He nacido para verte sonreir - Teatro de la Abadía

Muy acertada reposición en La Abadía de una pieza de gran calado, nada fácil, que estrenada aquí en la primavera pasada ha viajado por España y llegado a Buenos Aires, antes de retornar con un único cambio, el del actor masculino. Parece un drama pero es una reflexión profunda sobre la locura y la cordura y sus crecientes puntos de contacto en esta complicada sociedad, facilona en el aspecto material, de enormes dificultades psicológicas y emocionales. Un texto de alta calidad, una puesta en escena que no le va a la zaga y una interpretación emocionante en el hermetismo del uno y la locuacidad de la otra, sus dos protagonistas.

En escena, una madre se despide de su hijo mientras aguardan al padre que vendrá a buscarlos enseguida para partir a un largo viaje. De alguna manera el hijo ya se fue hace tiempo: se encerró en sí mismo, en una cápsula de hermetismo. El padre ha de llevarlo a un hospital y dejarlo internado para que se cure de su trastorno mental. En este tiempo de espera, la madre busca, nerviosa, palabras para despedirse, sin recibir respuesta alguna de parte del joven. Los recuerdos le golpean, insistentes, evocando así ante él y ante el público la historia de una mujer desesperada, una mujer que lucha por conseguir la sonrisa de un hijo que permanece ausente, ido, o que tal vez habite un mundo inaccesible para los demás.

Para el director, la pieza 'es una perlita a la vez delicada y feroz. Un melodrama de madre. Un gran bolero. Una celebración del misterio que todos somos. De la necesidad de aceptar ese misterio, sin pretender domesticarlo, para poder estar juntos, el misterio esencial que somos cada uno de nosotros, el misterio que también son los demás'. Messiez explica que en su montaje se alude al trastorno mental del hijo en clave poética: 'simplemente tiene una percepción distinta de la realidad, a la par que es percibido como distinto por los demás. Su visión y su escucha le hacen tener una mirada quizá más incisiva sobre la realidad, sobre cosas que a nosotros se nos escapan por cotidianas. Pese a que haya una sola persona que habla en He nacido para verte sonreír, no se debe considerar como un monólogo'.

Junto a quien nunca habla, está su madre Miriam, 'un personaje absolutamente contradictorio. Su lógica es imprevisible. Hasta su modo de hablar es fiel reflejo de su paradoja: pasa de lo cotidiano, del ritual del hogar, a lo misterioso y arcaico, convirtiéndose en un personaje de tragedia que de repente decide alejar a lo que más quiere de su lado. De lo más conservador se mueve a lo ideológicamente cuestionable, porque lo inesperado es otra de las claves de la pieza. El texto cuestiona la locura y sus límites, profundizando en la complejidad de las relaciones humanas'.
 
El espacio escénico quiere reflejar las dos mentes en presencia. Superposición de dos mundos: el ama de casa, la cocina y el orden doméstico, en contraposición a las ramas, lo boscoso, las sombras que expresan lo inaprensible, el misterio, lo que no se sabe... Dos mundos y dos discursos que dialogan, dice Messiez. El meticuloso realismo de la cocina y el ramaje fantástico que la rodea componen una escenografía exacta para el conflicto que presenciaremos, la seguridad de la realidad siempre en peligro por el más allá que la cerca. Elisa Sanz lo completa con un extraño cascarón vegetal que pende del techo y oscilará sugente en un único momento.

La iluminación de Paloma Parra merece punto y aparte porque sobria y dulcemente dota de vida a la escena fija, alumbra los silencios y sin seguir parámetros racionales como el transcurrir del día  o los cambios emocionales, traza una propia ruta que dialoga con la trama de tú a tú.

La música es poca pero contundente. Dice Messiez que siempre le resultó fascinante esa música popular que expresa de un modo claro y sencillo ideas muy complejas. Esos momentos en los que ritmo, melodía y letras se encuentran de un modo fulgurante, haciendo brillar el concepto, dando de lleno en la diana'. Y por eso el bolero 'Sin ti'de Pepe Guízar, aquel famoso compositor mexicano de música popular que en España popularizaron Los Panchos, abre y cierra la representación mientras al inicio lo escucha alborozado el hijo y al final lo escucha resignada la madre. La intervención de Nadir -«Je crois entendre encore/Pienso que lo oigo otra vez»- en el acto I de Los pescadores de perlas de George Bizet y una solemne música coral de la que desconocemos su autoría son los otros dos momentos mjusicales de gran intensidad, el primero para decirnos que la mente más oscurecida conserva fulgores, y el segundo para afirmar que se puede, que quizás se debe cantar hacia adentro, hablar para uno mismo.

