Victor Vasarely. El nacimiento del Op Art - Museo Thyssen-Bornemisza

Victor Vasarely (1906-1997), es considerado el padrino de esta tendencia que en los años 60 inundó veloz y fugazmente la moda y el diseño de objetos de consumo. Para hacerlo se basó en las propuestas e investigaciones de este artista húngaro: 'Experimentar la presencia de una obra de arte es más importante que comprenderla', pensaba. Sus cuadros y esculturas son toda una experiencia visual que puede llevar hasta el mareo físico. Alucinaciones sin alucinógenos, los poderes de la mente.

El Arte Óptico, geometrismo abstracto generador de ilusiones ópticas, se basaba en contrastes cromáticos, secuencias de tamaño, combinación o repetición de formas o figuras partiendo de la geometría, de rectángulos, cuadrados, triángulos o círculos. La muestra ofrece una visión global de la vida y obra del artista húngaro, quien realizó lo mejor de su producción en Francia y como Andy Warhol en el Pop Art, unió creatividad y visión comercial para obtener grandes éxitos y beneficios. Es una de las figuras más destacadas del arte abstracto geométrico. Sus experimentos con estructuras espacialmente ambiguas y ópticamente dinámicas y sus efectos en la percepción visual irrumpieron en el panorama artístico de mediados de la década de 1960 con la etiqueta de Op Art, dando origen a una tendencia efímera pero de extraordinaria popularidad. 
 
La exposición está organizada en ocho secciones siguiendo un orden cronológico, precedidas de un primer espacio dedicado a las Estructuras Vega, una de sus series más conocidas y emblemáticas, realizada en la cumbre de su carrera y cuyo nombre deriva de la estrella que más brilla en las noches estivales del hemisferio norte. Estos cuadros se basan en distorsiones cóncavo-convexas de una retícula, en una compleja combinación del cubo y la esfera que remite simbólicamente al movimiento en dos direcciones de la luz que emana de estrellas, al funcionamiento de las galaxias que han nacido por condensación y de un universo que se expande. El artista se da cuenta de que las dos dimensiones pueden convertirse en tres simplemente deformando la retícula básica y de que, según el grado de ampliación o reducción, los elementos de la retícula pueden transformarse en rombos o elipses. 
 
Tras un período gráfico inspirado por Piet Mondrian y Kazimir Málevich entre otros, en 1951 se plantea por primera vez trasladar sus composiciones espaciales a una escala monumental. Utilizando métodos de la fotografía, amplía sus dibujos a pluma y los coloca en series que cubren paredes enteras; crea la serie Naissances (Nacimientos), superponiendo los negativos de los dibujos para crear aleatorias configuraciones. En sus Oeuvres profondes cinétiques (Obras profundas cinéticas) emplea el mismo método con planchas de vidrio, acrílico o plástico transparente. Aprovechando las leyes físicas de refracción y reflexión, realiza una serie de collages en los que la interferencia mutua de los diseños abstractos, proyectados uno sobre otro, genera un movimiento constante que cobra vida cuando el espectador cambia de posición. 
 
En Belle Île, isla situada frente a la costa de Bretaña, descubre la geometría interna de la naturaleza. Después realiza dibujos a pluma que reproducen los meandros que observa en las grietas de los azulejos de una estación de metro. En esos mismos años inicia el periodo Crystal, que se inspira en la estricta geometría de las casas de piedra de Gordes, población medieval del sur de Francia cuyas formas intenta trasladar al lienzo con ayuda de la axonometría. En 1963 presenta sus estudios sobre la Unidad Plástica, la interacción de forma y color. El artista consideraba las formas-color como células o moléculas a partir de las cuales se construyó el universo: “La unidad de forma-color […] es a la plasticidad lo que la onda-partícula es a la naturaleza”, declaró: una serie de formas compositivas básicas que podían organizarse en un sistema similar al de la notación musical.
 
Le interesaba que sus obras se multiplicaran y tuvieran una amplia difusión. Gracias a su multiplicabilidad y permutabilidad, un conjunto básico de elementos podía transformarse, mediante un algoritmo, en un número infinito de composiciones distintas. Las programaciones con que se registraría ese proceso partirían de que los colores, los tonos y las formas que constituían cada imagen pudieran representarse numéricamente y programarse informáticamente para ser recuperados a voluntad; sus composiciones podían recrearse en cualquier momento, en cualquier lugar del mundo y por cualquier persona.
 
