Feijóo y sus promesas lingüísticas
Esta es la nueva España, más autonómica que nunca
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Lo que ha hecho Madrid con los gobiernos autonómicos es, por un lado, rebajarles la paga, como los padres a sus hijos en tiempos familiares de vacas flacas. Y además ha avisado que mucho ojo con gastar más de lo que ingresan, dejar a deber sus vicios y esperar después a que pase papá Estado a poner las cuentas al día.
Para nacionalistas con pedigrí y autonomistas conversos, es una vuelta atrás en el proceso de emancipación al que le estaba cogiendo gusto el personal. En todos los rincones del estado la gente se sentía mayor de edad y le había cogido gusto a montarse sus Gaiás, sus aeropuertos, sus redes de autopistas autóctonas y sus fiestas personales e intransferibles. Nos sentíamos ricos y disfrutábamos como locos de nuestro libre albedrío.
Galicia pierde autonomía financiera
La caída ha sido dura. En pocos meses nos hemos despertado de un sueño y hemos aterrizado en la cruda realidad de la pérdida irreparable de la autonomía presupuestaria, del endeudamiento a la carta y la sensación de que cualquier capricho de los gobernantes o los gobernados de una comunidad autónoma estaba a nuestro alcance.
Una vez más hay que repetir, y todo parece indicar que habrá que seguir haciéndolo hasta la saciedad, que ¡la fiesta se acabó! Que si queremos mantener independencia autonómica, podemos seguir apelando a nuestros derechos y nuestras competencias, pero no podemos mirar hacia otro lado cuando se nos recuerden nuestras obligaciones.
Feijóo gana autonomía política
¡Sí señores: Galicia ha perdido autonomía financiera! Pero, a cambio, ha ganado en lo que no se había reparado en tiempos de Fraga (que parecía que mandaba un huevo y, en realidad, sólo proponía mientras Madrid disponía), ni en tiempos de Touriño que, salvo alguna que otra routada, seguía el guión establecido por la calle Ferraz que se traía Pepe Blanco los fines de semana.
Ahora, Feijóo es un navegante solitario. Moncloa está tan ocupada en que le sostenga Berlín y la calle Génova tan ocupada en sostener a La Moncloa, que los barones autonómicos populares han tenido que romper forzosamente sus cordones umbilicales con Madrid e iniciar el ejercicio político de gobernar por su cuenta y riesgo y de tomar decisiones unilaterales Ni siquiera pueden marcar un teléfono nacional para evacuar consultas, porque está habitualmente comunicando, evacuando permanentemente consultas con Bruselas.
Esta es la nueva España. Más autonómica que nunca, porque los populares periféricos han dejado de ser "franquicias" y tienen que establecerse por cuenta propia. Feijóo propone, dispone, se lo va a guisar y se lo va a comer todo lo que decida en los próximos meses, incluida la sublime decisión de la fecha en la que convocará elecciones autonómicas. Si acierta, habrá acertado él solito; si se equivoca no podrá echarle la culpa a sus socios mayoritarios de Génova, 13.
Explicado así puede parecer un problema añadido a los muchos problemas que acechan a la gobernanza autonómica. Pero también puede ser una oportunidad. Pasar de la autonomía pragmática de las competencias administrativas a la autonomía en estado puro de la política. Galicia no tiene ya un Popular que es Presidente de la Xunta, sino un Presidente de la Xunta que, casualmente, pertenece al Partido Popular. Y el presente y el futuro se contempla desde una perspectiva muy diferente a las largas etapas históricas que hemos vivido gobernados por presidentes influenciados, presidentes manejados sutilmente por hilos o incluso presidentes marioneta, en el más puro sentido de la expresión, hablando, gobernando y respirando al son que marcaba Madrid.
Feijóo está solo. Galicia ha alcanzado el más alto nivel de autonomía política que los gallegos podrían haberse imaginado. Y, para lo bueno y para lo malo, el curso de los acontecimientos de esta Comunidad Autónoma depende más que nunca de quienes gobiernan y de los gobernados. Es un desafío para un presidente y un pueblo que, más que nunca, es él, ellos, y sus circunstancias orteguianas.
¿No queríamos autonomía...? ¡Tomas dos tazas!