El corazón de las tinieblas - Teatros del Canal

'Un ensayo escénico a partir de la novela de Joseph Conrad' subtitulan Darío Facal y la Compañía Metatarso esta propuesta de gran interés y lograda puesta en escena que, entre un prólogo y un epílogo sobrantes, desarrolla sesenta minutos espectaculares, con mucho sensacionalismo y demasiadas citas bíblicas.

El relato del británico Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas (1899), en la que el marino Charlie Marlow es contratado por una empresa explotadora de los territorios que atraviesa el río Congo en busca de un misterioso personaje, Kurzt, jefe de una avanzada explotación comercial de marfil del que no se tiene noticias, está entre los más famosos del siglo XX, pero sus escasas versiones dramáticas han sido en inglés y radiofónicas. Así que aquí había un filón que Facal ha detectado y que se presta a su forma de ver las cosas y de presentarlas. 

Es de agradecer su documentación previa en las circunstancias, porque ya sabemos que si yo soy yo y mis circunstancias, cualquier texto es ese texto y sus circunstancias. Incluso hoy día en que la  deconstrucción de los textos ha llevado a su devastación más impune. Nos apresuramos a decir que no es el caso, y que el montaje es fiel al 'espíritu' del autor, cualquiera que fuera, porque es un autor sombrío, y eso le ha dado su enorme prestigio posmoderno, y  es un autor lúcido, y eso le dota de altos vuelos.

Así que Metatarso ha hecho trabajo de campo, ha leído relatos parecidos y complementarios, y así dice haberse dotado de una visión lo más amplia posible del hecho histórico. Pretendían un espectáculo original que partiendo de la literatura de viajes reuniera 'lo documental, lo experimental, lo político y lo performativo desde una perspectiva contemporánea'. Una reflexión global a modo de ensayo escénico sobre ciertos aspectos controvertidos de la naturaleza humana, usando el nuevo código teatral -muera el texto, viva el desbarajuste escénico- que viene empujando y que casi siempre resulta insoportable e infantiloide. De nuevo nos apresuramos a decir que no es el caso este, y que Facal tiene una sólida preparación e innova con cuidado, por caminos todos ya practicados.

Estamos ante una obra de denuncia, de tesis, de compromiso político, y aunque el compromiso resulte fácil a estas alturas -la denuncia del colonialismo europeo en África y sus corolarios hasta hoy día, sin duda una de los mayores oprobios de la historia de la humanidad, razón para que belgas y otros centroeuropeos fueran menos arrogantes juzgando a quienes lo hemos hecho mil veces mejor tres siglos antes- y no sea rechazable en sí, siempre perjudica al trabajo artístico enfrentarse a la creación con esquemas simplistas.

A pesar de todo, seguramente para el público la denuncia de la hipocresía social e individual, el buceo en la naturaleza de la maldad, el enunciado de que la elección del menor de los males siempre oculta el peor de los resultados, la exposición de esa fría sistematización del terror cuando tiene una coartada, y en definitiva la moraleja de lo fácil que es encontrar argumentos para los ideólogos, para las colectividades, para los individuos, y para nosotros mismos encubrir los motivos escondidos de nuestra conducta, es mérito que nos lleva a valorar con nota alta en el terreno conceptual esta propuesta.

Mejor nota, incluso, nos merece la puesta en escena, aunque el protagonismo de la pantalla central y del sonido amplificado (Room 603 nos somete) convierta al montaje en deudor de las artes cinematográficas en vez de sabio aplicador de sus mejores hallazgos. Los audiovisuales de Javier L. Patiño buscan el máximo efectismo, el que buscan hoy todos los medios de comunicación a costa de enloquecernos, y en el último tramo la exhibición de sevicias colonialistas, de muñones y cadenas, es francamente abusiva para espectadores medianamente sensibles y ya de sobra informados. El despliegue de efectos especiales causa los sustos buscados, el espacio escénico de María de Prado tiene fantasía y el diseño de vestuario de Ana López es elegante y acertado, pero lo verdaderamente excepcional es el diseño de iluminación de Manolo Ramírez, el uso de las posibilidades de la Sala Verde del Canal, que son enormes, y que María del Prado nos muestra descarnada, con ese cosmos en las alturas, ese entramado de raíles y focos que puede hacer maravillas con la luz, con esa luz que se atribuyen unos personajes a otros y que no es tarea humana.

