El pintor - Teatros del Canal

Esta ópera plantea una mirada crítica sobre la vida y obra de Picasso, nos anuncian. Bienvenidas las miradas críticas siempre que su rigor esté a la altura de lo criticado. Y no es el caso. El libreto y los prejuicios de Albert Boadella son una rémora insuperable, a pesar de la notable composición musical de Juan J. Colomer. Boadella aporta una sobresaliente dirección artística para una sobresaliente producción, y la dirección musical de Manuel Coves no puede soslayar las dificultades intrínsecas de una vocalidad insulsa, fría, astral. Son tres únicas funciones de un espectáculo de formas brillantes y fondo abismal.

Esta cuidada coproducción se debe a Clece S.A. la exitosa empresa que gestiona los Teatros del Canal amén de 114 centros deportivos, 28 centros comerciales y un universo de servicios prestados por 75.000 profesionales a un millón de clientes y usuarios. El Teatro Real ha aportado su orquesta, y un equipo artístico de primera categoría ha montado un espectáculo musical que en nada tiene que envidiar a los que ofrece el mismo Real a cargo de la flor y nata internacional. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda resulta apropiada en su sencillez vanguardista, realzada por una iluminación imepcable de Bernat Jansá y unas cuidadas imágenes de Sergio Gracia, que son fundamentales tratándose de un pintor que se pasó la vida y se pasa la obra pintando. Los figurines de Mercè Paloma colaboran al impacto verosímil del montaje y la coreografía de Blanca Li destaca por encima de muchas insulsas que acompañan a los espectáculos operísticos. Es la clave para impactar visualmente con su potente despliegue nada más levantarse el telón, y aunque irá perdiendo eficacia no dejará de desarrollarse a alto nivel, con gran presencia de los bailarines que junto a los actores son un aporte esencial para el alto nivel visual de espectáculo.

El libreto resulta decepcionante porque Boadella no consigue nunca elevarse más allá de una sucesión de escenas adosadas, y especialmente porque argumento y texto carecen de categoría para un espectáculo tan ambicioso y una idea tan atrevida en su insensato planteamiento. Recurrir como baza central del guión a la trillada venta de su alma al demonio por parte del artista a cambio de dinero y fama, es inaceptable de partida. Y supone un lastre que mina las quince escenas más o menos inspiradas de que constan los tres actos planteados, que con dos intermedios, dotan a la propuesta de una extensión excesiva y letal, que con menos pretensiones hubiera resultado más llevadera.

A partir de Mefistófeles -'Mefis para los amigos'- ya nada resulta creible, ya todo resulta extravagante. El bufón se ha pasado al gran formato y con ello deja evidentes enormes limitaciones de capacidad intelectual no sólo para analizar la compleja vida de Picasso y las magnitudes del arte del siglo XX, sino especialmente para defender unas conclusiones medianamente aptas al debate y la reflexión; triviales, graciosillas, insignificantes. Bufonescas, en fin.

Y a mucha honra. Por supuesto, pero sin confundirse de formato, que es un error que El Brujo -por citar a alguien acostumbrado a lidiar con personajes universales- nunca ha cometido. Nuestro querido juglar, al que no pocas veces hemos apoyado, por supuesto que toma precauciones y se justifica en su tarascada antipicassiana: 'Nadie le puede negar su trazo genial. Sin embargo, asistimos a la paradoja de cómo el pincel más dotado del siglo XX fue también quien le asestó el golpe letal al arte pictórico. A semejanza de un Atila de las artes, por allí por donde pasó el pintor no volvió a crecer la pintura. La convirtió en “artes plásticas” entregadas a la producción intensiva. Ya no era el valor formal y emocional de la obra sino la pura especulación comercial la que marcaba el camino de lo valioso y lo desechable. Con su prodigiosa astucia y el apoyo fiel de sus cofrades políticos logró ser ensalzado por los medios como el genio supremo'. Y aunque sea formulado en  interrogación retórica, concluye que Pablo Picasso abandonó 'la entereza' en 'la declinación hacia oro y la fama'. De todo lo que se puede y se debe criticar en Picasso, de todo lo que se le ha criticado y le hemos criticado, nunca fue la avaricia lo más detonante.

Albert Boadella se pone a remolque de Fernando Arrabal, que en 2014 nos ofreció un similar panfleto antipicassiano en 'Dalí versus Picasso', dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente en las Naves del Matadero, el cual ya juzgamos duramente en su momento (ver nuestra reseña de entonces), y aunque elude apoyarse en Dalí para atacar a Picasso, mantiene esa caprichosa imposición de gustos que le llevaba a ensalzar a Verdi y denigrar a Wagner en otra de sus salidas pretendidamente ingeniosas. Lo del remolque arrabalesco conecta también con 'Faust Bal' la ópera de Leonardo Balada con libreto del mismo Arrabal estrenada en en Teatro Real en 2009 (ver nuestra reseña de entonces) con el mismo mito de Fausto y el mismo Mefistófeles, aunque sin dejarse llamar Mefis. Parecería que ha sumado ambas influencias para desarrollar esta propuesta operística, que ya tuvo un precedente -menos bufonesco, mejor hilado- con 'Yo, Dalí' estrenada en el Teatro de la Zarzuela en 2011 del compositor catalán  Xavier Benguerel con libreto de Jaime Salom (ver nuestra reseña de entonces).

