El gato montés - Teatro de la Zarzuela

Se cumple un siglo justo del estreno de esta gran ópera española, y se celebra reponiendo una buena producción de hace cuatro años. En su estreno en 1917 fue recibida con desprecio intelectual que la tachaba de españolada y con entusiasmo del público que necesitaba ánimos en una coyuntura crítica, en la que a una huelga general revolucionaria y al ruido de sables de las Juntas de Defensa en los cuarteles, se sumó una asamblea de parlamentarios catalanes en abierta rebelión contra el gobierno. Igual que entonces, antiespañoles ibéricos y separatistas autóctonos harían bien en verla, en cotejar sus disgustos con las esencias patrias.

El compositor valenciano Manuel Penella Moreno fue un gran músico autor de unas ochenta óperas, zarzuelas, revistas y comedias musicales, y un luchador contra corriente empeñado en la imposible causa de que el teatro lírico propio fuera comsiderado por nuestros tremendos compatriotas a la misma altura que el del extranjero. Esta apuesta por la ópera popular española, con el celebérrimo pasodoble que acompaña al paseíllo en las plazas de toros, no es una opereta ni una zarzuela ni una ópera azarzuelada, sino un pedazo de ópera que debía figurar entre el mejor repertorio mundial de haber sido desde aquí apoyada.

Penella escribió un libreto notable -en el que no es menor mérito el uso fresco y fiel del habla andaluza-, que cuenta la rivalidad a muerte entre un torero de gran éxito, 'El Macareno', y un bandolero. 'El Gato Montés'. por una muchacha gitana, 'La Soleá', para una partitura casi genial, de música inspirada y con garbo, que enlaza melodías de gran vuelo a lo largo de sus tres actos y cinco cuadros. Ella ama al bandolero con el que se ha criado antes de que matara a un rival y fuera preso y prófugo por ello, pero también se siente muy unida al torero que la ha acogido cuando estaba sola y desvalida. Y por si fuera poco, hay también un cura de pueblo que es bonachón, y un banderillero que es un pedazo de pan, y unos jornaleros que se ganan el pan, y todo el imaginario troncal de la españa de pandereta, pero depurado de rancio tipismo por un lado, y ajeno a la mirada despectiva por el otro, una obra lírica españolísima de gran impacto emocional que si te pilla medianamente predispuesto puede vacunarte de tanta inquina acomplejada contra nuestro pasado como nos han inoculado en siglos de estúpido maniqueísmo victimista. Aquí está el sempiterno imaginario español en estado puro, servido con modestia y sinceridad, sin alharaca alguna, pero sin agriar. Una obra lírica españolísima, un dramón rural bien contado, de una gran riqueza melódica, una tragedia ibérica que su autor paseó por toda España y América —desde Argentina a Estados Unidos— con un considerable éxito, y que muchos años después se retomó en este mismo teatro con la batuta de Miguel Roa y el tenor Plácido Domingo a la cabeza. retorna pues, y que sea en en hora buena, la que es en verdad una pieza redonda que sólo necesita un presupuesto a su altura e intérpretes de primera fila.

Esta producción de 2013 de El Gato Montés ratifica el buenhacer del director de escena José Carlos Plaza archidemostrado en el género lírico; se apoya en una escenografía depurada de Francisco Leal que se limita a enmarcar correectamente los distintos ambientes (aunque sean recurrentes los troncos ralos y el gigantesco espejo de cornucopia ante el que se viste el torero, y un tanto estridente la gran mancha de sangre que anuncia la tragedia) y recibe un gran balón de oxígeno de la excelente coreografía de Cristina Hoyos, de los varios números de un cuerpo de biale efectivo. Es verismo puro y no podría ser otra cosa. Una puesta en escena a la altura del Teatro Real, que colabora a salvar ese desfase histórico que ha sido culpable del cierto desprecio por la zarzuela de una parte del público que frecuenta los teatros.

La dirección musical de Ramón Tebar es impecable, la orquesta borda la rica partitura, los coros cumplen a la perfección -con especial mención del coro de voces blancas- y el reparto 'tá sembraó', por decirlo a la Penella. En el estreno, soprano, tenor y barítono del racial triángulo amoroso -torero, bandido y gitana- fueron y estaron, bien acompañados del resto del reparto con un simpático Padre Antón (que ya es raro en un escenario llevando sotana) y un entrañable banderillero Hormigón, que además de su cruel alancear toros parece persona sensible.