A principios de la década de 1960, Vasarely propuso el empleo de un lenguaje visual universal que denominó Folclore planetario. Colores y formas dispuestos regularmente y numerados al estilo de los productos industriales. Su intención era que el placer estético formara parte del entorno cotidiano. Como él mismo señaló, las obras de arte no pertenecían solo a los museos y galerías, sino que eran necesarias en todos los segmentos de la vida urbana. Su visión, que se basaba en las ideas de Le Corbusier y Fernand Léger y que proclamaba una síntesis de las diferentes disciplinas artísticas, consistía en que los componentes básicos de las ciudades del futuro fueran obras plásticas monumentales, producidas en serie y que se pudieran ampliar a cualquier tamaño, lo cual ofrecería unas posibilidades de variación ilimitadas. La primera de sus integraciones arquitectónicas se llevó a cabo en Venezuela en 1954, en el campus de la Universidad Central de Caracas; vinieron después instalaciones plásticas monumentales en edificios de Bonn, Essen, París y Grenoble. 
 
Una parte importante de la filosofía de Vasarely está relacionada con su negativa a distinguir entre obra de arte original y reproducción. Convencido de que las obras cobraban una nueva vida cuando se multiplicaban, consideraba los Múltiples –objetos basados en el mismo prototipo y producidos en un proceso de fabricación que el artista supervisaba hasta el más mínimo detalle- la forma de arte más democrática. Su objetivo era acabar con la elitista posesión de obras de arte únicas e irrepetibles. El artista experimentó con los más variados materiales y procedimientos técnicos, desde los más modernos a los más antiguos, como los talleres textiles de Aubusson, que seguían tradiciones que se remontaban a siglos atrás y que fabricaron tapices basados en sus diseños. A Vasarely le gustaba especialmente la serigrafía; sus estampas, firmadas y numeradas, se podían adquirir en el mercado, al igual que los Múltiples, integrados por láminas coloreadas a mano o reproducidas industrialmente y montadas en soportes de madera o metal.  

Vasarely prefería llamar arte cinético al estilo que había inventado, basándose en la descripción del movimiento de los gases realizada por Nicolas Sadi Carnot, ingeniero francés del siglo XIX que fue uno de los fundadores de la termodinámica. Habida cuenta del rigor intelectual de Vasarely, de sus amplios conocimientos y de su entusiasmo por la ciencia, no solo lo veía en un sentido formal, sino que además le atribuía unas funciones éticas, económicas, sociales y filosóficas. El arte cinético era a su juicio más importante que lo que había sido el cubismo, y estaba convencido de que ofrecía, por vez primera desde el Renacimiento, una síntesis de las dos «expresiones creativas del ser humano: las artes y las ciencias».

La exposición ha sido impulsada desde Hungría y precede a las grandes que se preparan en Frankfurt y París el año que viene. En España fue precedida por la realizada en el año 2000 en la Fundación Juan Masrcha. Coincide con la dedicada por el Reina Sofía a Eusebio Sempere (ver nuestra reseña), exponente preclaro del arte cinético en España. Vasarely fue famosísimo por dos décadas y sigue siendo sorprendente en la radicalidad de su propuesta. La modelo británica Twiggy, la modista Mary Quant y la made in britain beatlemanía lo pusieron de moda entre las jovencitas y otros muchos lo aplicaron a la decoración y al diseño, hasta hacerlo tan omnipresente que pronto hubo que relegarlo.

Vasarely fue un gran exponente de las artes aplicadas y del artista-diseñador capaza de obtener pingües emolumentos vendiendo sus ideas a la maquinaria del consumo. Algo hoy muy generalizado. En todo caso, ver vibrar y modificarse los cuadros ante la mirada del que se mueve frente a ellos puede ser un gran atractivo este verano en las salas acondicionadas del Thyssen.

Aproximación a la exposición (del 1 al 10)
Interés: 7
Despliegue: 8
Comisariado: 8
Catálogo: 8
Folleto de mano: 8
Documentación a los medios: 8

 
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
'Victor Vasarely. El nacimiento del Op Art'
Del 7 de junio al 9 de septiembre de 2018
Comisario: Márton Orosz
Coordinadora: Laura Andrada
 
Dirección: Paseo del Prado 8. 28014, Madrid. S
Salas de exposiciones Moneo (Planta -1)
De martes a domingo, de 10 a 19h.; sábados, de 10 a 21h. Horario de verano: Del 29 de junio al 2 de septiembre, de martes a sábados, de 10 a 22h.; domingos de 10 a 19h.  Último pase una hora antes del cierre.
Entrada única: Colección permanente y exposiciones temporales:
- Entrada general: 12 €
- Entrada reducida: 8 € para mayores de 65 años, pensionistas y estudiantes previa acreditación
- Entrada grupos (a partir de 7): 10 € por persona   
- Entrada gratuita: menores de 18 años, ciudadanos en situación legal de desempleo, personas con discapacidad, familias numerosas, personal docente en activo y titulares del Carné Joven y Carné Joven Europeo.