Camino de Santiago

Hospital Real, hoy Hostal de los Reyes Católicos.

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Santiago de Compostela (parte VII)

Manuel Ríos, 07 de julio de 2015 a las 08:46

Me hallo frente a la fachada sur de la catedral, la correspondiente a la plaza de las Platerías. Para los estudiosos, resulta extrañamente armónica y equilibrada a pesar del particular desorden en que aparecen buena parte de las figuras que la integran. Si observo con atención sus jambas podría descubrir entre otros a una mujer con un pequeño león en brazos y medio descalza...; en uno de los contrafuertes, al rey David templando su viola, que destaca entre las demás figuras, mirando al sol, fotografiado hasta la saciedad; por cierto, ¿qué esperará para arrancarse a tocar?


El rey David. / Manuel Rios

En uno de los tímpanos destaca la representación de una mujer semidesnuda que mantiene una calavera en su regazo. ¿De quién se trata y qué representa? De nuevo, falta la unanimidad: podría tratarse de Eva, de la Magdalena..., pero, en lo que coincide la tradición popular desde el Liber peregrinationis es en que se trata de una dama lujuriosa, adúltera, que, como castigo impuesto por su marido, debe besar dos veces cada día la calavera de su seductor, por él decapitado.


La mujer adúltera. / Manuel Rios

También, los motivos que observé en un capitel en San Pedro de la Rúa, en Estella: el centauro y la sirena.


Centauro / Manuel Rios


Sirena / Manuel Rios

Bajo los escalones (delante de mí, una joven peregrina lo hace de lado) y admiro la fuente barroca de los caballos, sobre los que emerge la figura de la reina Lupa cristianizada.

Y, desde aquí, admiro unos toldos que protegen la torre del Reloj, en restauración, también conocida como la Berenguela, sencilla, elegante, hermosa, la más hermosa de Compostela, de 72 metros, diseñada y ejecutada por el también genial Domingo de Andrade, dotada de una campana de ocho toneladas que ordena desde tiempo ha la vida de la ciudad. Resulta curiosa la experiencia de situar la espalda contra la pared de la torre instantes antes de la medianoche, cerrar los ojos y vivir así las doce campanadas. Y con los ojos cerrados, mientras sueño la experiencia, no puedo evitar acordarme del relato de Lassotta, en el que el viajero polaco narra haber visto en una de las torres de la catedral «... dos campanas grandes [...] partidas, porque, se dice, al tocarlas se asustaban muchas mujeres embarazadas por el sonido inaudito, y hacían mal parto o abortaban». ¡Ay, las campanas de Compostela! Cuando escucho el tañido de una de ellas me acuerdo de Valle-Inclán, que tan bien conoció la ciudad; para el autor, ese sonido condensa mil años de oración.


Torre del Reloj o Torre Berenguela. / Manuel Rios

Vuelvo sobre mis pasos, pero bordeando la torre del Reloj. Me hallo en la plaza de la Quintana; en realidad, en la Quintana de Mortos, una de las plazas más compostelanas, siempre bulliciosa, así llamada porque fue cementerio hasta el siglo XIX. Uno de los seis poemas gallegos de Lorca está dedicado a esta plaza (Danza da lúa en Santiago); en él, tal vez rememorando la Danza macabra, el malogrado poeta reitera que «... a lúa está bailando / na Quintana dos mortos».


Plaza de la Quintana. / Manuel Rios

Vuelvo a la plaza, flanqueada a mano derecha por el monasterio de San Paio de Antealtares, fundado por el rey Casto, de gran influencia histórica, con ventanas que miran a la Berenguela y con unas benedictinas espléndidas reposteras cuyo obrador provee de la más exquisita tarta de Santiago. Y, a mano izquierda de la plaza, la Puerta Santa, llamada también de los Perdones, una verja de hierro que custodian las veintisiete figuras que la rodean, el Apóstol y sus discípulos Atanasio y Teodoro y las veinticuatro figuras procedentes del primitivo coro románico, atribuidas al taller del maestro Mateo. Asciendo la escalinata y me encuentro en la Quintana de Vivos, en contraposición a la de Mortos, con la Casa da Parra enfrente. Bordeo la basílica, y accedo a la fachada y plaza de la Azabachería, la correspondiente al brazo norte de la catedral. Y frente a ella, San Martín Pinario.

San Martín Pinario, calificado como «ciudad conventual», ocupa una superficie de más de veinte mil metros cuadrados, y fue sede de la Orden Benedictina en Galicia. Contemplo su fachada, barroca, y observo la representación del santo en uno de sus gestos más reproducidos, compartiendo su capa. Todo en San Martín ha sido levantado a lo grande. Accedo a su portería y me encuentro con que el monasterio no es visitable. ¡Vaya sorpresa! Conocí San Martín Pinario siendo niño, con motivo de una excursión parroquial, y me impresionó. Después, hace entre tres y cuatro décadas, volví por aquí en unas cuantas ocasiones a consultar los libros de mi parroquia natal en una curiosa y meritoria biblioteca ad hoc, en busca de documentar un ensayo. Lamento no poder contemplar sus claustros, su fuente barroca... y especialmente su fabulosa y original escalera, con peldaños de tres metros de vuelo en el aire que, además, soportan una balaustrada de piedra, y todo el conjunto, insisto, sin apoyo alguno.

