Ciencia

Mientras la silueta del frío está bastante más próxima a nosotros que la línea del horizonte, cualquier huracán que se precie, puede acercarse desde el sureste y destrozar todo aquellos que, con tanto ahínco, se ha venido construyendo durante años.

Entre tanto Harvey, Katia, María, José, Irma y compañía, he tenido tiempo de pensar en estos fenómenos meteorológicos tan devastadores que, de manera recurrente y a lo largo de la historia, han venido azotando las costas del Caribe, las del Pacífico, las islas que estos océanos contienen y los bordes de las placas tectónicas continentales que están en medio.

Si para un occidental medio del siglo XXI, estos elementos de la madre Naturaleza pueden suponer la necesidad de ser evacuado, abandonar una casa que se está pagando con esfuerzo y sacrificio, quedarse sin nada, perder seres queridos y cuanta posesión personal se tenga, apenas puedo imaginar el impacto de los mismos hechos en el siglo XV.

Llegar a una tierra desconocida, en sus plantas y animales, con insectos ante los que no se tiene inmunidad alguna; enfrentarse a vientos de 260 kilómetros por hora, soportar las inundaciones tanto del agua que el mar arrastra tierra adentro, como de la lluvia que viene huracanada debió aterrorizar y desquiciar a cuanto ser humano europeo se atrevió a venir.

Sin embargo, aquí estamos. En estos días hemos sabido, por ejemplo, que la pequeña isla de Barbuda, de 1.600 habitantes, ha sido declarada inhabitable. Que la práctica totalidad de las Antillas Menores -Guadalupe, Dominica, San Cristóbal y Nieves, Montserrat y Santa Lucía-  así como las islas de Sotavento, y las islas Vírgenes estadounidenses y británicas, están siendo asoladas de nuevo por María, tras el paso de Irma, como si dos enormes monstruos femeninos engulleran islas a razón de 15 kilómetros por hora, que es el ritmo al que pasan por cualquiera de estos territorios del este del Caribe.

Al parecer, María no tiene previsto adentrarse en la península de la Florida, aunque sí en Puerto Rico, pero ya su compañera anterior hizo su trabajo puesto que, una semana después, aún quedan unas 175.000 personas sin suministro eléctrico ni aire acondicionado, en medio de temperaturas relativamente altas para estas fechas del año -una media de 27 grados centígrados- con una humedad relativa también alta. Solamente en Miami y tras el cierre de los 41 refugios que quedaban aún abiertos, se trasladaron unos 700 evacuados al refugio general de Tamiami Park procedentes, en su mayoría, de los Cayos de la Florida y de la propia ciudad. 700 personas que se han quedado sin techo, sin contar con los 39 muertos que se suman entre los estados de la Florida, Georgia y Carolina del Sur al paso de este fenómeno. Por no hablar de los cuantiosos daños materiales y el balance final de pérdidas que no se conocerá hasta dentro de unos meses.

Pero nunca se sabe. Estamos apenas comenzando la temporada cíclica de huracanes y eso no hay quien se lo quite de encima desde el principio de los tiempos. Con la diferencia añadida de los efectos que el cambio climático puede provocar en ellos, que casi nunca es para bien sino todo lo contrario. Y eso sin contar con los también periódicos efectos “El Niño” o “La Niña” que, como demonios surgidos de las profundidades ciclónicas, vienen, en este caso a sumarse, restando las posibilidades de vivir en paz y tranquilidad por los siglos de los siglos.