Camino de Santiago

Cimborrio en la catedral compostelana.

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Santiago de Compostela (parte V)

Manuel Ríos, 03 de julio de 2015 a las 08:18

Estimo finalizada la fase de autoteledirección. Doy la espalda al maestro Mateo y admiro este prototipo de templo románico. Presenta planta de cruz latina y tres naves en los dos cuerpos, o lo que es lo mismo, nueve naves organizadas en torno a 63 pilares y columnas. Desde aquí, al lado del Arquitectus, la perspectiva que presenta resulta grandiosa. Me hallo en la nave central, de ocho metros y medio de ancho, bajo una bóveda de cañón situada a veinte metros. Estiman los estudiosos que la catedral está diseñada con audacia para resultar esbelta, proporcionada y sublime, el más extraordinario monumento artístico español de la Edad Media, adelantándose al gótico, modelo de arquitectura cristiana, y yo la veo también así, aunque no puedo evitar quitarme de encima la sensación de que hubiera encogido, lo que no obsta para que la perciba sólida y grandiosa. Los brazos miden cien y setenta metros respectivamente. Avanzo hacia el crucero. Según lo hago, huello un cementerio, pero, no me agobio. Ya en el crucero, me gustaría advertir por mí mismo que los ejes de las dos naves perpendiculares no son exactamente perpendiculares, sino que presentan una pequeña desviación, como sucede en casi todas las iglesias y catedrales. Levanto los ojos y observo y disfruto de la cúpula octogonal, de 32 metros de altura; y, bajo el cimborrio, un artilugio que sostendrá el Botafumeiro, el gigantesco incensario, el mayor del mundo, que a más de ochenta kilómetros por hora vuela, recorre por los aires los brazos del templo para asombro y deleite de peregrinos y curiosos, a caballo desde hace cinco siglos entre la exaltación espiritual y el espectáculo, casi de rosetón a rosetón, casi hasta alcanzar la bóveda, en un arco de medio centenar de metros, propulsado por la acción, la fuerza y la pericia de los ocho tiraboleiros, los varones que accionan el sistema. Parece que su razón de ser proviene de la necesidad de purificar el ambiente de un templo abarrotado de peregrinos presa de una higiene dudosa. Los franceses lo robaron en el transcurso de nuestra Guerra de la Independencia y, tal vez por ello, el actual, de mediados del siglo XIX, dispone de réplicas... ¡en plata!, aunque el que funciona es de latón plateado. Y funciona a diario en los años santos, en ocasiones solemnes o por encargo, previo pago de la ofrenda, y en fases como la actual, al finalizar la misa del peregrino. «Hubo una maravillosa celebración con procesión, se lanzó al aire el botafumeiro en el crucero...», escribe Jerónimo Münzer en 1499. Al decir de quien conoce su alma, el Botafumeiro mejora a los afectados de varias enfermedades y no se le conocen contraindicaciones. ¿Contraindicaciones? Me temo que no serían de igual parecer los deudos de la castañera a la que envió a mejor vida en la rúa del Villar en una de las tres ocasiones en que se escapó volando.

Me detengo un instante, me siento y asimilo esta píldora: en el siglo XVI, el conde de Altamira era recibido a la entrada de la catedral por dos canónigos, recorría la nave central a caballo de su corcel, equipado con herraduras de plata, oía misa y hacía entrega de generosas donaciones. ¡Ay, las donaciones!

Presenciamos dos entierros [en una capilla de la catedral]: delante del féretro llevaban un pellejo de vino, dos sacos llenos de pan, dos cuartos delanteros de buey y dos carneros, que son los derechos del párroco, mediante cuyo pago va, sin duda, mejor despachado el difunto; que es lo cierto que aun cuando los clérigos ponen suma diligencia en el coro, así como en los demás oficios de su ministerio, no dejan, por ello, de poner otra tanta en la ganancia.
(Jerónimo Münzer, 1499)

El caso es que la iglesia de Compostela extendió su señorío por Europa y administraba hospitales, templos y otros derechos desde aquí a Bayona y aun hasta Bolonia y Palermo y, como consecuencia, cobraba foros, primicias, maquilas, diezmos, pontazgos, portazgos...

Vuelvo a la realidad y disfruto de la capilla Mayor, así llamada para diferenciarla de las demás, las menores; en ella, el barroco se sobrepone a la vieja estructura románica. Disfruto del baldaquino, de sus ángeles sostenedores, de las esculturas de las virtudes cardinales y de Santiago Batallador; disfruto del altar mayor y me fíjo en las dos tribunas situadas en lo alto, destinadas a acoger a invitados del deán y del arzobispo. Me fíjo en su altar. Según el Liber peregrinationis, en él «no celebra misa quien no sea obispo o arzobispo, papa o cardenal de la misma iglesia», esta última dignidad, privilegio honorífico entonces de siete canónigos, que se extendió a todos ellos siglos después; esta particularidad es destacada por varios peregrinos de siglos ha que nos dejaron su relato de la peregrinación. Ser canónigo es considerado tradicionalmente un grado; ser canónigo de la iglesia de Compostela exhibiendo la cruz roja de Santiago bordada en el pecho de la sotana es una dignidad. ¡Ay, los canónigos compostelanos! En los tiempos del Códice eran setenta y dos y se repar­tían por semanas las ofrendas del altar de Santiago de modo estrictamente tasado; mas, no siempre nadaron en la abundancia, y es histórico que Felipe II debió acudir en su auxilio.

Me mantengo sentado y reflexiono en torno a historias paralelas. Compostela se convertía en la corte de los milagros. Se cuenta que en tiempos del obispo Teodomiro peregrinó a la ciudad del Apóstol un italiano pleno a rebosar de pecados, y peregrinaba como penitencia de su obispo natural; el caso es que los caminos del Camino lo cambiaron y, al llegar a la basílica, avergonzado de su azarosa vida anterior, deslizó en el altar la carta de su obispo, que contenía la relación de sus iniquidades. Teodomiro la tomó, rompió los sellos y, al abrirla, se encontró con que el documento aparecía en blanco. ¡Milagro! Su alma había vuelto a la gracia y el obispo pronunció el Ego te absolvo... Y a Carlomagno, ¿quién lo absolvió? Según la leyenda, escribió en un pergamino su pecado, lo enrolló y lo llevó personalmente hasta depositarlo sobre el altar del Apóstol; después de llorar arrepentido a los pies de Santiago, tomaría el pergamino y se encontraría con que se hallaba también en blanco: su pecado había sido perdonado.

Continúo el recorrido. Me gustaría dar el abrazo al Apóstol una vez más, pero una disciplinada cola de fieles alcanza a la mitad del deambulatorio (girola). Continúo y observo los estrechos escalones que bajan quienes terminan de abrazar a Santiago: se encuentran extraordinariamente desgastados y no puedo evitar que venga a mi memoria la imagen de una escalera que vi en uno de los pabellones de Auschwitz con un desgaste en esta línea.


Estrechos escalones a bajar tras el abrazo a Santiago. / Manuel Rios

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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