En la orilla - Teatro Valle Inclán

Fue la última novela de este escritor que falleció en 2015, con 66 años y cuando recibía gran reconocimiento social. Por ella recibió su segundo premio de la crítica y el nacional de narrativa. Esta adaptación teatral es fiel a su profunda amargura y el tremendismo negativo con que juzga la sociedad de su tiempo. Rafael Chirbes escribía bien pero nunca pudo reconciliarse con su vida. Una escenografía elemental permite a un elenco aceptable ofrecernos este plato ácido, esta visión esperpéntica de la crisis inmobiliaria de la pasada década que al autor le pareció el final de los tiempos pero que la sociedad española ya ha olvidado dispuesta a inflar otra nueva burbuja.

Chirbes explicó así de qué iba En la orilla: '¿Trata sobre la corrupción? No. ¿Sobre el crimen? No. ¿Sobre el suicidio? No. ¿De sexo? Tampoco. Al final, insistirán: pero, estaban enamorados, ¿o no? Pues yo qué sé, contestaré. Si lo supiera, lo habría dicho. La literatura trata de la complejidad de la vida'. Y sus adaptadores completan bien el panorama: 'El hallazgo de un cadáver en el pantano de una pequeña localidad costera pone en marcha la narración. Su protagonista, Esteban, se ha visto obligado a cerrar la carpintería de la que era dueño, dejando en el paro a los que trabajaban para él. Mientras se encarga de cuidar a su padre, enfermo en fase terminal, Esteban indaga en los motivos de una ruina que asume en su doble papel de víctima y de verdugo'.

El problema de esta adaptación teatral -y probablemente de la novela, aunque no la hemos leído- es confundir un episodio con el conjunto, una faceta con el prisma, y elevar esta historia sórdida(con grandes tintes autobiográficos) de un hombre preso por la historia de su padre, y cómplice de esa especulación y corrupción bastante generalizada que desnortó definitivamente el régimen juancarlista en los años 90, a retrato de toda una época 'entre cuyos escombros encontramos los valores que han regido una sociedad, un mundo y un tiempo'. Problema congénito de la literatura española, -de la intelectualidad española, diríamos mejor-, ha sido de siempre cargar las tintas, refocilarse en comparaciones odiosas, aplicar la lupa a lo malo de sus compatriotas y cerrar los ojos a las cosas buenas. Ser muy críticos, ser hipercríticos porque ese es el ejemplo de la novela picaresca, de Quevedo y de los del 98 de infausta memoria. Chirbes se sitúa de pleno en esta maldita tradición tenebrosa, verdadera causa y efecto de tanta leyenda negra, entre Cela y Valle Inclán para ser más exactos. Pero con unos toques de buen periodismo escéptico al estilo de su admirado Galdós que salvan el conjunto.

Y el conjunto se salva además, porque Rafael Chirbes tuvo un grado de sinceridad y honestidad que le  hizo destacar de esa generación literaria verdaderamente deplorable que creció en las tertulias de aquella 'bodeguilla' y los pesebres generosos del régimen democrático que sucedió al franquista heredando muchos de sus defectos y pocas de sus virtudes, que también tuvo aquel ya tan lejano en la compleja evolución de sus circunstancias históricas. Pero no entremos en ese avispero, del que no se podrá hablar con tranquilidad hasta dentro todavía de un par de décadas. Avispero en el que por cierto esta adaptación teatral entra a saco y del lado conveniente con un prólogo de malvados falangistas vencedores que le roban la tierra a los buenos perdedores, el cual apesta a sectarismo, guerracivilismo y pústulas rencorosas de puro crematorio. No obstante lo ccual, decíamos y mantenemos que Chirbes es capaz de construir este buen relato sin ese dualismo insoportable de personajes buenos y malos, aunque sea a costa de conducirnos por un páramo moral donde no hay asomo de nadie siquiera medianamente bueno.

