Islandia - Teatro María Guerrero

Una autora catalana actual no encuentra tema en la Cataluña de estos tiempos y se va a buscarlo en la crisis mundial de hace una década y en parajes y personajes islandeses y neoyorquinos. Si eso no es evadirse y mirar a otro lado, es al menos decepcionante. Lluïsa Cunillé presenta una obra muy cuidada formalmente pero muy carente de interés, de diálogos tediosos y personajes de teleserie, pero sobre todo tediosa, muy aburrida.

Ya podía haber mandado a este personaje, un chaval de quince años que aparece por ensalmo y sin venir a cuento de debajo de una cama, a darse una vuelta por las comarcas catalanas, por Girona y Tabarnia, y en vez de establecer contactos peliculeros con un inventor/timante y un médico/listillo en el compartimento del tren a Manhattan, o con una desahuciada en Harlem y un vendedor de hot dogs en Wall Street, hubiera recorrido con su mente abierta y su falta de temor el panorama actual de la Cataluña rota.

Por el contrario, sus contactos con tales personajes saben a sabidos, a relatos de oídas, a escenas ya vistas. Al director del Teatre Nacional de Catalunya, Xavier Albertí, le habrá parecido esta historia tan artificial ni que pintada para escapar de un contexto asfixiante y encima abrazar una fácil y trillada causa universal, la condena de la avaricia de los grandes tiburones financieros que supuestamente provocaron la crisis de 2008 llevando a la ruina a tantos altruistas e inocentes pequeños inversores. Tururú que te vi.

Lo hace con gran pericia, construyendo un convincente envoltorio formal sobre una escenografía muy actual de Max Glaenzel en un hangar/pasadizo que sirve para barrio pobre y distrito financiero, para compartimento de tren y para catedral, aunque en estos últimos casos de manera un poco forzada. Iluminación, caracterización y vestuario funcionan, lo hace también el tenue sonido ambiente y resultan un tanto extemporáneos los vídeos, el del tren en marcha y especialmente las proyecciones fijas a modo de publicidad alusiva.

La primera escena en el dormitorio de un jóveno que acaba de perder su boyante empleo en un banco islandés, resulta imposible, como lo son las últimas. Entre medias, el espectador aguanta gracias a la garita del marginal Robinson y el carrito del arruinado Delamarche. Resultan destacables esa viuda liquidando su patrimonio en medio de la calle que hace Lurdes Barba, y esa madre pitonisa a cargo de Lucía Quintana. El chico, Abel Rodríguez, es un témpano flemático que ha sido muy celebrado en el estreno en Barcelona a comienzos de temporada. Hay muchos titubeos en las intervenciones y en algunos casos se notan verdaderos dificultades para hablar a estas alturas de separación de forma fluida el idioma de todos. En la traducción del catalán hay llamativos patinazos como el muy repetido 'tirar las cartas' en vez de 'echar las cartas', o el también insistente 'me sabe mal' en vez del corriente 'vaya, lo siento': traducciones literales del francés 'tirer les cartes' y 'ça me fait sentir mal' que indican más proximidad o tendencia hacia la cultura francesa que a la española.

Algo que siente uno tenue pero insistentemente en esta pieza teatral, en esta puesta en escena, es la influencia de la cultura francesa, ese arte de presentar con elegante vestimenta propuestas carentes de intencionalidad, de ironía distanciadora, y no digamos de auténtica crítica a nuestra deficiente cotidianidad.

La documentación a los medios brilla por una parquedad irritante, y en las biografías de autora y director no se incluyen sus incursiones conjuntas en la zarzuela española. La primera, 'La corte del faraón' en 2008, una nutrida coproducción de la Sala Muntaner, la Compañía La Reina de la Nit (compañía residente de la Sala Muntaner) y Temporada Alta - Festival de Tardor de Catalunya, Girona/Salt, con el soporte del ICIC (Generalitat de Catalunya) y el INAEM, un 'cabaret literario' según la presentaban, una zarzuela deconstruida a la manera posmoderna' según nos pareció en su día (ver nuestra reseña). Y la segunda, 'El dúo de la africana' producida por el Teatre Lliure en 2009, que nos pareció entonces 'un gran trabajo de diversión y entretenimiento, una revisión constructiva y desmitificadora, y una lograda síntesis de teatro y música' (ver nuestra reseña). Ojalá hubieran seguido por el camino irreverente sobre la tradición española adoptado en estas dos producciones con algo parecido sobre el tsunami separatista que les invade.

En el estreno menudearon los bostezos y signos de cansancio entre el escogido público mientras la representación se alargaba hasta dos interminables horas. No obstante, todo el público -incluido el flamante nuevo ministro de Cultura, del que ninguna de las directoras institucionales que le cercaban en apretado besamanos y nutridos selfies podía sospechar que iba a cesar al día siguiente- aplaudió al unísono encantado de haberse conocido y mirando condenatoriamente a los que salíamos raudos. Comenzar una velada teatral de dos horas a las 20'30 sigue siendo costumbre tan empecinada como lamentable en la capital de las españas.

VALORACIÓN DEL ESPECTÁCULO (del 1 al 10)
Interés: 5
Texto: 5
Dirección: 7
Interpretación: 7
Escenografía: 7
Producción: 7
Programa de mano: 6
Documentación a los medios: 4


CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Teatro María Guerrero
ISLANDIA
De Lluïsa Cunillé
Dirección Xavier Albertí
Del 12 de junio al 1 de julio de 2018  
 
Reparto (por orden alfabético)
Viajero   Joan Anguera
Anciana   Lurdes Barba 
Joven    Paula Blanco 
Delamarche   Juan Codina
Médico   Oriol Genís 
Hombre   Jordi Oriol 
Cliente  Albert Pérez 
Robinson   Albert Prat 
Madre   Lucía Quintana
Chico    Abel Rodríguez 
 
Equipo artístico
Escenografía    Max Glaenzel
Iluminación     Ignasi Camprodon
Vestuario     María Araujo y Marian García
Sonido     Lucas Ariel Vallejos
Caracterización    Àngels Palomar
Vídeos     Maria Andreu, Júlia Genís y Max Glaenzel
Ayudante de escenografía   Josep Iglesias
Ayudante de dirección   Albert Arribas
Diseño cartel    Javier Jaén
Fotos     May Zircus / David Ruano
Producción Teatre Nacional de Catalunya.