La avalancha de muertos por violencia armada convierte a EEUU en una anomalía en el mundo desarrollado. No hay una cifra exacta de cuántas armas de fuego hay en manos de civiles en el país, pero se calcula que son unas nueve por cada diez ciudadanos.

Es la proporción más alta del planeta. El Servicio de Investigación del Congreso calculó, en un estudio de 2012, que tres años antes había unas 310 millones de armas.

La población estadounidense es de 321 millones de habitantes y cada año, por arma de fuego, mueren 33.000 personas.

La Constitución estadounidense ampara el uso de las armas de fuego, que muchos consideran parte del ADN nacional.

Sus defensores recelan de cualquier cambio que dificulte la compraventa por una combinación de temor al intervencionismo del Gobierno y la creencia de que las armas son necesarias para defenderse.

El presidente Donald Trump y los republicanos defienden esa posición. Cada matanza acentúa la brecha con el colectivo que opina lo contrario: que para atajar la epidemia de violencia lo que hay que hacer es limitar el acceso a pistolas y rifles.

El ritual se repite tras cada matanza en los últimos años. Inicialmente, impulsado sobre todo por políticos demócratas y organizaciones sociales, se reabre el debate sobre un mayor control a las armas de fuego.

Pero se tarda poco en que el debate decaiga por la falta de consenso entre los legisladores propiciado por el rechazo de muchos políticos conservadores y la presión del poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA en sus siglas inglesas).

Lo que te mostramos en este vídeo, subtitulado, es un experimento social que estremece.

Abrieron en el corazón de Nueva York una tienda de armas, en la que cada objeto tenía una muerte detrás -un niño, un hermano, un hijo, una madre...- y está fue la reacción de los clientes.