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Emmanuel Macron. FR
Con la ascensión imperial del poder total de Macron y su partido, Francia inicia un proceso de renovación de toda su clase política tradicional

El partido de Emmanuel Macron, La República en Marcha (LREM, reformista), ha obtenido este domingo una mayoría absoluta incontestable en la nueva Asamblea Nacional (AN), consiguiendo 360 de los 577 escaños de la misma.

Aunque una abstención histórica del 56,6% empañó este resultado y recordó a Macron que su mayoría parlamentaria no se corresponde exactamente con una mayoría social.

Los Republicanos (LR, derecha) y sus aliados consiguieron 130 escaños. Sufren una pérdida muy considerable de diputados, pero salvan los muebles. Están condenados a su «refundación».

El Partido Socialista (PS) y sus aliados habrían conseguido 46 escaños, con lo que perdían 237, una catástrofe histórica sin precedentes.

Como explica Juan Pedro Quiñonero en 'ABC' este 19 de junio de 2017, el socialismo francés se convierte en un campo de ruinas.

La Francia Insumisa (FI, extrema izquierda populista) de Jean-Luc Mélenchon entraría en la nueva Asamblea Nacional, con los comunistas conseguiría 28 diputados. Poder parlamentario minúsculo, con aspiraciones callejeras.

En su primera reacción a los resultados electorales, Mélenchon hizo este análisis de la abstención y el futuro político inmediato:

El Frente Nacional (FN, extrema derecha populista) de Marine Le Pen alcanzaría 6 escaños. No está claro que los resultados permitan la formación de un grupo parlamentario.

Ante tal evidencia, Marine Le Pen reaccionó en términos apocalípticos.

«Es sencillamente escandaloso -dijo- que un partido apoyado por más de seis millones de franceses no consiga tener grupo parlamentario. La abstención redujo ayer considerablemente la representatividad de la nueva Asamblea».

Más allá de la cuestión parlamentaria, Le Pen comentó:

«Somos la única fuerza de resistencia nacional contra los proyectos de disolución de nuestra patria en el cosmopolitismo apátrida... el Frente Nacional será la primera fuerza de oposición contra las fuerzas que amenazan con diluir nuestra patria milenaria, empobreciendo a los franceses con sus políticas de austeridad europea».

Al margen del análisis apocalíptico de Mélenchon y Le Pen, la histórica abstención del 56,6%, en la segunda y definitiva vuelta de las legislativas, relativiza parcialmente unos resultados que cambian de manera radical los equilibrios políticos tradicionales. Alain Duhamel, académico y politólogo, consideró que la abstención muestra «un rechazo o una pasividad que pone de manifiesto una angustia social latente».

Tras la elección de Emmanuel Macron el pasado 6 de mayo, la segunda vuelta de las legislativas de ayer consuma un pacífico tsunami político.

Un partido que solo tiene catorce meses de historia, sin representación parlamentaria hasta hoy, se convierte en la primera fuerza política nacional y da al presidente Macron un poder parlamentario total, sin oposición digna de ese nombre.

EN la vida política de los países democráticos europeos no hay un precedente a lo que ha sucedido en Francia.

El país le ha dado un cheque en blanco a Emmanuel Macron, alguien que hace menos de dos años era una personalidad apenas conocida y ha enviado al desván a los partidos que han gestionado alternativamente la V República.

Después de su holgada victoria en las presidenciales, la segunda vuelta de las elecciones legislativas de ayer le ha dado una mayoría absoluta al partido que ha sido creado en torno a su figura política.

El país que debe gobernar Macron necesita en efecto una renovación profunda, porque los gobiernos que se han sucedido en las últimas dos décadas no han logrado poner en marcha reformas de calado.

También la Unión Europea necesita una Francia en plena forma, sobre todo en estos extraños tiempos empañados por el Brexit. La máquina comunitaria está solo pendiente de las elecciones en Alemania para empezar a acelerar en torno al núcleo que forman los principales países, entre los que está España. Macron tiene todos los instrumentos necesarios para llevar a cabo esta tarea histórica tan importante para todos.

El problema es que hasta ahora ha explicado pocas cosas de lo que piensa hacer en concreto y que es posible que los franceses hayan creído por eso mismo que es capaz de hacer milagros.

Las reformas indoloras no existen y menos en un país tan adicto al poder omnímodo del Estado como es Francia.

El nuevo presidente tiene una gran oportunidad, pero que no durará los cinco años de su mandato. Debe lanzar cuanto antes las medidas liberalizadoras que Francia necesita, o de lo contrario sus planes acabarán igual que los de sus predecesores.