Camino de Santiago

En esta urna, los restos de Santiago

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Santiago de Compostela (parte VI)

Manuel Ríos, 06 de julio de 2015 a las 07:23

Bajo a la cripta para mostrar mis respetos a Santiago y a sus discípulos Atanasio y Teodoro, cuyos restos custodiaría la urna; dos peregrinas de mediana edad se encuentran arrodilladas en un reclinatorio frente a ella. El espacio es reducido y los visitantes debemos circular. Sustituye a las dos romeras una joven que también se arrodilla y aprovecho para realizar un par de instantáneas y una reflexión:

¿Reposa Santiago en Compostela? Estimo que es la pregunta que nos hemos formulado millones de seres humanos a lo largo del tiempo.

Por medio de muchas propinas he intentado conseguir que me enseñasen el santo cuerpo. Me contestaron que aquel que no está completamente convencido de que el santo cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor se encuentra en el altar mayor y que desconfía de ello y después se le enseña el cuerpo, en el instante se vuelve loco como un perro rabioso.
(Arnold von Harff, renano, 1496-98)

Se cree que él está enterrado con dos de sus discípulos bajo el altar mayor, uno a su derecha y otro a su izquierda. Nadie ha visto sus restos, ni siquiera el rey de Castilla cuando en el año del Señor de 1487 estuvo allí de visita. Solamente lo creemos por la fe, que es la que nos salva a los míseros mortales.
(Hyeronimus Münzer, de Nurenberg, 1499)

Yo estuve en Compostela, como estuve en muchos lugares de este mundo, para conocer la verdad de muchas cosas, y te aseguro que en Compostela de España no está ni un cabello ni un hueso de Santiago, solamente, según se dice, su bordón y la cadena con la que estuvo atado en la prisión, y la hoz o el hacha, que está colocada en medio del altar mayor y que, como se dice, segó o cortó la cabeza de Santiago el Mayor, por cuya razón se produjo el traslado al citado lugar.
(Andrew Boorde, excartujo y médico inglés, 1532)

Un hombre de fe como es el padre Mariana no oculta su escepticismo, y Unamuno y Sánchez Albornoz también se lo plantearon. Para don Miguel, en Compostela reposa Prisciliano, el hereje, y no el Apóstol. Sánchez Albornoz, por su parte, echa mano de la fe para explicar el milagro. Con Santiago o sin Santiago en Compostela, la realidad del último milenio es la que es. Si queremos ser realistas, hemos de aceptar que el fenómeno Santiago es un revulsivo que enriquece al país en todos los órdenes, desde el cultural hasta el económico y social, y consigue vencer el aislamiento que siempre supusieron los Pirineos para nosotros. El Camino, especialmente durante los primeros siglos, exigió levantar puentes, construir hospitales y monasterios, atender necesidades de todo tipo, desde las comerciales y asistenciales a las de seguridad y defensa, tanto impuestas por la propia naturaleza como por el egoísmo de los pícaros y la codicia de los bandidos. Luego, ¿resulta relevante la pregunta? En todo caso, como escribe Erasmo, «los bienaventurados no envejecen».

Para enredar un poco más la narración, puede que sea este el momento de referirme a la corriente iniciática del Camino; el alquimista busca obtener la piedra filosofal, y la Gran Obra alquímica es también conocida como Camino de Santiago. Para esta corriente, el Camino equivaldría a un proceso de iniciación que conllevaría la muerte simbólica del individuo y el subsiguiente nacimiento a una nueva vida, y las realizaciones del Camino contendrían alegóricamente las claves de esa iniciación. ¿Realidad o ficción? ¡Cómo me gustaría disponer de la respuesta! Lo lamento profundamente, pero, ¡lo ignoro! Reflexiono, no obstante. Ni siquiera como hipótesis de trabajo quisiera desdeñar la teoría iniciática del Camino, pero... Los ciudadanos de hoy somos domesticados a través de la imprenta, la prensa, la radio, la televisión, el cine y las nuevas tecnologías, pero, hace cientos de años, cuando no existía ninguno de esos canales, en un mundo analfabeto, ¿cómo someter plenamente al ser humano eternamente siervo? Este podría ser el método: trasladando el mensaje del miedo, del conformismo y de la esperanza en el más allá a la tecnología del momento, a la representación didáctica y moralizadora de la Biblia en portadas, capiteles, arquivoltas, canecillos, gárgolas..., como puso en marcha Cluny.


Músicos afinando sus instrumentos en el Pórtico de la Gloria. / Manuel Rios

Continúo el periplo y accedo a la capilla de la Corticela, parroquial exenta en su día y hoy integrada en la basílica, una iglesia dentro de la catedral, seguramente que próxima en el tiempo en su fundación a la aparición de los restos del Apóstol. Me siento en el último banco. El día está cubierto y lluvioso, lo que impide que entre luz de verdad por sus ventanitas en tronera, lo que da lugar a un clima de semipenumbra acentuado por la iluminación artificial, todo lo cual invita al sosiego y a la reflexión. En el rato en que tomo notas, tres personas sin relación entre sí se mantienen sentadas, orando, tal vez descansando.

Observo los confesionarios de hoy: ya no anuncian como antaño las lenguas en que atienden, pero están numerados y presentan una pequeña luz roja en lo alto. Esta santa catedral, ¿cuántas veces habrá escuchado el dolor de los pecados de la ira, de la soberbia, de la lujuria, de...? La confesión de Nicola Albani, practicada en esta santa catedral entre 1743 y 1745, dura cuatro horas y veinte minutos, y escribe el peregrino que, tras ella, «Se me iluminaron el corazón y la mente y me sentí como si hubiese entrado en el cielo, de modo que las piernas y el cuerpo entero me temblaban...». Una capilla situada en la nave lateral del lado del evangelio se encuentra destinada a adoración del Santísimo, con unas cuantas personas participando del acto. Dos mochilas apoyadas en una columna no me reportan nada de tranquilidad. Un guarda jurado presta servicio de seguridad. ¿Y las reliquias?; según el polaco Erich Lassotta de Steblovo, hacia 1580-84, «Las reliquias se guardan en la sacristía, en un hermoso y grande armario, enseñándolas cada día a dos peregrinos». Y tras relacionar unas cuantas, sintetiza: «... y otras muchas reliquias que resulta imposible enumerar.» ¿Y las indulgencias?; las indulgencias estaban tasadas: por alcanzar la basílica, por oír misa celebrada en el altar mayor, por participar en una procesión, en una vigilia... Recorro la basílica, disfruto de la inspiración y de la acción de tantos seres humanos, anónimos casi todos, que a lo largo de siglos eternos dejaron en este templo grandioso lo más granado de su persona. En una esquina de la puerta de acceso a la plaza de las Platerías, un rótulo con la inscripción «La puerta de la fe», y en la columna de al lado, una viejita fervorosa se encuentra arrodillada sobre la dura piedra. Acabo de rodear la catedral. Me siento empapado de la casa de Santiago y salgo de ella a través del brazo correspondiente al sur y accedo a la plaza de las Plate­rías, nombre que evoca al gremio de los plateros, importantísimo en la ciudad.

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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