Camino de Santiago

Casticismo en Compostela.

Manuel Ríos

Por tierras de A Coruña

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Santiago de Compostela (parte VIII)

Manuel Ríos, 09 de julio de 2015 a las 09:44

Debe de estar terminando la misa del peregrino. Vuelvo a la catedral y accedo a ella a través de la fachada de la Azabachería. ¡Magnífico momento! El Botafumeiro quiere entrar en acción. El órgano, atronador, suena celestial inundando la basílica con sus notas serenas, penetrantes, acrisoladas, santas. El incienso quemado extiende su aroma por las naves. Me apoyo, cierro los ojos, escucho el silbo del Botafumeiro recorriendo el cielo del templo y dejo que mi alma se empape de estos instantes sublimes, que se eleve el espíritu si fuese posible. Poco después, se reduce la curva que genera el incensario gigante y, con el órgano todavía atronando, una calurosa y cerrada ovación de los presentes. Hace cien, trescientos... años, esta ceremonia debía de marcar y dejar huella indeleble en el corazón del peregrino. ¿Qué contaría a su vuelta? ¿Cómo lo haría?

Por cierto, todavía no aludí al protocolo que seguía el romero en Compostela. Cuentan las crónicas que los peregrinos, tras asearse en Labacolla, se daban un baño caliente en el hospital. Y yo me pregunto: ¿todos?, ¿tenía tal capacidad la institución? Porque también consta que, cuando se agotaban las camas en hospitales y hospederías, por la noche, se guarecían en la basílica. En el hospital recibían vestido nuevo y limpio y sus harapos eran quemados en un área de la cubierta del templo. Limpio el cuerpo, solo faltaba purificar el alma. Y así, la peregrinación entraba en procesión en la catedral. Debía de resultar espectacular observar con los ojos de hoy a una grey de desharrapados, de desheredados de la fortuna, patizambos, cojos, jorobados, desgraciados llenos de fervor y de fe alimentada con el relato de los prodigios que circulan de boca en boca por el Camino, en espera del milagro. Luego, la confesión de las propias maldades, a veces en grupo, la noche en vigilia y en oración (en la Edad Media, debido al número de peregrinos, la catedral permanecía abierta día y noche), la espera, el descanso, la sesión de alimento, el mal olor, cientos de cirios encendidos, la piedad, el éxtasis, el llanto, la contrición, las oraciones, los cánticos por nacionalidades, las luchas a palos también por nacionalidades antagónicas, con algún muerto en ocasiones (la catedral, por especial privilegio, no necesita de nueva consagración tras un derramamiento de sangre), los rezos, el silencio..., los moribundos que se preparan, el recuerdo de don Gaiferos, Guillermo de Aquitania, que entrega su alma al Señor a los pies de Santiago...; en una palabra, la dedicación del peregrino en cuerpo y alma a Dios, la certeza de la vida eterna, la frescura de las losas, la emoción, la convicción de estar en el camino correcto, la lucha contra la injusticia, la desgracia y la pobreza. Y, con el alba, la misa y la comunión, la entrega de ofrendas, unas destinadas al Apóstol y otras al templo, y el abrazo a Santiago, tras todo lo cual el romero recibía la Compostela, el título que acredita su peregrinación, cuya recepción conllevaba el abono de la correspondiente tasa, de la que se eximía a los indigentes, y si el peregrino deseaba acreditar haberse confesado, nueva tasa. En el exterior, se pone en marcha la industria: artesanos que venden su mercancía, posaderos que ofertan su servicio... Más tarde, la misa solemne, celebrada en domingo por el arzobispo revestido de pontifical y que accede a la basílica bajo palio, seguido de arzobispos honorarios, canónigos y clérigos. Y seguro que muchos peregrinos rogaban a Santiago cumpliendo el encargo de «¡Pedid por nosotros en Compostela!» que les formulaban los paisanos a lo largo del Camino, especialmente los que les ofrecían limosna. Finalmente, la culminación de la peregrinación: las bendiciones y la absolución general.