Si la iluminación nos iluminó, la música nos transportó en su inspirada combinación europea-africana, piano de cola y tambor artesano: quién da más, cuál es superior, dónde radica esa combinación final que tanto nos está costando encontrar. Jose Luis Franco y Ass Sabar son imprescindibles en este montaje que al final reduce a los actores casi a accidente colateral, estando muy solvente Ernesto Arias en su largo recorrido, en esa posición observadora y dubitativa de la mayoría silenciosa en la que los malos basan su triunfo. Espléndida Ana Vide aunque todas sus mujeres sean la misma, afianzado Kc Harmsen, aunque todos sus colonizadores se parezcan salvo en ese pintarrajeado Kurtz del final que recuerda a aquel Marlon Brando en el corazón de las tinieblas vietnamitas. Rafa Delgado completa el panorama.

Nos preocupa que Darío Falcó se inspire en el 'periodismo gonzo', en ese tramposo entramado por el que el buen periodista se convierte en caprichosos protagonista. No, es al periodismo reporteril que busca la verdad y es fiel a los hechos al que debe mirar como ejemplo y guía. Ya apuntabas maneras cuando fue ayudante de dirección en el 'Hamlet' (ver nuestra reseña) que montó en 2008 Juan Diego Botto. Y bregando, bregando, llegaron sus años de oro. En 2015 un 'El burlador de Sevilla', de Tirso de Molina (ver nuestra reseña), en versión discoteca, espectacular montaje de un tenorio absuelto con erotismo y tracas audiovisuales, y esas Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos (ver nuestra reseña), en las añoradas Naves del Español, una transgresión de corrupción de menores y aristócratas perversos travestidos en banda de rock duro. Y en 2016 con 'Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín' (ver nuestra reseña), estética lynchiana para una versión pesadillesca de la aleluya lorquiana para el Festival de Otoño a Primavera, y 'El sueño de una noche de verano' (ver nuestra reseña), de nuevo en Naves del Español, el shakespeare más sentimental y bonachón en una deliciosa puesta en escena.

Para Juan Cárdenas, autor de la traducción de 'El corazón de las tinieblas' publicada en 2015, dos son las dificultades que plantea Conrad: su sintaxis y "el uso quirúrgico de las metáforas". 'Propone una música tan singular que el traductor, atraído por ese sonido, corre el riesgo de dejarse llevar al despeñadero de la literalidad. El reto está en construir en español una sintaxis que suene lo más parecido posible a la de Conrad. Por otro lado, es muy estricto en el uso de las metáforas. Jamás las mezcla, sino que las va desarrollado por campos, campos de metáforas que son el verdadero núcleo semántico y por tanto lo que debe ser respetado y debe ser trasladado a la traducción con la mayor fidelidad posible'. Sus imágenes literarias a menudo son extrañas, sus observaciones, chocantes. Y esa  es la música atonal de su prosa.

'La tierra parecía algo no terrenal. Estamos acostumbrados a verla bajo la forma encadenada de un monstruo dominado, pero allí, allí podías ver algo monstruoso y libre. No era terrenal, y los hombres eran... No, no eran inhumanos. Bueno, sabéis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos. Brotaba en uno lentamente. Aullaban y brincaban y daban vueltas y hacían muecas horribles; pero lo que estremecía era pensar en su humanidad -como la de uno mismo-, pensar en el remoto parentesco de uno con ese salvaje y apasionado alboroto. Desagradable. Sí, era francamente desagradable; pero si uno fuera lo bastante hombre, reconocería que había en su interior una ligerísima señal de respuesta a la terrible franqueza de aquel ruido, una oscura sospecha de que había en ello un significado que uno -tan alejado de la noche de los primeros tiempos- podía comprender. ¿Y por qué no? La mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque está todo en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo? Júbilo, temor, pesar, devoción, valor, ira -¿cómo saberlo?-, pero había una verdad, la verdad despojada de su manto del tiempo. Que el necio se asombre y se estremezca; el hombre sabe y puede mirar sin parpadear' (fragmento de la obra original).

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 8
Texto, 8
Versión, 8
Dirección, 8
Interpretación, 8
Escenografía, 8
Producción, 8
Programa de mano, 7
Documentación para los medios, 6


Teatros del Canal - Sala Verde
El Corazón de las Tinieblas
Dramaturgia y dirección: Darío Facal
26/04/2018 - 13/05/2018

Reparto: Ernesto Arias, Ana Vide, Kc Harmsen, Rafa Delgado
Piano / músicas: Jose Luis Franco
Percusión / músicas: Ass Sabar

Diseño de iluminación: Manolo Ramírez
Espacio escénico: María de Prado
Espacio Sonoro: Room 603
Diseño de vestuario: Ana López
Diseño de audiovisuales: Javier L. Patiño
Asistente audiovisuales: Mario Alonso
Regiduría: Cristina Otero
Jefe técnico: Álvaro Delgado
Directora de producción: Cristina Otero
Ayte. de dirección: Javier L. Patiño
Producción: Metatarso Producciones y Teatros del Canal
Distribución: salbi.senante@salbisenante.com

Desde 14 €
Duración: 1h 30min.