Pitada al Himno de España en Mestalla sonido de TVE censurado y sonido de la Cadena COPE.
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El tam tam de los tambores de guerra de las aficiones del Athletic y del Barça, no ha cesado en las redes sociales que se desparraman por la geografía virtual de España. Lo que la historia ha unido, los sentimientos independentistas de vascos y catalanes, no lo va a separar hoy ni esa pequeña bola que rodará sobre una bola muy grande sobre el césped del Manzanares.
El fútbol en estado puro se va a pasar 90 minutos en coma inducido, y el verdadero partido se juega en las gradas, en los salones de estar de millones de hogares del Estado, en los bares, entre un patriotismo centrífugo y un patriotismo centrípeto. En cualquiera de los casos, si aún quedan relativistas históricos en éste país de históricas obsesiones, resonará en sus oídos la frase de Samuel Johnson que reprodujo Stanley Kubrick en Senderos de Gloria: "el patriotismo es el último refugio de los canallas".
El celebrado escritor inglés, no se refería a los soldados que mueren por sus patrias o a los hinchas que la montan por sus causas, sino a quienes les inducen en el nombre de una bandera, cómodamente instalados un sus seguros "estados mayores" en los que siempre existe una salida de emergencia.
Entre los dos patriotismos que hoy pueden herir la sensibilidad de partes distintas y distantes del respetable público, queda un enorme hueco para el escepticismo en una Europa que ha derribado Muros de Berlín, que ha clausurado aduanas, que ha eliminado fronteras, que ha inhabilitado pasaportes, que ha acuñado una moneda común, que ha izado una bandera supranacional y que ha elegido la alegría de Beethoven como himno paneuropeo de paz, en contraste con tantos himnos nacionales de guerra.
Las consignas digitales
Resuena el tam tam de los tambores de guerra en la selva digital, y repiten una y otra vez consignas para una noche de vino y copas. Cuando suene el himno nacional, un "calvo" colectivo a lo "Braveheart". Miles de zonas donde la espalda pierde su noble nombre apuntando a un Príncipe que, paradójicamente, entregará a uno de los dos equipos el trofeo que convertirá al ganador en el Rey de Copas. Durante el encuentro, en un alarde de imaginación, un viejo pareado que han descubierto hurgando en el baúl de los recuerdos: "España mañana será republicana". Y en los graderíos centenares, miles de espectadores con caretas de elefante, aunque muchos de ellos se la podrían ahorrar, francamente, porque todo parece indicar que llevarán la "trompa" puesta.
Seguro que hay más vascos que catalanes, no con trompa propiamente dicha, sino con careta propiamente comprada, a ver si nos entendemos. Por la simple deducción de que la afición de la ciudad Condal te es muy suya, muy tradicional, y debe mantener el axioma de que "la pela es la pela".
Va a ser todo un espectáculo esta final. Va a marcar un hito en la historia del fútbol. Porque, por primera vez en un estadio, en vez de estar decenas de miles de espectadores atentos a lo que hacen 22 jugadores, van a ser 22 jugadores los que permanezcan atentos a lo que hagan decenas de miles seguidores. Reconocerán ustedes que es una novedad que el espectáculo se traslade del terreno de juego a las gradas. Si el mundo no reconoce que esto es puro I+D+i incorporado al deporte, es que nos tienen manía.
La noche de las esperanzas
Por lo visto la Federación pretende que suene la versión breve del himno, para evitar una versión larga de los silbidos y los abucheos. Sería una pena para los antropólogos, que seguramente deben estar interesados en analizar si, la música, que amansa a las fieras, resulta que enfurece a los seres humanos. La versión larga les permitiría más tiempo a los científicos para analizar las características del homo sapiens vasco y el homo sapiens catalán, y lo mismo el Manzanares se convertía en un nuevo yacimiento de Atapuerca.
De todas formas, lo más novedoso de esta peculiar final no es que esté en juego una Copa del Rey, que va a entregar un Príncipe y que va a recoger un ídolo de una afición republicana, asuntos que, convenientemente mezclados, sugieren el guión de una desternillante comedia de enredo. Lo más llamativo es que sendas aficiones, la del Athletic y la del Barça, por un lado acuden al estadio con la esperanza de que gane su equipo, pero, por otro, enardecidas con Esperanza Aguirre.
Está claro que, la esperanza, desde todas las perspectivas, va a ser esta noche, más que nunca, lo último que se pierda en El Manzanares.