Los Reyes Magos de Alcoy.
PD
Pero cuando los percibí con más claridad fue aquel año que hice de cuerpo para su espíritu
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Yo he visto a los Reyes Magos. Insisto. Soy uno de los pocos niños que los han pillado. Aquella fría noche de Jaén, con mis cinco años cumplidos, ví una mano con un guante blanco que intentaba abrir la ventana.
Me zambullí en lo más profundo de la cama que compartía con mi hermana y cuando reuní valor para salir de las sabanas, ya se habían marchado. Los regalos fueron maravillosos.
En otra ocasión, cuando había pobreza de verdad, me trajeron mi primera bicicleta. Durante años había observado una derrengada bicicleta, sin sillín ni guardabarros, colgada del techo del almacén de mi abuelo Enrique.
Yo tenía por entonces unos doce años. Aquella bicicleta era de cadete. ¡Demasiado grande para mí! Aquél año los Reyes de Oriente captaron mis deseos y la ¡misma bicicleta!, con un sillín nuevo y dos flamantes cubiertas apareció a los pies de mi cama.
No la olvidaré jamás. Algún primo más pequeño la recibiría años después tuneada por los Reyes Magos.
Pero cuando los percibí con más claridad fue aquel año que hice de cuerpo para su espíritu. Nos presentamos en la prisión provincial de Málaga, en la antigua, para hacer nuestro trabajo ante los internos y sus hijos. Las internas, sobre todo, nos rodearon, quizás demasiado de cerca, a nuestra llegada.
Yo llevaba una vieja Túnica (casi sagrada) que tiene otra historia. La cara y el fervor de esos niños -que ese día podían convivir con sus padres- y los de los presos, a los que habíamos llevado aromas de libertad, no se me olvidarán jamás.
Los Reyes Magos seguirán viniendo mientras queden niños -de la edad que sea- con capacidad de asombro. Mientras siga habiendo amor en la tierra.
Mientras mi amiga Mirta se siga acordando de los pobres hasta el último momento. Mientras se nos sigan saltando las lágrimas ante los sencillos, a los hombres de buena voluntad.
Y ahora, si tienen narices, que se los intenten cargar. Les va a salir el carbón por las orejas.