Dejo atrás San Martín Pinario, cruzo el arco de Palacio, bajo el palacio de Gelmírez, al lado de la fachada de la Azabachería, y, a través de la plaza del Obradoiro, dirijo mis pasos al Hospital Real, entonces con capacidad para atender a mil peregrinos y hoy Hostal de los Reyes Católicos, espléndido hotel de lujo.

Este viejo hospital de peregrinos debe su existencia a la acción de los Reyes Católicos que, tras la impresión que vivieron al contemplar el estado de los romeros que alcanzaban Compostela, lo fundaron y dotaron. Me detengo frente a él y admiro su portada, plateresca, minuciosa, detallista, casi un retablo en piedra; Me fijo en la cornisa que lo rodea, con su cadena de piedra y las gárgolas. Luego, en su otra cadena, que también lo rodea por partes, la de hierro, asociada con el derecho de asilo y con la jurisdicción especial de que gozó la institución por especial deseo de sus egregios fundadores: un delincuente solo podría ser juzgado por el administrador del centro si conseguía entrar en él o, simplemente, con tocar sus cadenas. Las cadenas que observo son las originarias, de mediados del siglo XVI, y los postes a que están sujetas disponen de un agujero en su parte superior en que se situaban antorchas con que alumbrar la plaza. Cuentan las crónicas el caso de un desgraciado que osó robar al capellán de la institución, con lo que fue llevado a la cárcel. Milagrosamente consiguió escapar; capturado, recibió cien azotes por huir, debió restituir lo robado y, además, en castigo por la sustracción recibió otros cien azotes y perder las orejas, que le fueron sajadas a continuación. En su interior, en el tiempo ido, disponía de una cadena de hierro con la que encadenaban a los malhechores que sucumbían a la tentación de delinquir dentro del establecimiento, y por la noche se le encendía una lámpara para que la luz les sirviera de vergüenza. Además, también de noche, los peregrinos eran observados desnudos y se separaba a los sarnosos, leprosos, tíficos...

Así vieron el viejo Hospital Real mis históricos informadores:

... y di a los pobres del hospital un ducado, y recorrimos todo el hospital: yo nunca vi uno más espléndido.
(Sebald Örtel, Nurenberg, 1521-22)

Cerca de la iglesia hay un magnífico y rico hospital en que los peregrinos, pagando o sin pagar, están cuidados según su clase y calidad.
(Erich Lassota de Steblovo, polaco, 1580-84)

El hospital, una fundación de los reyes castellanos Fernando e Isabel, merece ser admirado. Es una instalación de piedra, grandiosa y magnífica, que fue dotada de grandes medios y bienes patrimoniales, que siempre están a su disposición. El edificio dispone de una propia farmacia muy bien dotada, y también de médicos y cirujanos, y puede rivalizar sin duda alguna con los hospitales de mayor renombre de la cristiandad.
(Jacobo Sobieski, polaco, 1611)

También el Hospital Real es un inmenso e imponente edificio, con muy artísticas fuentes de las que mana de forma natural una buena y abundante agua. Sobre todo lo demás, la hermosa y gran capilla, que está construida de tal forma que todos los encamados, sean los que sean, pueden oír y ver la santa misa a un tiempo desde todas las salas de enfermos y desde todas las camas, tanto del piso superior como del inferior.
(Christoph Gunzinger, prelado, 1654)

El hospital de aquí fue construido con tanta esplendidez que ni emperador ni rey tienen que avergonzarse de vivir dentro. Pero los peregrinos pobres son tratados muy mal en él, pues solo disponen de una cama y esta es todavía bastante primitiva.
(Johann Limberg, prior, predicador y maestro de novicios, 1690)

... es estimado el más grande, el de mejor renta y el mejor construido de toda España.
(A. Jouvin, 1672)

Históricamente, el Hospital Real, grandioso, acapara todas las miradas, pero no es menos cierto que otras instituciones compostelanas atienden igualmente al peregrino:

... comer al convento de San Francisco [...], a las once en punto; dan allí buen pan, sopa y carne. A las doce habíamos comido, en segundo lugar, la sopa del convento de los benedictinos de San Martín, donde dan bacalao, carne y excelente pan, lo que es raro en esta provincia. A la una, en Santa Teresa, convento de religiosas, que dan pan y carne. A las dos, en los jesuitas, dan pan. A las cuatro, en el convento de Santo Domingo, fuera de la ciudad, por donde habíamos entrado, dan sopa, que sirve como cena. Después de eso, nos fuimos a acostar al hospital, en buenas camas...
(Guillermo Manier, sastre picardo, 1726)

Y unas curiosidades más: si accediese al hotel, podría disfrutar de la contemplación de su capilla, el más sobresaliente ejemplo del gótico gallego, y de los cuatro claustros que se abren a su alrededor. Cuando hospital, disponía de un libro-registro de los testamentos de los peregrinos. ¡Ahí es nada hace centurias! Hoy, como reminiscencia del ayer, el viejo hospital facilita cada día desayuno, almuerzo y cena gratuitos a diez peregrinos, los primeros que acuden a la institución de lujo exhibiendo la Compostela. Y para los amantes de la Gnomónica, en la esquina oeste de la fachada, lo que queda de sendos cuadrantes solares contiguos.


Reloj de sol en el Hospital Real. / Manuel Rios

Imágenes editadas por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
Twitter @boiro10
depuentelareinaacompostela [arroba] gmail.com



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