Remodelacioón - Museo del Prado

El Museo del Prado mejora, se renueva, se actualiza. Dentro del plan de remodelación iniciado hace casi una década toca el turno ahora a la recuperación de las salas 76 a 84 para presentar las colecciones de pintura flamenca y holandesa del siglo XVII, con el remate sensacional de una presentación muy mejorada del Tesoro del Delfín, todo ello en los espacios ganados de la segunda planta del ala norte del edificio Villanueva.

En estas ocho salas se aloja desde hoy la colección de pintura flamenca del Museo del Prado, una de las más importantes del mundo, con obras maestras de Jan Brueghel, Rubens o Teniers, junto a otras de pintores de menor renombre pero extraordinaria calidad como los paisajes de Snayers o las naturalezas muertas de Snyders y Paul de Vos. Una de las ocho salas estará dedicada a la pintura holandesa, en torno a la obra maestra de la colección, la Judit de Rembrandt.

La actuación llevada a cabo solventa las barreras arquitectónicas existentes hasta la fecha y dignifica su arquitectura, permitiendo finalizar la correcta lectura de la galería central del Museo en su zona sur y en la sala 16B, donde el visitante podrá encontrar una nueva y más completa exhibición de Rubens, junto a los otros dos grandes representantes de la escuela flamenca del siglo XVII: Van Dyck y Jordaens. 

Las siete nuevas salas de pintura flamenca del siglo XVII completan una de las mejores colecciones que existen, formada en su mayor parte por el mecenazgo real. La actual Bélgica (lugar de procedencia de estos cuadros) fue, junto a Italia, el principal centro pictórico de Europa entre 1430 y 1650. El arte que se hizo en esa región se denomina arte flamenco. El despliegue, en su mayoría realizada en la ciudad de Amberes, se añade a lo expuesto en la planta baja y la primera planta del museo. El vínculo de los territorios flamencos con la corona española, que los gobernaba en esos siglos, explica la riqueza de las colecciones flamencas del Prado. A ellas se suma una sala de pintura holandesa. Y el nuevo despliegue del Tesoro del Delfín en la sala circular, que rodea la cúpula de la rotonda de Goya Alta, el excepcional conjunto de “vasos ricos” compuestos por cristal de roca y piedras ornamentales (“piedras duras”) que forma parte de las colecciones del Museo del Prado desde 1839.

El espacio, conocido también como Toro Norte, está situado en el cuerpo central de la planta segunda del bloque Norte del Edificio Villanueva, en torno a la cúpula del vestíbulo de la planta principal, y enlaza los dos bloques donde se van a exponer las colecciones de pintura flamenca y de las Escuelas del Norte. Fue concebida en los proyectos de Juan de Villanueva para el Real Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias Naturales como un espacio aterrazado en torno a la cúpula de la rotonda, sin acceso público. Con el traslado al Toro Norte del Tesoro del Delfín, hasta ahora ubicado en las salas 100 -101 y 102, esta magnífica e inigualable colección se convertirá en un nuevo atractivo para el visitante, incluso como foco principal de atención en su visita al Museo del Prado.

EL TESORO DEL DELFÍN
 
Felipe V, primer rey Borbón español y nieto de Luis XIV y Mª Teresa de Austria, heredó de su padre Luis, el Gran Delfín de Francia (1661-1711), una excepcional colección de "vasos ricos" en cristal de roca y piedras ornamentales - tradicionalmente denominadas “piedras duras”, tales como ágatas, jaspes, lapislázuli o jades - acompañados en su mayoría por guarniciones de oro y plata a veces esmaltadas y enriquecidas con diamantes, rubíes, esmeraldas y otras gemas. 
 
El Gran Delfín reunió esta colección a lo largo de su vida, siguiendo el modelo de su padre el Rey, a quien parecía querer superar ya que, por ejemplo, llegó a poseer veintisiete vasos de lapislázuli, trece más que la colección real. Aunque era el heredero, nunca llegó a reinar, pues falleció en 1711 viviendo Luis XIV. Por ello, Felipe, ya rey de España, recibió como parte de su herencia un lote que se componía de 169 obras, remitidas desde París. Se trata de una colección única en España, equiparable a otros grandes tesoros dinásticos europeos.
 
En el Renacimiento, la rareza de los materiales empleados en este tipo de creaciones conceptualmente complejas y la destreza técnica que implicaba su factura y decoración explican que fueran enormemente apreciadas, a veces por encima de otras obras de arte como pinturas o esculturas, actualmente mejor valoradas. Muestra del precio que alcanzaba este tipo de obras, es el hecho de que en el inventario realizado tras el fallecimiento de Felipe II, algunos vasos de cristal de roca, que podrían estar cercanos a los de este conjunto, se tasaran muy por encima de célebres pinturas de Tiziano, Sánchez Coello o El Bosco. 
 