El trabajo de Messiez como habitualmente tiene la discreción de la excelencia, no se nota pero lo domina todo con una sensibilidad notable. Consigue de Isabel Ordaz tal riqueza de registros, tal sinfonía cde matices que hasta hace pasar desapercibida la terrorífica disfuncionalidad del hijo enfermo. La complejidad de esta madre, Miriam, ya está en el texto -uno de los mejores personajes femeninos visto en los últimos tiempos- y en la sensibilidad fuera de lo común de una actriz mucho más grande de lo que parecía. Pero Messiez dirige la orquesta de sentimientos que la compone con la precisión del maestro y su batuta, la misma que aplica Fernando Delgado-Hierro a ese joven gravemente enfermo mental, autista y crispado por deficiencias psico-motoras que han sido agudizadas en relación a la versión del estreno. Cual sea exactamente su enfermedad ni se menta, por discreción, por humanitarismo, por ambas cosas.

Lo más importante de la obra es que trasciende las explicaciones fáciles y los lugares comunes, esos que se quedan en que la madre autoritaria es en buena parte responsable de la reacción ensimismada del hijo, o los que niegan la enfermedad mental, o los que la generalizan a casi todos los mortales, para plantear preguntas difíciles, para librarse de dar respuestas fáciles, para introducirnos en el mayor de los laberintos, la mente humana, las relaciones humanas, sin prejuicios intelectuales, sin muletas compasivas, para llevarnos no a la lágrima fácil y sí a la cavilación insoluble.

Santisago Loza tiene que conocer de lo que habla cuando describe la línea casi invisble que separa el vivir en la realidad, aunque sea desgraciada, y el deslizarse al otro lado, del que tan difícil resultas volver. Parece saber que no es terreno de medicamentos ni terapias sino de esfuerzos sobrehumanos antes de que las puertas se cierren para siempre. A sus 46 años sabe de depresión, de angustia -por qué la madre en un momento pronuncia la palabra 'bipolar' sin que venga a cuento- como sabe de madres. Sabe y sabe contarlo bien, 'chiaro e tondo'.

'He nacido para verte sonreír' -estrenada en Buenos Aires en 2011 con dirección de Lisandro Rodríguez- es la tercera entrega de una trilogía ya estrenada entera, pero el primer texto del dramaturgo y cineasta argentino Santiago Loza representado en España, alguien a quien se considera preclaro exponente de la dramaturgia actual en Latinoamérica, 'maestro en retratar personajes femeninos con misterio y delicadeza. Un testigo minucioso que recrea universos íntimos sirviéndose de la cultura popular. Una mirada singular que revela la extrañeza, la maravilla y el horror que habita en lo cotidiano. Loza tiene una capacidad esencial de trasladar realidades muy complejas de una manera muy sencilla, con un impacto emocional muy fuerte. Elige las palabras con cuidado, sin dotarlas de interpretación para que el juicio no capture la idea, para no dejarse llevar por la censura a la hora de retratar a sus personajes'. Así es, si así os parece. Así nos parece a nosotros también.

VALORACIÓN DEL ESPECTÁCULO (del 1 al 10)
Interés: 9
Texto: 9
Dirección: 9
Interpretación: 9
Escenografía: 8
Producción: 8
Programa de mano: 7
Documentación a los medios: 8


Teatro de La Abadía
'He nacido para verte sonreír'
Del 11 al 28 de enero
REPARTO   
Isabel Ordaz
Fernando Delgado-Hierro
EQUIPO ARTÍSTICO 
Texto  Santiago Loza
Dirección  Pablo Messiez 
Escenografía y vestuario Elisa Sanz 
Iluminación  Paloma Parra
Diseño de sonido Nicolás Rodríguez
Ayudante de escenografía Paula Castellano
Ayudante de dirección Domingo Milesi
 
Una producción del Teatro de La Abadía e Ignacio Fumero Ayo

Sala José Luis Alonso
De martes a sábado, 20:30h. Domingo, 19:30h.