El peregrino salía de la catedral transformado en un ser nuevo, limpio de pecado. Y a partir de aquí, ¿qué?, ¿qué hacía? Visitar la ciudad, la nueva Jerusalén, comprar si podía, cual turista de hoy, pedir una caridad si se había quedado sin posibles y continuar a Fisterra y Muxía, por Iria Flavia y Noia, o desandar lo caminado y volver a casa henchido de orgullo. Pero, para él, mientras tanto, la ciudad del Apóstol publica ordenanzas tendentes a evitar el abuso hacia el peregrino por parte de los hospederos. Y regula los precios de los alimentos, del alquiler de las habitaciones y de los elementos de que debía disponer cada cama, y lo que se me antoja más sorprende a mediados del siglo XVI: la publicidad obligatoria de las tarifas, y particularmente de las relativas al vino.

Más milagros en Compostela

Un romero llegado por mar a A Coruña narró su historia: ha­bía decidido peregrinar a Compostela en demanda de que Santiago le librara de la enfermedad, pero, he aquí que al llegar a Plymouth para embarcar, se sintió incapaz de afrontar tamaña aventura y retornó a casa; mas, cuál no sería su sorpresa cuando se encontró con que había recobrado la salud. Así que, vuelta al puerto a embarcarse para postrarse a los pies del Apóstol en acción de gracias.

O este otro, emotivo, relativo a un prelado compostelano. ¡Ay, la envidia! El príncipe de la Iglesia fue acusado de sodomía, y parece ser que en aquellos lejanos tiempos la carga de la prueba no recaía en el delator sino en el acusado, y se vio en la necesidad de demostrar su inocencia. Cuentan las crónicas que el día en cuestión celebró misa y, vestido de pontifical, salió a la plaza en espera de la acometida de un toro bravo, pero la bestia trocó su bravura por mansedumbre, fueron castigados los acusadores y el obispo se retiró a un cenobio.

Y la concha de vieira, ¡el símbolo!

Tradicionalmente, desde la ya remota antigüedad, la venera, la concha de vieira, se asocia a la buena suerte, a la fecundidad, a Venus naciendo de las aguas ya adulta. Y Dios sabe por qué circunstancias, la venera pasó a simbolizar a Santiago y el Camino. Narra el Calixtino la bella historia de un peregrino al que se le desboca el caballo y penetra en el mar; pero ahí está Santiago, que lo recupera del océano cubierto de conchas. Y en 1496-98, el renano Arnold von Harff escribe que «Delante de la iglesia hay a la venta en número incontable conchas grandes y pequeñas. Puedes comprarlas y fijar una en la capa y contar que has estado allí». Y es que este símbolo era incorporado a la capa y/o al sombrero tras alcanzar Compostela, y muchos peregrinos que finalizaban el periplo en Fisterra y Muxía se abastecían de conchas de vieira naturales en la playa de Langosteira, situada a la entrada/salida de Fisterra. Mas, los proveedores oficiales eran los concheiros compostelanos: solo se vendía en esta ciudad y era natural, de piedra, porcelana, latón, plomo, de plata y aun de oro. Leo que en el siglo XIII había en la ciudad más de mil tiendas que la vendían. Y, visto el negocio, surge la venta ambulante, para utilizar el argot actual; los concheiros legales, o sea censados y al corriente del pago de sus, para ellos, gravosos impuestos, montan en cólera y tres papas, uno tras otro, atribuyen al arzobispo compostelano la prerrogativa de excomulgar a quien la venda fuera de la ciudad. El asunto, no obstante, siguió coleando y fueron excomulgados no solo los artesanos ilegales, sino también los peregrinos que comprasen sus conchas, que llegaron a ser garantizadas mediante un sello que exhibía la pieza en venta y que la acreditaba como made in Compostela. ¡Ningún cambio después de tantos siglos!

Imagen editada por Asier Ríos.
© de texto e imágenes Manuel Ríos.
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