El conjunto fue trasladado por orden de Felipe V al palacio de La Granja de San Ildefonso, donde se prolongaban las obras, por lo que no encontró acomodo definitivo, y estuvo almacenado durante décadas en la llamada “Casa de las Alhajas”. Carlos III ordenó en 1776 su traslado al recién inaugurado Real Gabinete de Historia Natural, considerando el interés intrínseco de las piedras empleadas en los vasos. Desafortunadamente, estos fueron robados durante la invasión napoleónica y se llevaron a Francia sin sus estuches. Al finalizar la Guerra de la Independencia el conjunto fue devuelto en 1815 con importantes deterioros y varias piezas extraviadas.
 
Más tarde, la colección llegó al Museo del Prado en 1839 orden de la Reina Gobernadora Maria Cristina que, en nombre de Isabel II durante su minoría de edad, atendió la petición de José de Madrazo, Director del entonces denominado Real Museo de Pinturas y Escultura, al considerar que por encima de los valores mineralógicos de esta colección sobresalían sus valores artísticos. En 1867, el Tesoro se expuso en el lugar más emblemático del Museo, la Galería Central, instalado en dos grandes vitrinas, que se pensaron una para las piezas de cristal de roca y otra para las realizadas en piedra de color. En 1918 se detectó que había tenido lugar un robo interno, comprobándose que habían desaparecido varios vasos, algunos habían sido desmontados y que numerosas guarniciones, asas y remates de oro  habían quedado dañadas o habían sido arrancadas para venderlas al peso. Dada la importancia del Tesoro, durante la Guerra Civil  fue evacuado a Suiza, junto a las grandes obras maestras del Prado, regresando en 1939.
 
Durante el siglo XX ha sido expuesto en distintos espacios del Museo, siendo el último el  inaugurado en 1989 en una sala acorazada en el sótano del edificio, espacio que hoy quedaba aislado del recorrido actual de la visita por lo que se ha elegido una nueva ubicación en la planta segunda norte del inmueble. Además el nuevo montaje ofrece la visión más completa del Tesoro desde hace más de doscientos años. De las 169 obras han llegado hasta nosotros 144, todas presentes en esta exposición permanente: 120 (una de las cuales se compone de 13 camafeos sueltos) estaban ya expuestas en el Museo, 10 más son las que componen el juego de café de laca identificado en el Museo de América, y otras 14 forman parte del juego de utensilios para preparar piezas de caza, que hasta el presente año estaba depositado en el Museo Arqueológico Nacional. A este conjunto hay que sumar los 124 estuches que conserva el Museo del Prado, de los que se expone una selección.

El nuevo montaje ha permitido modificar el anterior discurso expositivo ordenado por materiales, para dar una nueva visión organizada por talleres, con la asesoría de la máxima experta en esta colección, la doctora en historia del arte y conservadora de Museos Letizia Arbeteta Mira. Se ha distribuido en 10 unidades expositivas repartidas en 26 secciones que marcan el diseño de la vitrina, y que se corresponden con cada puerta de vidrio en que se estructura, destacando algunas piezas que pertenecieron a ilustres personajes como el cofre ochavado recubierto de oro esmaltado con entalles y camafeos que perteneció al cardenal Mazarino.
 
Se han expuesto juntas las obras de época clásica y medieval, así como un interesante grupo de pieza orientales producidas en talleres otomanos, indios, japoneses y chinos, que destacan por la riqueza de sus materiales, testimoniando el gusto por lo exótico de las cortes europeas. Se muestra seguidamente el conjunto más amplio y destacado del Tesoro, obras maestras de los talleres milaneses de los siglos XVI y XVII, cuando el ducado formaba parte de la Corona española. Se ha dedicado un apartado específico a Praga, sede del proyecto artístico del emperador Rodolfo II que se rodeó de numerosos de artistas. Otra de las unidades esenciales es la dedicada a los talleres franceses, así como  testimonios de otros talleres europeos de ciudades como Augsburgo o Stuttgart. Otra unidad presenta el empleo de este tipo de obras como signo de ostentación, cexpuestas en aparadores como muestra de magnificencia y suntuosidad, formando parte de exquisitas escenografías. Y se explica de manera visual la azarosa historia del Tesoro, mostrando las pérdidas causadas fundamentalmente por los robos de 1813 y 1918. Finalmente se exhibe una selección de estuches, un conjunto de los más completos que se conservan entre las colecciones históricas. El coste de la nueva instalanción ha ascendido a dos millones y medio de euros, de los que Samsung España ha contyribuido con doscientos mil.
 
