Carlos Negreira, alcalde de La Coruña.
Los tres aeropuertos gallegos en Santiago, Vigo y A Coruña, van perdiendo deprisa y sin pausa movimiento de pasajeros.
Ni los 400 millones de euros que invirtió en ellos Pepe Blanco, en su etapa de Ministro de Fomento y recolector de votos, ni las políticas de subvenciones a líneas de bajo coste, ni el victimismo demagógico de Abel Caballero, alcalde socialista en minoría en Vigo, que ayer mismo acusaba al Presidente de todos los gallegos de practicar el agravio comparativo con esa ciudad (en la que Feijóo vivía y en la que todavía mantiene un apartamento), ha evitado que cada vez vuelen menos personas desde los aeropuertos gallegos.
El descenso general en la Comunidad alcanza los 300 mil pasajeros en comparación con el año 2007.
A estas alturas todos los gallegos no fanáticos saben que las subvenciones a líneas de bajo coste son un despilfarro inútil, tirar el poco dinero que tenemos literalmente a la basura.
Por otro lado el aeropuerto Sa Carneiro de Oporto ha hecho sus deberes, y ha ocupado la plaza libre de cabecera de la euroregión Galicia-Norte de Portugal, y resulta incoherente practicar la competencia en vez de la complementariedad. Pero ¿qué le importa eso a los fanáticos localistas coruñeses, compostelanos y vigueses?
Un día sí y otro también, los políticos de esas tres ciudades, sus medios de comunicación, los calentadores de oídos profesionales, enardecen a los hoolligans de los tres municipios y se montan su batallitas aéreas.
Son muchos los gritos del silencio de gallegos avergonzados que quedan solapados por las ruidosas arengas de alcaldes demagogos, periódicos caseros y aficiones irracionales.
Resulta denigrante tanto ardor patriotero por los aeropuertos y tanta indiferencia ante la dramática cifra de 272 mil gallegos en paro. Entre subvencionar vuelos o subsidiar a personas en el umbral de la pobreza, hasta que encuentren trabajo, debería resultar sencillo tomar una sabia y justa decisión.