Fuente de Cuatro Caminos. A Coruña.
La comunidad se vistió de amarillo y rojo, cubriendo cada rincón con banderas españolas que ondeaban al ritmo del himno nacional
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Durante la noche de ayer Galicia entera mostró una imagen poco habitual, especialmente en las zonas con más arraigo del nacionalismo, como Santiago de Compostela.
La comunidad se vistió de amarillo y rojo, cubriendo cada rincón con banderas españolas que ondeaban al ritmo del himno nacional.
Cientos de miles de personas conformaron una marea roja, concentrándose en torno a pantallas gigantes en las plazas de las principales ciudades, y sumando sus ansias de victoria en el día más importante de la historia de nuestra selección.
La Plaza Roja de Santiago y la de María Pita en Coruña, así como la de Santa María en Lugo o la de Ferrería en Orense, mostraban una imagen más propia de una manifestación que de un partido de fútbol.
Durante las casi dos horas de duración del partido el tráfico desapareció de manera casi fantasmal y las calles quedaron totalmente desiertas. A las 9 de la noche algunas de las arterias de las principales ciudades parecían caminos de las aldeas más remotas: en Juan Flórez, en pleno centro de Coruña, los peatones se contaban con los dedos de las manos y los coches transitaban a cuentagotas, al igual que, por ejemplo, en la Calle Real de Ferrol.
Pero, contradiciendo al dicho popular, tras la calma vino la tormenta. A las 22.30 el orgullo nacional invadió Galicia, conformando una marea humana tan solo vista en manifestaciones clave de la historia de nuestra comunidad como la celebrada tras el hundimiento del Prestige.
Los pitidos de los coches, los petardos, los gritos, los abrazos… se convirtieron en protagonistas de una noche que, sin duda, ha marcado un antes y un después en la historia de España; pero que, sin duda, levantará ampollas entre algunos sectores gallegos.