Juan José Rodríguez merece encabezar menciones por ese bandido tierno en voz de bajo barítono inmenso, de vozarrón y presencia enorme tan adecuados al personaje (en un momento exultante tras su acergtado debut en el Metropolitan el año pasado). Nicola Beller da a la gitana aires refinados y deliciosa voz de soprano lírica alejada como debe ser del folclorismo tradicional (no en vano es de familia alemana). Y Andeka Gorrotxaterri confirmó ser la revelación de las últimas temporadas entre los tenores españoles con futuro (después de tantos sinsabores e incomprensiones), aunque no acierta con el tono actoral de su torero al que en el primer acto dota de aires matoniles y ademanes chulescos que convendría eliminar, especialmente de un trato despótico a su Soleá que no viene a cuento ni debía estar en el magín de Penella.

Para Tebar, 'se trata de juna obra maestra de la lírica: una partitura abrumadora por la exhuberancia de colores, armonías y contrastes, verismo a la española'. Inspirada en la Carmen de Bizet, no sabemos si Penella la concibió como premeditada enmienda a la misma, pero lo cierto es que le salió auténtica y poderosa frente al artificial remedo francés de un asunto pintoresco. Y esta impuso esa visión folclórica de lo español en el mundo, y aquella quedó injutamente arrinconada. Al drama se superponen alegres remansos instrumentales como el intermedio ante el segundo cuadro, el preludio del segundo acto, y el aún hoy y ahora impresionante pasodoble, ofreciendo como el que no quiere la cosa un fresco del mundo de los toros que pone al día en sus misterios al más ajeno al asunto.

El libreto, esta vez más que nunca insustituible y un trabajo de documentación excelente que debía servir dre acicate al Teatro Reeal para retornar a una costumbre mal abandonada, incluye una autocrítica previa al estreno del autor que documenta sabio talante aderezado de buenas maneras. Las tres críticas del estreno de hace un siglo siguen siendo ejemplo para modestos reseñadortres como nosotros, que coincidimos plenamente con lo que entonces escribieron Reveriano Soutuño, Manuel Fernández Núñlez y Ángel A. Gayoso.

Los estrenos han sido, son y serán ceremonias impostadas, pero en el del jueves pasado hubo auténtico fervor final, unanimidad de rostros satisfechos y de expectativas colmadas que ojalá se mantengan toda la temporada.

Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Interés: 9
Dirección musical: 8
Dirección artística: 8
Voces: 8
Orquesta: 8
Coros: 8
Escenografía: 7
Producción: 9
Programa de mano: 8
Libreto: 9


TEATRO DE LA ZARZUELA
El gato montés
Ópera en tres actos
Música y libreto de MANUEL PENELLA
Estrenada en el Teatro Principal de Valencia, el 22 de febrero de 1917
Producción del Teatro de la Zarzuela (2012)
23, 24, 25, 26, 29 y 30 de noviembre; 1 y 2 de diciembre de 2017
20:00 horas (domingos, a las 18:00 horas)

Dirección musical - Ramón Tebar
Dirección de escena -  José Carlos Plaza
Escenografía e iluminación - Francisco Leal
Vestuario - Pedro Moreno
Coreografía - Cristina Hoyos

Reparto
La Soleá  - Nicola Beller Carbone (23, 25, 29 y 1), Carmen Solís (24, 26, 30 y 2)
El Macareno - Andeka Gorrotxategi (23, 25, 29 y 1), Alejandro Roy (24, 26, 30 y 2)
El Gato Montés - Juan Jesús Rodríguez (23, 25, 29 y 1), César San Martín (24,26,30y 2)
Gitana - Milagros Martín
Frasquita - Itxaro Mentxaka
Padre Antón - Miguel Sola
Hormigón - Gerardo Bullón

Orquesta de la Comunidad de Madrid - Titular del Teatro de La Zarzuela
Coro del Teatro de La Zarzuela, Director: Antonio Fauró.