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Artur Segarra. EP
La víctima, quien residía en Irán y visitaba frecuentemente Tailandia, llegó a Bangkok el 19 de enero de 2016 para disfrutar de unos días de vacaciones

El español Artur Segarra ha sido condenado este viernes 21 de abril de 2017 a muerte por un tribunal tailandés, que le declaró culpable por el asesinato premeditado en Bangkok de su compatriota David Bernat y otros 12 delitos en relación al caso.

Bernat quedó con su verdugo el 19 de enero de 2016, horas después de llegar a la capital tailandesa, y pasada la medianoche, ambos se dirigieron al apartamento de Segarra, donde permaneció secuestrado y fue descuartizado una semana después, según las pesquisas policiales.

Segarra todavía tiene dos oportunidades de recurrir la condena, ante el Tribunal de Apelaciones y el Tribunal Supremo.

Cuando la sentencia sea firme, podrá solicitar clemencia a la Casa Real para rebajar el castigo.

El acusado fue detenido el 7 de febrero de 2016 por las autoridades camboyanas en la localidad de Sihanoukville, a donde había huido dos días antes.

La víctima, quien residía en Irán y visitaba frecuentemente Tailandia, llegó a Bangkok el 19 de enero de 2016 para disfrutar de unos días de vacaciones.

Esa misma noche quedó con Segarra, a quien conocía de la noche tailandesa, para tomar unas copas y pasada la medianoche ambos se dirigieron a la casa del ahora condenado, donde se produjo el secuestro.

Según el relato expuesto durante el juicio por miembros de la investigación, entre los días 20 y 26 Segarra retuvo y extorsionó a Bernat para lograr el acceso a la cuenta corriente que tenía en Singapur y donde la víctima guardaba sus ahorros.

Los forenses estiman que la víctima fue asesinada alrededor del 26. Según la investigación, esa misma noche Segarra salió en su motocicleta en dirección al río que cruza Bangkok cargado con un gran paquete, donde la Policía sospecha se hallaba el cadáver, y regresó la madrugada del 27 sin el fardo.

Las autoridades encontraron el 30 de enero en el río Chao Phraya los primeros restos mortales de Bernat y posteriormente recuperaron otros seis trozos del cuerpo en el agua.

La Policía identificó a Segarra como el principal sospechoso el 5 de febrero, noche en la que tras ser reconocido en un restaurante de la provincia de Surin emprendió su huida a Camboya.

La fiscalía llamó al estrado a cerca de 40 personas, ninguna de ellas testigo directo del crimen, para mantener con declaraciones, muestras de ADN y huellas recogidas en el apartamento alquilado por Segarra, grabaciones de cámaras de seguridad y extractos bancarios la culpabilidad de Segarra.

Segarra sostiene que es inocente de todos los delitos y aseguró en su turno de palabra ser víctima de una trampa en la que implicó a su exnovia tailandesa, Pridsana Saen-ubon, quien testificó en su contra el pasado diciembre.

En 2009, Tailandia ejecutó por última vez a dos convictos que fueron condenados a muerte por narcotráfico, antes de aplicar una pausa indefinida no regulada al cumplimiento de la pena capital. El último ajusticiamiento por un delito de asesinato data de 2003, año en el que el país cambió el método de las ejecuciones del fusilamiento a la inyección letal.

Según datos de Amnistía Internacional, en las cárceles de Tailandia había a finales de pasado año 427 presos en el corredor de la muerte, 24 de ellos extranjeros. Un australiano fue sentenciado a muerte el pasado 7 de febrero por un caso de asesinato, desmembramiento y destrucción de pruebas similar a la causa contra el español.

UN EMBUSTERO INSACIABLE

Artur Segarra es un embustero, que según el diccionario es alguien capaz de disfrazar sus mentiras “con artificio”.

Un tipo agraciado con el don de la palabra y lo bastante espabilado para acompañarla de una gestualidad que lograba encandilar a sus víctimas, casi siempre ancianos. Como estafador de poca monta no le iba mal.

Pero quería trofeos de caza mayor y urdió la trama más compleja de estafadores que han visto hasta la fecha los Mossos d'Esquadra. Cuando la desarticularon, Segarra ya estaba en Tailandia.

Al cabo de pocos meses, mientras se intentaba lograr su arresto a través de una orden internacional, se supo que las autoridades tailandesas tenían otros planes para él: juzgarlo por asesinar y descuartizar a David Bernat, un consultor leridano natural de L'Albi (Garrigues).

Los investigadores catalanes no salían de su asombro. Tras escuchar a sus víctimas y detener a sus socios, incluida su mujer, tenían un retrato bastante exacto de Segarra que no encajaba con el de un asesino.

Aunque algo sí que cuadraba con estas nuevas sospechas, se le acusaba de haber matado por dinero y a Segarra “le gusta mucho el dinero”, remarca una fuente policial. Algunos han querido otorgarle un aura de Robin Hood porque dio algún palo contra entidades bancarias. Es cierto que robó a algunos ricos, pero nunca se lo devolvió a los pobres, siempre se lo quedó todo para él.

LADRONES CON GALONES

A Segarra, nacido en Tarrasa, no se le conocen estudios superiores. No los necesitó. Es un tipo inteligente que de joven fue miembro de los Boixos Nois -seguidores radicales del Barça-, se fogueó con pequeños delitos y pronto comenzó a tejer planes que le hicieron ganar mucho más.

Montó empresas que puso a nombre de su madre, enferma de alzhéimer, y empleó en una de estas -una inmobiliaria- a Gabriela, una mujer humilde de origen rumano de quien se enamoró y a quien convirtió en la madre de sus hijos.

La cúpula de la banda que lideraba la completaban dos socios con galones: Francisco Comitre, un abogado, y Enrique Peña, un notario. El último fichaje fue un salto cualitativo que merece mención especial. Contar con un notario le proporcionó certificar con actas notariales todas sus triquiñuelas.

ANCIANOS EN EL PUNTO DE MIRA

Se especializaron en detectar ancianos con posesiones que anduvieran mal de dinero. Segarra los liaba ofreciéndoles un préstamo que podrían devolver tranquilamente. El abogado dirigía la operación y el notario la compulsaba. La trampa es que lo que la víctima terminaba firmando no era un préstamo, era un contrato de venta de su domicilio.

“Hemos hablado con personas que no sabían que la casa donde vivían ya no era su casa”.

El golpe más grande lo dieron contra un banco. Convencieron a la entidad de que una de sus empresas (otra tapadera) necesitaba efectivo para una montaña de gastos que urgía liquidar. Recibieron el dinero, una suma considerable, y no lo devolvieron. Tras esta estafa, Segarra se fue a Tailandia.

Los Mossos d’Esquadra, tras meses de investigación, activaron la operación ‘Cocoon’ y arrestaron a todos los integrantes del grupo menos a él. A todas sus víctimas les había dado nombres falsos, pero le identificaron porque luce un tatuaje inconfundible de la Sagrada Família, que asoma por su cuello y que lo relaciona con un pasado ultraderechista.

También lo delataba su estilo, el de un tipo afable y de verborrea seductora. En Tailandia vestía a menudo camisetas del Barça. Como comercial, hubiera tenido una buena carrera. Pero Segarra quería más.