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En 1947, cuando el Reino Unido se desprendió de la India, la perla de su imperio, las tensiones entre hinduistas y musulmanes eran tales que se arbitró dividir el subcontinente en dos países: la India (de mayoría hindú) y Pakistán (de mayoría musulmana).

Los fieles de las religiones respectivas se enzarzaron en una cadena de matanzas. Gandhi intentó calmar los ánimos personándose en las zonas de conflicto, lo que le granjeó la enemistad de ambos bandos.

En la noche del 30 de enero de 1948 se encaminaba al rezo comunal rodeado de una multitud de discípulos cuando un radical hindú le disparó tres balas a quemarropa. Gandhi falleció después de invocar a la divinidad con sus últimas palabras:

«¡Hey, Rama!».

Ahora se cumplen 70 años de aquello, según recoge Juan Eslava Galán en Xlsemanal.


Influencia materna

Las raíces del pacifismo extremo de Gandhi pueden rastrearse en el ideario jainista de su madre, la noble Putlibai, contraria a cualquier tipo de violencia, incluida la de matar microbios con medicinas.

Por eso, el Mahatma (‘gran alma') se confesaba enemigo de la medicina tradicional y estaba convencido de que cualquier mal se cura con una vida reglada y con una dieta crudívora y láctea. Por cierto, también recomendaba el aceite de oliva.

Dormía con chicas desnudas, entre ellas una sobrina nieta. Decía que era para autocontrolarse

Más controvertida fue su postura frente a las apetencias territoriales de las potencias fascistas: «Inviten a Hitler y Mussolini a que tomen cuanto quieran de sus países -aconsejaba a los aliados-. Si quieren ocuparles el territorio, cédanselo. Sométanse a ellos, pero rehúsen obedecerlos». O sea, la resistencia pasiva y la desobediencia civil como fórmula universal. Menos mal que ni Churchill ni Stalin siguieron el consejo.

La relación de Gandhi con el sexo es otro de los enigmas del personaje. Casado apenas adolescente, su nuevo estado le provocó tal alboroto hormonal que copulaba con su joven esposa a las horas más intempestivas. Su sagrada obligación como hijo era asistir a la agonía de su padre en la cabecera del lecho, pero en un momento de debilidad se apartó de él para solazarse con su esposa. Un criado lo avisó, tras la puerta de la alcoba, de que su padre acababa de expirar. Toda su vida le remordió la conciencia por esta «doble culpa» como la llamaba y seguramente determinó que 20 años después, todavía treintañero, decidiera abrazar el celibato de por vida, sin consultarlo siquiera con la fiel Kasturba, su esposa, la parte afectada, a la que, por otra parte, atormentaba con sus celos.

Lo encarcelaron por primera vez en 1908 en Sudáfrica por negarse a llevar encima su documentación. Al salir, fue agredido por un compatriota

Esta sexualidad autorreprimida tuvo sus consecuencias. En su vejez desarrolló una especie de fijación por dormir cada noche con una o dos jovencitas desnudas, no siempre las mismas, entre ellas su sobrina nieta Manu. Ese ejercicio de autocontrol o de resistencia a la tentación para domeñar los instintos se parece mucho al amor udrí medieval o a la abstinencia en las tres «noches de Tobías» que recomendaban ciertos confesores católicos a los recién casados.

Estas sombras, y algunas otras, unidas a su pensamiento un tanto errático desde la lógica occidental, determinaron que a Gandhi nunca le concedieran el Nobel de la Paz, aunque estuvo nominado cinco veces.

Fuente original: Xlsemanal/Leer más