La dirección musical de Manuel Coves fue correcta, y orquesta, coro y cantantes engarzaron con precisión. La partitura que ha creado Juan José Colomer -un valenciano que a sus cincuenta y pocos años tiene una importante producción, especialmente en bandas sonoras fílmicas, y vive en Los Angeles- para el libreto de Boadella es de tener muy en cuenta y en partes, notable.  Ha explorado cierta variedad estilística sin perder coherencia estética. Comienza con un lenguaje bastante tradicional y va incorporando elementos más modernos 'utilizando por ejemplo una deconstrucción rítmica para emular el cubismo'. Y aumenta la deconstrucción tonal 'mediante técnicas compositivas alternativas a la atonalidad pura, como por ejemplo el uso de texturas orquestales, superposición de capas politonales, armonías modales y otros recursos que no solo le dan contemporaneidad a la obra sino que añaden variedad y riqueza sonora, algo que considero importante para que la audiencia esté metida de lleno en la trama y pueda disfrutar de una obra de una duración considerable'.

Y dando muestra de haber cavilado no poco en el tema, añade: 'La decisión de usar un lenguaje más consonante que atonal es deliberada y responde al hecho de que Picasso, a pesar de evolucionar su pintura desde el realismo más tradicional hasta convertirse en figura clave del modernismo, nunca llegó a hacer arte abstracto, y haciendo un paralelismo con la música, en mi opinión el atonalismo se identifica más con el arte abstracto que el figurativo'. No nos atrevemos a emitir un juicio con una sola y a veces desatenta audición, baste decir que la impresión fue buena si descontamos lo de siempre, el tratamiento vocal, que el autojuzga 'desarrollo melódico que da prioridad en todo momento al lirismo y la expresividad' y  a nosotros no nos parece que se logre ello casi nunca.

Decíamos de 'Yo, Dalí':'Insistimos en lo que tiene peor arreglo: ese tratamiento de las voces con agudos disonantes en las últimas 'siLALABABAS', ese monótono 'parlicanto'. Los creadores de ópera españoles actuales deben aprender de la zarzuela. O hacer zarzuela sin complejos. ¿Por qué 'Yo, Dalí' no es una zarzuela? [...] Su principal hándicap es el canto, como les ocurre a casi todos los compositores operísticos españoles y del mundo. Las disonancias instrumentales resultan más accesibles que las vocales. Es imposible salvar la barrera de la artificialidad, la ausencia de coherencia, de belleza y de armonía que las voces experimentan'.

Y decíamos de 'Faust Bal': 'Otro cantar, nunca mejor dicho, es la parte lírica, algo que nunca han podido resolver los autores contemporáneos. En general, no conmueven las voces en las óperas actuales; tienen su parte de razón los que las tachan de maullidos caricaturescos. La profesionalidad y méritos del reparto no mitiga una cierta sensación desagradable. Crucifíquenme por atreverme a decirlo. Así lo siento'.

Y decimos de El pintor: ¿para cuándo líricas emocionantes, audibles, sensibles? En una ópera que pretende defender la belleza y la armonía del arte antes de la irrupción destructiva del siglo XX, ¿cómo es que las intervenciones de los cantantes resultan tan desabridas? Dicho ello sin que afecte en absoluto a la calidad del elenco protagonista, a su presencia actoral y a sus notables dotes vocales, especialmente del tenor santanderino Alejandro del Cerro como el protagonista, bien secundado por la soprano valenciana Belén Roig en esa modelo/amante, encarnación de todas las que Picasso tuvo, a la que el director artístico obliga a mostrarse desnuda de espaldas algunos minutos, algo que pocas sopranos -por no decir ninguna- se han visto obligadas a hacer en escena.

Una ópera española actual es por si misma todo un acontecimiento a celebrar. Y 'El pintor' tiene muchos méritos como espectáculo teatral y musical, a pesar de lo que cantan -texto y música- los personajes. Y siendo esto lo más importante, tiene aquello no poco mérito. 

Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Interés: 8
Libreto: 5
Partitura: 7
Dirección musical: 7
Dirección artística: 8
Voces: 7
Orquesta: 7
Coro: 8
Coreografía: 8
Puesta en escena: 8
Producción: 9
Programa de mano: 6
Documentación a los medios: n/h


Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid
Sala Roja. Estreno absoluto. Duración: 2h 50min
El Pintor
Días 8, 10 y 11 de febrero de 2018

Compositor: Juan J. Colomer
Director musical: Manuel Coves
Libreto y dirección escénica: Albert Boadella
Escenógrafo: Ricardo Sánchez Cuerda
Figurinista: Mercè Paloma
Iluminación: Bernat Jansá
Coreografía: Blanca Li
Imágenes: Sergio Gracia
Pinturas: Dolors Caminal
Orquesta titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid)
Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Félix Redondo

ELENCO
El pintor: Alejandro del Cerro
Mefisto: Josep Miquel Ramón
Fernande: Belén Roig
Apollinaire/Velázquez: Toni Comas
Gertrude Stein: Cristina Faus
Jefe de tribu: Iván García

Producción: Teatros del Canal con la colaboración con Teatro Real.
Duración: 3 horas aproximadamente.
Desde 17 €.