Una sabrosa receta ideal para ese finde siberiano
Ese insólito invierno nos brinda por fin una copiosa ración de frío y nieve. Con casi toda la península bajo un manto níveo , apetece confeccionar una merienda combinando una reconfortante alianza, la del café con el chocolate. Para muestra, ese bizcocho, esponjoso, aromático y mullido, mezclando esos maravillosos sabores imprescindibles en nuestras vidas. Está previsto para seis personas, se hace en 15' minutos y se come en mucho menos.
Precalentar su horno a 180º. Untar una tartera de bordes altos con un poco de mantequilla blanda, reservarla. Fundir al baño maría 200 gr. de chocolate negro de cobertura con 50 gr. de mantequilla y un vaso pequeño de café muy concentrado. Añadir 100 gr. de azúcar, una pizca de sal, otra de canela, dos cucharadas de harina blanca y tres yemas de huevo. Mezclar hasta obtención de una textura muy lisa, agregar 80 gr. de nueces machacadas. Retirar y apartar en un punto calentito de su cocina para que el chocolate no solidifique el conjunto.
Montar las tres claras a punto de nieve con una pizca de sal, para que suban perfectamente. Añadirlos paulatinamente a la mezcla anterior reservada, levantando la masa delicadamente con una cuchara de palo y girando siempre en el mismo sentido. Verter en la tartera, hornear a 160º hasta que la superficie se agriete ligeramente. Sacar el molde del horno, dejar entibiar, espolvorear de una generosa capa de azúcar glas. Cortar en lonchas y coronar de Chantilly. Divino, repetirá.
Niza, Francia, 1951, Por tradición familiar y gusto personal orienté muy temprano mis intereses intelectuales hacia la cruel, fabulosa e instructiva historia del hambre y de la alimentación, tan penosa desde el encontronazo de Dios con la rebelde Eva y la consiguiente última maldicción bíblica. Es evidente que bajo cualquier latitud, el fundamental y primoroso papel del alimento es satisfacer una acuciante necesidad fisiológica cotidiana, el hambre. Empero los contrastes climáticos y recursos naturales modelan el patrimonio identitario de cada pueblo, determinan su territorio, progreso, estructura social... Y nunca olvidar lo que George Bernard Shaw dijo: "No hay amor más sincero que el amor a la comida".