cuarenta años de príncipe de la Iglesia, Gelmírez terminó la catedral románica, como ya escribí, y la elevó al rango de las primeras de aquel mundo, mejoró notablemente la ciudad dotándola de traída de aguas, instalando fuentes, edificando el claustro catedralicio, el palacio episcopal, el monasterio de Conxo, la colegiata del Sar... La ciudad se hizo adulta con la prosperidad que él le propició con su gobierno, y surgió una clase burguesa integrada por artesanos y mercaderes llegados a la ciudad y poseídos de mentalidad europea; y estos burgueses se sienten descontentos y críticos con la actitud feudalista de don Diego; y Gelmírez, inteligente, los trata con miramiento; pero Compostela es mucha Compostela y pasa a la historia, además, por ser de las primeras ciudades de aquel tiempo en demandar el gobernarse a sí misma, imponer y recaudar tributos y administrarlos, decretar, juzgar..., lo que lleva a Gemírez a hacer frente a dos revueltas populares; en la primera, en 1116-7, doña Urraca -reconciliados en ese momento-, acude en su auxilio y se suma a su causa, refugiados en la catedral, lo que enardece todavía más a los vecinos, que llegan a quemar los yugos de las campanas de la basílica, que se vinieron abajo. Con astucia y habilidad, los sublevados hacen creer a la reina que su lucha es con Gelmírez y, cuando ella se confía, es atada, paseada desnuda y apedreada, mientras el prelado huye por los tejados disfrazado. Y en la segunda, hacia 1136 o 1140, parece que perdió la vida. Ese espíritu luchador de los santiagueses se mantendrá vivo a lo largo de los siglos. Los burgueses se organizan en gremios y cofradías, se hacen fuertes y poderosos y no cejan en sus demandas, hasta el extremo de impedir la entrada en la ciudad en el siglo XIV a un nuevo arzobispo de origen francés que sitiará Compostela durante cinco largos meses; y algo más tarde...

En aquella sazón había allí mucha guerra; un poderoso Señor había acampado delante de la iglesia. Con él estaban todos los de Santiago y tenían la iglesia enteramente cercada, tirando tiros de pólvora y contestando los de dentro. Y el Señor y la gente de la ciudad tenían prisionero en un castillo, fuera de la población, al obispo; y la madre y el hermano del obispo y un cardenal estaban encerrados en la iglesia. La gente de la ciudad y el señor mencionado, enemigo del obispo, habían atacado la iglesia el mismo día de Santiago. El Señor fue el primero que dio el asalto, siendo herido con una flecha que dispararon desde la iglesia, penetrando en su cuello, de suerte que se le hinchó, falleciendo después. Nadie fue herido más que él, aunque dieron el asalto sobre cuatro mil hombres; por cuya razón se creía que lo había castigado Dios y Santiago, siendo herido él solo...
(Leo de Rozmital, noble bohemio, 1465-67)

Luego, vendrá la Revolución Irmandiña, continuadora de esas demandas populares; después, el Batallón de Estudiantes, que hizo frente a la invasión francesa...

Aunque Gelmírez, obispo compostelano y su primer arzobispo, legado pontificio, gobernador de Galicia, actor capital del reino castellano-leonés de su tiempo, es más, mucho más, como iré desgranando

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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