Mariano Rajoy y Alberto Núñez Feijóo en el Congreso de Sevilla. Febrero 2012
Web del PP
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Los escribas y los "chamanes" de Alberto Núñez Feijóo se han apresurado a airear a los cuatro vientos el éxito del barón galaico en el cónclave popular de Sevilla. Han colocado a Rajoy y siete gallegos más en la "tabla redonda" de la ejecutiva, y regresan a casa con un mensaje triunfalista para la opinión pública y la opinión publicada genuinamente gallega: ¡estos son nuestros poderes!
Pero en el Camelot Popular del rey Mariano, por mucho que se afanen en disimularlo sus fieles escuderos, Feijóo ha dejado de ser Lanzarote. No regresa como el caballero favorito del rey. Tampoco ha perdido su silla tras haber ido a Sevilla. Pero, su espada, aquella que en 2009 que convirtió en legendaria cuando le arrebató la fortaleza de Monte Pío a las huestes de Touriño y allanó el terreno para la conquista popular de La Moncloa, ha dejado de ser imprescindible. Galicia, como bastión del centroderecha español, ya es sólo una historieta para que los abuelos populares le cuenten a sus nietos.
Rajoy no es áspero y sentimental como su paisano Fraga, que acaba de desvanecerse en la historia. Rajoy es pragmático y aritmético, y sabe que los caladeros más productivos de votos están en Andalucía, en Valencia, en Cataluña, como refleja la fotografía de algunos de sus validos, Javier Arenas, González Pons y Alicia López Camacho, señores y señoras de la guerra electoral en los territorios donde los partidos políticos se juegan el ser o no ser en las citas electorales.
La Galicia popular ha notado el vacío que ha dejado la sombra siempre alargada de Manuel Fraga. Incluso en rueda de sillas, Rajoy siempre se lo había pensado dos veces antes de llevarle la contraria el viejo león de Vilalba. Pero si en el Presidente Fundador del partido, Galicia ha sentido la orfandad en el Congreso de Sevilla.
Ningún gallego en el núcleo duro, salvo Mariano, naturalmente, cuyo reino ya no es de éste mundo más acá del Padornelo. Una Secretaria General manchega, un nuevo número tres del organigrama extremeño, y sólo Romay, en esa especie de limbo de la calle Génova en el que se llevan las cuentas.
Esta es la postal de la España popular tras el Congreso de Sevilla. Los populares gallegos son muy libres de morirse de éxito cuantitativo, pero deberían reflexionar sobre su decadencia cualitativa.
Hombres o mujeres de Feijóo, de verdad de la buena, está el propio Presidente de la Xunta, Javier Dorado y Romay Beccaría, que ya no está para muchos trotes. José Manuel Barreiro, el niño perdido y hallado en el templo del Senado, empieza a cogerle gusto a Madrid. Y el resto, Arsenio Fernández de Mesa, Pilar Rojo (Pinini para Mariano), Ana Pastor y Francisco Millán Mon, son amigos del inquilino de Monte Pío, pero siempre serán hombres y mujeres de Rajoy.
Crece el peso político del centroderecha castellano leonés, sube como la espuma la influencia de Castilla La Mancha, manda un huevo, con perdón, Arenas, pesa Basagoiti y va a salir en las fotografías Alicia Sánchez-Camacho. La Galicia popular es muy libre de lanzar las campanas al vuelo a su regreso de Sevilla. Pero, Santiago, políticamente hablando, ha dejado de ser aquel lugar al que peregrinaba una España popular derrotada para encontrar el consuelo del jubileo.