Es aquí, en esta radiografía de la corrupción cotidiana que tanto miserable ha ejercido y ejerce mientras se le sigue llenando la boca con los 'crímenes' de la casta y de la trama, donde radica lo mejor de la propuesta, en su poner a la misma altura izquierdas y derechas, peperos y sociatas, y más que ellos, esa multitud cobarde e inmoral que vive agazapada a su sombra sin siquiera dar la cara. César Sarachu hace quizás sin saberlo un protagonista que se parece mucho al autor, tal y como era antes de ser agraciado o desgraciado por la fama. Le costó mucho comunicar en el estreno, dio con ese tono acre que sale de la traquea donde se acumulan las penas, pero apareció inseguro: si se reafirma podría hacer una de las mejores interpretaciones de la temporada. Perfecto como siempre en estos papeles, Marcial Álvarez como Justino, este chulo indecente, este listillo de barra de bar, este pobrecillo miserable que no conoce un momento de ternura. Muy bien asímismo Adolfo Fernández (al mismo tiempo que dirige el montaje) en el difícil Pedrós, consiguiendo huir de la caricatura. Bien Rafael Calatayud en su doble presencia, y mejor Sonia Almarcha en su estupendo Ahmed que en su desconcertante Leonor. Gran mérito de Yoima Valdés en esa difícil Liliana.

Liliana es colombiana y Ahmed es marroquí, y entre los méritos de esta puesta en escena es incorporar una cruda presencia de los invisibles, de los millones de inmigrantes que hicieron posible que los españolitos se forraran, se lucraran y se envilecieran olvidando el pasado y cometiendo el más grave pecado de nuestro reciente pasado. Reseñemos una puesta en escena muy austera aunque efectiva y suficiente al igual que el resto de elementos escenográficos, desde las proyecciones audiovisuales al sonido (sentimos no habernos fijado en la supuesta música original que contiene), desde la iluminación al vestuario. Digamos que una notable adaptación dramática de Solo y Fernández, y una notable dirección de este último, que insiste en esa línea tremendista que ya desplegara en esta misma sala hace cinco años dirigiendo e interpretando 'Naturaleza muerta en una cuneta', de Fausto Paravidino (ver nuestra reseña de entonces).

Resumiendo, En la orilla es un esperpento que no da tregua, tremendista de fondo y forma, soez y tabernario, casi escatológico, no precisamente ideal para pasar un ratito de solaz vacuo. Tiene el valor intrínseco de la denuncia cruda de lo peor de nosotros mismos y nuestro amado prójimo. Pero probablemente atraiga espectadores morbosos y mentes inquietas; al respetable público ya lo le asusta nada, porque mientras aplaude, practica la consuetudinaria técnica de mirar para otro lado; y aquí no ha pasado nada.

VALORACIÓN DEL ESPECTÁCULO (del 1 al 10)
Interés: 7
Texto: 7
Adaptación 8
Dirección: 7
Interpretación: 7
Escenografía: 6
Realización: 6
Producción: 6


CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Teatro Valle-Inclán – Sala Francisco Nieva
EN LA ORILLA
De Rafael Chirbes
Adaptación Ángel Solo y Adolfo Fernández
Dirección Adolfo Fernández
Del 19 de abril al 21 de mayo de 2017

Reparto (por orden alfabético)
Leonor/Ahmed/Yagüe Sonia Almarcha
Justino Marcial Álvarez
Francisco /Julio Rafael Calatayud
Pedrós Adolfo Fernández
Esteban César Sarachu
Padre/Rachid/Álvaro Ángel Solo
Liliana Yoima Valdés

Escenografía y audiovisuales Emilio Valenzuela
Iluminación Pedro Yagüe
Vestuario Blanca Añón
Sonido y música original Miguel Gil Ruiz
Coproducción Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana / Diputación de Valencia y Emilia Yagüe producciones

De martes a sábados, a las 19:00h.. Domingos, a las 18:00 h.
Encuentro con el público 4 de mayo al finalizar la función
Plaza de Lavapiés, s/n
28012 Madrid
Teléfonos 913109429 – 913109413
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