LA PINTURA FLAMENCA

En las salas 78 y 79 se muestran importantes obras de Rubens (1577-1640), entre ellas las mitologías que pintó por encargo del rey Felipe IV para la Torre de la Parada, un pabellón de caza situado en el monte del Pardo. A esa serie pertenece el Saturno devorando a su hijo, que inspiró a Goya a pintar un cuadro del mismo tema. También se muestran algunas de las mejores obras de pequeño formato que pintó Rubens, como la Danza de personajes mitológicos. Con estas dos salas se completa la instalación de la colección de Rubens en el Prado, la mayor que existe.
 
Se une a ello un espacio monográfico (sala 83) dedicado a Jan Brueghel (1568-1625), cuyo exquisito arte combina colores suculentos y una asombrosa minuciosidad de ejecución. Los cinco cuadros de la serie de Los sentidos se encuentran entre las obras más admiradas de este artista. También David Teniers (1610-1690) disfruta a partir de ahora de una sala monográfica (sala 76). Su arte continúa la tradición de pintar asuntos populares practicada por el Bosco y Pieter Bruegel durante el siglo anterior. Teniers también pintó una escena de la colección de pintura del archiduque Leopoldo Guillermo, que se encontraba ya en Madrid en 1653, y que influyó en Velázquez cuando pintó Las Meninas tres años más tarde. Las escenas de colecciones de arte fueron una especialidad de Amberes, y reflejan la afición que existía en esa ciudad y en Bruselas por el coleccionismo de pintura.
 
En las salas 81 y 82 se muestran pinturas de cocinas y bodegones de Frans Snyders (1579-1657), Clara Peeters (hacia 1588/90-después de 1621) y otros artistas flamencos, que tuvieron mucho éxito en Amberes y también en la corte española. Se muestran también las exquisitas pinturas de guirnaldas, que a menudo combinan escenas religiosas con representaciones muy precisas de flores y animales, reflejo del interés por el estudio y el coleccionismo de estos objetos que existía en la época. Clara Peeters fue una de las pocas mujeres que trabajaron como pintoras en Europa en la época. Los autorretratos que se ven reflejados en algunos de los objetos que pintó son un modo de autoafirmación. La exposición que el Museo del Prado organizó sobre esta artista en 2016-2017 fue la primera que se ha dedicado a su pintura (ver nuestra reseña de entonces). Las escenas de animales, que se muestra también en la sala 81, son una especialidad de Amberes que con los años se imitó en Francia y otros lugares. Surgió como consecuencia del creciente interés por el estudio de la anatomía y el comportamiento de los animales, de su uso metafórico en fabulas antiguas, del gusto por la caza y de la creciente presencia en los hogares de animales de compañía. 
 
En la sala 80 se muestran pinturas de paisajes, un género que creado en Amberes en el silgo XVI, de mano de Joachim Patinir (activo 1515-1524), de quien el Prado guarda una gran colección que se expone en la planta baja. En el siglo XVII artistas como Joos de Momper (1564-1635), Peeter Snayers (1592-1667) y también Jan Brueghel, entre otros dieron continuidad a esta tradición. La mayor parte de los paisajes que se pintaron en el siglo XVII fueron o bien para la corte o para personas próximas a ella, y sirvieron para legitimar el gobierno de los archiduques Isabel Clara Eugenia y Alberto de Austria (que se inició en 1598), mediante la representación de victorias militares, y de paisajes y escenas de urbanas que muestran unos territorios que viven en orden y armonía. Un ejemplo de ello es el espectacular cuadro de Denis van Alsloot (1570-1628) y Antoon Sallaert (1580/85-1650) que muestra la procesión de 1615 de Nuestra Señora de Sablón, en Bruselas, donde se pueden observar numerosos detalles que nos acercan a la vida de la época. 

Y LA HOLANDESA
 
En cuanto a la pintura holandesa expuesta en la sala 76, es la producida en las siete Provincias Bajas del Norte, que tras la firma de la “Unión de Utrecht” (1579) se constituyeron de facto en nuevo estado soberano: las Provincias Unidas. Ámsterdam, la capital de Holanda, la mayor de ellas en extensión y número de habitantes, fue el motor económico de esa nueva nación que desde las primeras décadas del siglo XVII se convirtió en una potencia  económica  y financiera  de primer orden. Su poderosa burguesía comerciante, deseosa de afianzar una identidad nacional, promovió un intenso desarrollo cultural y supo hacer de la pintura el medio más adecuado para ello.  
 
