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Conor Lamb. WH

Un serio revés y eso que han sido poco más de 600 votos los que han decidido la elección a la que todos miraban, a falta de contar un par de centenares de papeletas restantes, que difícilmente cambien el resultado final.

Pero, salvo sorpresa de última hora, Donald Trump ha perdido un escaño tradicionalmente seguro para los republicanos en la Cámara de Representantes y, lo más importante, su orgullo.

Pese a volcarse en una campaña para apoyar al candidato de su partido, no ha podido evitar que los demócratas se hicieran con un simbólico triunfo en una circunscripción donde el magnate venció por más de 20 puntos de ventaja sobre Hillary Clinton hace apenas año y medio.

Las alarmas están sonando a todo volumen en Washington: a este ritmo, los republicanos se enfrentarían a una catástrofe electoral sin precedentes en las legislativas de noviembre.

"Al menos no hemos perdido de paliza".

Las primeras reacciones de los líderes republicanos ante la casi segura victoria del demócrata Conor Lamb no reflejaban el efecto real de la derrota, la segunda que sufren en apenas cuatro meses en plazas en las que los republicanos solían ganar sin esfuerzo alguno.

El distrito 18 de Pensilvania para la Cámara de Representantes había sido diseñado por ellos mismos para garantizarse que los republicanos lo ganaran siempre, según sentenció el Tribunal Supremo del estado hace un mes.

Y, de hecho, había estado en manos de su partido desde 2002, ininterrumpidamente. En 2014 y 2016, ningún demócrata se había molestado siquiera en presentar su candidatura.

Una mirada fría a los números muestra la magnitud de la catástrofe. De los 238 escaños republicanos en la Cámara de Representantes, 120 representan a circunscripciones más igualadas que la 18 de Pensilvania. Si el avance demócrata del martes -unos 20 puntos- se repitiera en todo el país, los republicanos perderían la mitad de sus bancas en una hecatombe electoral histórica.

Y aún puede ser peor: en las elecciones parciales disputadas en lo que va de año, los demócratas han ganado una media de 26 puntos respecto a sus resultados de las presidenciales de 2016. Pero no hace falta tanto: los demócratas solo necesitan ganar 23 escaños, para lo que les basta con una victoria nacional de unos 7 puntos.

Ni Trump puede salvarlos

Pero el mayor problema para los republicanos es que esta dura derrota se ha producido pese a que habían hecho todo lo posible por ganar. El candidato republicano, Rick Saccone, era un político normal, nombrado por el aparato del partido, sin ningún tipo de 'esqueleto en su armario'.

El partido invirtió más de 9 millones de dólares en publicidad -unas cifras descomunales- a favor de su hombre, destacando la reforma fiscal aprobada a finales del año pasado y criticando duramente a Nancy Pelosi, la líder demócrata en la Cámara.

Y las puertas de las viviendas de la zona se llenaron de panfletos contra el demócrata Lamb, que apoya dar libertad a las mujeres para decidir sobre el aborto, defiende el 'Obamacare' y está a favor de una reforma migratoria que permita quedarse a los 'Dreamers', temas que han marcado la agenda del último año.

Y Saccone, que se llamaba a sí mismo "Trump antes de Trump", hizo campaña con el presidente, que visitó dos veces la circunscripción, la última de ellas el pasado sábado. El propio Trump llegó a cambiar la política comercial del país para ayudar a Saccone: como el distrito 18 se sitúa en una zona con empresas relacionadas con el acero, decidió imponer los aranceles justo antes de la votación como acto de propaganda.

Nada de ello sirvió: Saccone perdió por 5 puntos en la ciudad en la que celebró su mitin de cierre junto a Trump. Los trabajadores del acero votaron a Lamb, que hizo campaña defendiendo a los sindicatos del sector. Los republicanos se vieron obligados a retirar los anuncios sobre la reforma fiscal al ver que, según sus estudios, nadie prestó atención al cambio legislativo.

Y en la señal más terrorífica para los republicanos, los trabajadores manuales sin estudios que se pasaron en masa a Trump en 2016 volvieron en gran parte con los demócratas, mientras que las clases medias universitarias que huyeron de Trump a Clinton se quedaron en su nuevo partido.

Estado de negación

Por la mañana, los líderes republicanos en la Cámara de Representantes parecían incapaces de comprender la magnitud de lo sucedido. Steve Scalise, 'número tres', insistía en que la solución era redoblar los ataques contra la líder demócrata Pelosi.

Paul Ryan, el presidente de la Cámara, agradeció a Trump "haber reducido la ventaja demócrata" en el distrito, y describió a Lamb como "un conservador anti-aborto".

La presidenta del grupo parlamentario republicano, Catherine McMorris, apuntó a que debían hacer más anuncios promocionando la reforma fiscal. Y otro alto cargo, Steve Stivers, apuntó a que la causa de la derrota de Saccone fue "no haber recaudado suficiente dinero", pese a haber gastado el doble que su rival demócrata.

Sin embargo, no todos los republicanos están en la misma situación. El diputado moderado Charlie Dent, que abandonará su escaño en noviembre, dijo que su partido debe abandonar "su estado de negación" y preguntarse por los motivos de su caída electoral.

Otros, como el exsenador Gordon Humphrey, advertían de lo que estaba pasando en las zonas más educadas del país: "Es la primera vez en mi vida que he donado dinero a un candidato demócrata", dijo en un email al periodista conservador Bill Kristol.

El único que parece estar disfrutando es el exvicepresidente Joe Biden. Desde que abandonó la Casa Blanca hace un año, el 'número dos' de Barack Obama se ha dedicado a hacer campaña por todo el país apoyando a candidatos demócratas. Todos ellos han ganado. El último ha sido, precisamente, Lamb, que hizo un mitin con él para contrarrestar el de Saccone con Trump.

Aún es demasiado pronto para saber qué depararán las primarias demócratas en 2020, pero Biden parece estar dispuesto a enfrentarse contra Trump. Ya le ha ganado dos pulsos electorales en territorio republicano en apenas cuatro meses. Y no parece que vayan a ser los últimos.