José Manuel Soria.

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OPINIÓN / ALFONSO DE LA VEGA

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Castor sin Pollux

Alfonso de la Vega, 07 de octubre de 2013 a las 07:43

Castor y Pollux son los llamados dioscuros, hermanos mellizos nacidos de un mismo huevo tras la seducción de Leda por Júpiter metamorfoseado en cisne. Según la mitología griega, Castor era mortal y Pollux, inmortal.

Los seísmos que se están produciendo en puntos de la costa cercana después del inicio de la inyección de gas en el proyecto Castor, antiguo yacimiento de Amposta, además de causar la lógica inquietud entre las poblaciones próximas entre las que existen centrales atómicas, ofrecen muchos motivos para el debate y la reflexión.

En principio, la justificación oficial de la Administración Zapatero que dio los permisos de explotación a una empresa de Florentino Pérez es reforzar el sistema logístico gasista en su capacidad de almacenamiento.

El sistema logístico gasista consta de depósitos de GNL y regasificación suministrados mediante metaneros, la red de gasoductos e instalaciones asociadas, así como el sistema de distribución capilar hasta los consumidores finales. A los que se añadirían ciertos almacenamientos subterráneos o submarinos aprovechando antiguas formaciones geológicas ya explotadas.

Sin embargo, los resultados del proyecto Castor, el ministro de Industria acaba de establecer su relación con los seísmos, pondrían en evidencia una vez más cómo funcionan muchas cosas en España cuando a monopolios e intereses oligárquicos se refiere.

La incapacidad crónica de la administración, seguramente más por falta de independencia que por carencias técnicas, para vigilar las actuaciones privadas cuando existen poderosos intereses en juego, la escasa fiabilidad o solvencia científica de algunos informes técnicos de viabilidad o impacto para el entorno o medio ambiente, y esos cuando tales informes se exigen, lo que no siempre sucede.

No ayuda tampoco la habitual inacción de la depauperada comunidad científica española, ni cierto dejar hacer de los colegios profesionales capaces de visar cualquier cosa. Ambas instituciones necesarias sobre todo para servir de contrapeso a los intereses privados descontrolados, en especial cuando la administración pretende intervenir cada vez menos y dejar al albur de las instituciones privadas contratadas por los propios beneficiarios el control y supervisión de proyectos de gran importancia y consecuencias.

Se argüirá no sin humor negro que en un alarde de oportunidad, ahí ha ido Mariano nada menos que a Japón para contemplar de primera mano el desastre de la central atómica de Fukushima y poder decirnos que en todas partes cuecen habas, incluso al vapor radioactivo, o que aquí no pasa nada. Pero sí que puede pasar, y ya el hecho de la propia incertidumbre es un modo de pasar.

El asunto del Castor pone también en evidencia otros proyectos hermanos como los conocidos como fracking cuando ni la administración, ni la comunidad científica ni los colegios profesionales parecen poder ofrecer suficientes garantías de que las actuaciones públicas no van a resultar mohatreras ni capaces de compensar las audacias monopolísticas más irresponsables.

Con casos como estos no puedo menos de recordar a un pionero de los estudios de las deseconomías externas o costes sociales de la actividad privada que no suelen introducirse en los costes económicos de las actividades empresariales.

Me refiero a William Kapp, autor nada menos que en 1950 de la primera versión de un clásico fundamental para comprender la privatización de beneficios realizada a base de socializar costes y no incluirlos en los resultados reales de la explotación: "The Social cost of business enterprise".

Cuya lectura creo de gran interés para todas las personas e instituciones que tratan de evitar que la codicia e irresponsabilidad de ciertas actividades privadas ligadas a los grandes monopolios y grupos de presión oligárquicos pongan en peligro no ya solo la verdadera economía social sino también, incluso, la propia vida de las personas.



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