Los pintores holandeses en su afán por distanciarse de las Provincias Bajas del Sur que continuaron bajo soberanía española, optaron por desligarse del idealismo italiano y vincularse a la tradición pictórica nórdica, que era la defendida por la iglesia calvinista imperante –que no mayoritaria- . En consecuencia, su  pintura está impregnada de un naturalismo veraz, que se refleja  tanto en el tratamiento de los géneros pictóricos tradicionales como en el fomento de aquellos otros considerados menores por la tratadística italiana, como son el paisaje, el bodegón y la escena de género. Ahora bien, los holandeses no se limitan a continuar esa gran tradición, sino que la actualizan con los nuevos planteamientos pictóricos del barroco y la abren a  nuevos cauces.   
 
Por razones históricas la colección holandesa del Museo del Prado es numéricamente menor a la flamenca. Con todo, y a pesar de las grandes ausencias, cuenta con obras muy representativas, de las que ahora se presenta en la Sala 76 una selección que incluye cuadros de historia, debidos a algunos de los más destacados representantes de la Escuela, así como bodegones, paisajes y escenas de género.
 
Lugar de honor en la sala lo ocupa, claro está, Judit en el banquete de Holofernes de Rembrandt. Pertenece a un conjunto de figuras monumentales, que personifican heroínas de la Antigüedad y del Antiguo Testamento, pintadas entre 1634-38, con las que el gran maestro holandés y uno de los grandes de la pintura europea se mide con Rubens. En torno suyo, se muestran obras de otros destacados representantes de la pintura de historia como son: Joachim Wtewael, pintor de exquisita factura, todavía aferrado a los planteamientos compositivos y formales del manierismo, si bien en su Adoración de los pastores incluye objetos y utensilios cotidianos que delatan su  apertura al naturalismo renovador de los pintores de Utrecht; Salomon de Bray, la figura más destacada del clasicismo holandés del siglo XVII, que está representado con Judit presentando la cabeza de Holofernes, donde la cinta con los colores de la antigua bandera de Holanda que adorna los cabellos de esta heroína bíblica la transforman en una personificación de la nueva nación, vencedora y liberada de los habsburgos españoles; Matthias Stom o Stomer, quizá el más fidedigno seguidor entre los holandeses del tenebrismo caravaggista, tal y como atestigua La incredulidad de santo Tomás; y Leonaert Bramer, uno de los pintores más exquisitos y enigmáticos pintores de la escuela holandesa, del que se muestran dos pequeñas escenas, El dolor de Hécuba  y Abraham y los tres ángeles.  
 
El bodegón está representado por una de las obras maestras de la colección, Gallo muerto uno de los escasos bodegones hoy aceptados como autógrafos de Gabriël Metsu, pintor de género, que en esta sobrecogedora escena deja constancia de su perfección técnica y extraordinaria habilidad para la representación de las texturas. Dentro del paisaje, se muestran ejemplos de dos de las  tipologías más específicamente holandesas, el de invierno y el llamado paisaje italianizante, representadas respectivamente por: El puerto de Ámsterdam en invierno de Hendrick Jacobsz Dubbels, y Bautizo del eunuco de la reina Candance, de Jan Both,  que forma parte del importante conjunto de paisajes encargados en Roma por Felipe IV para el palacio del Buen Retiro en Madrid.
 
Dentro de las actuaciones llevadas a cabo para el montaje expositivo de estas salas, es de destacar la labor de restauración de colecciones que se ha realizado en los últimos diez años financiada por la Fundación Iberdrola España, que ha afectado a pinturas, marcos y soportes de madera para pinturas. El porcentaje de obras intervenidas en esta nueva instalación asciende al 72%. El coste total de obras y equipamientos ha alcanzando los 750.000€, procedentes de fondos propios del Museo Nacional del Prado y de la Comunidad de Madrid (150.000 €) distribuidos entre la nueva instalación del Tesoro del Delfín y la Pintura Flamenca. La superficie total mejorada supone más de 700 metros cuadrados y el número de obras ahora expuestas es de 121.

El Plan de Reordenación de Colecciones se completará en los próximos meses con la incorporación de más salas al recorrido expositivo del Museo, entre ellas la Galería Jónica Norte, para la exposición de escultura, y las salas 100, 101 y 102 para la instalación de la Unidad expositiva sobre Historia del Museo del Prado, lo que permitirá la rentabilización integral del Edificio Villanueva para usos expositivos dentro de la Conmemoración del Bicentenario del Museo del Prado, que se celebra en 2019.